Rene HiguitaGabriel García Márquez sentenciaba en su obra ‘Del amor y otros demonios’ que no había medicina que curara lo que la felicidad no puede. A pesar del cuerdo disparate que significaba Macondo y sus alrededores (toda genialidad supone una pizca de locura), se puede catalogar a Gabo como el maestro supremo en letras de Colombia. Esta, del amor y otros demonios, sería una de sus milenarias obras que le valdrían en 1982 el codiciado Premio Nobel.

Sinceramente, tiene toda la razón. No es porque lo diga él, quien fue en vida una voz autorizada y de respeto casi reverencial a lo largo de todo el territorio cafetero, no; solo que sus palabras te transportan inmediatamente a un caso en particular, un futbolista en especifico, uno que a lo largo de su vida demostró que la felicidad y la perseverancia, son un certero remedio a cualquier enfermedad o piedra en el camino, en este espinoso camino que llamamos vida. Él es René Higuita.

Vamos de adelante hacía atrás, ¿de acuerdo?

EL ESCORPIÓN

A merced de su increíble temporada con el Liverpool, en el año 1994, un joven inglés, Redknapp, fue convocado para jugar con su selección gracias a sus implacables movimientos en el área chica. Su tesitura cambió como del cielo a la tierra en el momento que supo que el partido se jugaría en Wembley contra la Colombia que tanto retumbaba a nivel internacional por aquellos años. Espacio, tiempo y condiciones ideales para un debut de ensueño. Ya en la memoria quedaba aquel cotejo disputado entre ambas selecciones en 1988, en el mismo escenario, y con paridad a un gol gracias a un violento cabezazo de Andrés Escobar aquella tarde veraniega.

Llegó el momento, aquel 6 de septiembre de 1995 parecía ser fecha para un amistoso más, un partido más, nadie se esperaba el desparpajo y talento que desbordaba el número uno de Colombia, uno al que por su tierra le decían el Loco, Dios sabría porqué.

Transcurría el minuto 22 y ambos onces aburrían al extremo a los pocos interesados que se habían decidido a asistir. Fue cuando Redknapp recibió el balón, observó la desatención de la saga cafetera y sacó un disparo que en condiciones normales sería objeto de burla. No se supo si intentaba un centro o un remate. El pícaro arquero colombiano observa de reojo al juez de línea que levanta la bandera invalidando la acción, y allí decide intentar, “a ver si sale”, aquella jugada que plasmó una y otra vez en los entrenamientos, y en las grabaciones de los recordados comerciales de Frutiño.

Higuita voló, cual complejo de pájaro o el role-playing de un caballito de mar, arqueó el torso, abrió los brazos cual águila en vuelo fino y conectó con los taches de sus guayos el balón. El mundo entero acababa de apreciar la más compleja e imposible atajada en la historia del deporte, nadie se lo podía creer. Desde allí, el nombre de René Higuita quedó escrito con tinta y fuego en la historia del fútbol. ¿Su reacción? Sonrió humildemente, se limpió las rodillas como un niño de colegio en el potrero de la cuadra y siguió como si nada hubiese pasado. Así era él, humilde, sencillo, con muy poco fundamento y control, pero talentoso como muy pocos. A partir de ese día su leyenda se inmortalizó en Wembley como ‘El Escorpión’.

INFANCIA EN EL BARRIO CASTILLA

José René Higuita, hijo de María Dioselina, vio la luz en agosto del ’66, en el barrio Castilla al nororiente de Medellín; tan solo unos meses antes, mientras doña Dioselina sufría los dolores propios de llevar a un genio en su vientre, al otro lado del ‘charco’ Geoff Hurst causaba sensación y polémica en el mundo con el recordado gol fantasma que le dio a Inglaterra su única corona mundial, solo era cuestión de tiempo para que doña Dioselina viera, desde el cielo, como su hijo marcaba la historia de los mundiales y del fútbol colombiano… a su manera.

Colombia había vivido cuatro años atrás su primera experiencia mundialista, y luego de aquel mítico gol olímpico a Lev Yashin, se escribió con tinta indeleble en la historia del deporte el nombre de un criollo, Marcos Coll. De allí en adelante, nada hasta aquel momento.

A los pocos años de haber nacido René, Doña Dioselina falleció y su abuela debió hacerse cargo de él. Los dolores de cabeza de su abuela aumentaban año tras año. Como madre “encargada” siempre quiso que su hijo fuese un reconocido doctor, un elegante abogado o algo que ganara lo suficiente para salir de la pobreza en que vivían. Aquellos años eran duros para los Higuita, y René debió repartir periódicos entre otras labores, para poder subsistir. Sin embargo, con su futuro profesional, la suerte estaba echada, no habría poder humano que pudiese cambiar la certera afirmación de René cada vez que en una reunión familiar se tocaba el tema: “Yo voy a ser futbolista”, sentenciaba sin reparos.

Su deseo nunca se apagó y después de llegar a la selección Antioquia sub-16, el entonces delantero René se ofreció para ocupar la vacante en la portería de su equipo. Los tres palos se volvieron su hogar.

AL NACIONAL CON MATURANA

En su llegada al Atlético Nacional “criollo” dirigido por el mítico ‘Pacho’ Maturana, se erigió como líder del grupo, no solo en actitud, sino en talento. Higuita era, de lejos, el mejor jugador de Nacional. Ovacionado por miles de almas partido a partido, aquel muchacho humilde del Castilla, aún no se hacía a la idea de ser un ídolo de multitudes. Su entrenador, Maturana, tenía constantemente la tarea de sacarle de las vulgarmente llamadas “ollas” de vicio en su barrio natal. Allí René Higuita era él mismo, y no tenía presiones de ninguna índole, podía escapar por unas horas de ser una estrella nacional.

rene higuita colombia atletico nacional fancisco maturanaPrueba fidedigna de su sencillez, era que los pagos que recibía de parte de Nacional siempre iban a parar a casa de doña Felisa, su abuela, a pesar que su sueño siempre fue comprarse un Spring, el automóvil de moda en la época, luego de años de andar a pié. Tiempo después decidió hacerlo, y cuando su esposa Magnolia le dijo: “Pero si vos no sabés manejar” René aseveró: “Tampoco se jugar fútbol, pero lo hago como me sale y me pagan por hacerlo”. Tenía razón: jugar por instinto le costó poder coronarse en la cúspide mundial; no saber armar una barrera le costó la Intercontinental frente al Milán de Sacchi aquella tarde en el tiempo extra, o si no pregúntenle a Alberigo Evani.

La consagración llegó en el ’89, cuando Nacional alcanzaba la final de la Copa Libertadores ante el Olimpia de Paraguay. El escenario para los verdolagas no podía ser peor, perdiendo 2-0 en la ida, debían sacar la categoría en casa para remontarlo a la vuelta, y así lo hicieron. Un 2-0 contundente obligó la definición por penales, y ahí René era infalible. Cuatro penales atajados y uno convertido lo erigieron como la figura de la final, ya Maturana, DT de la selección al mismo tiempo, había encontrado su portero para el Mundial de Italia.

AVENTURA MUNDIALISTA Y A PRISIÓN

En el país de la pasta, René dio una autentica exhibición. Un portero que salía de su arco a integrarse como un quinto defensor era exótico y por entonces único e innovador. Sin saberlo Higuita estaba marcando un precedente para el deporte, el primer arquero líbero de la historia era él, llevando a la FIFA a cambiar su reglamento en un congreso técnico en 1990. Se estableció la regla de que ningún portero podría tomar el balón con las manos si algún compañero le entregaba este con los pies. Todo gracias a la naciente figura del portero líbero, todo gracias a René Higuita.

Su participación en Italia se vio manchada por el suceso más oscuro de su carrera. Ante Camerún, la selección Colombia se jugaba el paso a cuartos de final e Higuita, que nunca fallaba, falló. Al intentar enganchar al experimentado Roger Milla, perdió el duelo, y a puerta vacía Milla sentenciaba la eliminación de Colombia. Aún hoy día René confiesa que tiene pesadillas con aquel momento.

Pasado el mundial fue objeto de críticas de todo tipo en el país, culpándole de la eliminación, pero la vida tendría nuevos horizontes para René. El Real Valladolid firmaba a Francisco Maturana como entrenador pasado el Mundial y este, fiel a sus principios, llevó consigo a 3 pilares de la selección: Valderrama, Álvarez e Higuita. Una aventura agridulce para los colombianos.

rene higuitaTras la fallida experiencia española, Higuita regresó a su país y al equipo de sus amores, Atlético Nacional. Por aquel entonces reinaba el régimen del terror impuesto por Pablo Escobar y el cartel de Medellín, con el cual Higuita sostenía una relación de amistad y camaradería. Relacionado con un secuestro y señalado por sus visitas a la Catedral (cárcel donde se encontraba recluso Escobar), René fue puesto tras las rejas, y tuvo que ver el Mundial de Estados Unidos desde la prisión. Y para colmo de males se perdió cómo la generación de oro colombiana tocaba el cielo, aquel 5 de septiembre que silenciamos el Monumental con un 5-0 frente a Argentina. Pero la vida tenía algo más para René.

Finalizado su calvario en prisión, donde llegó a impulsar hasta huelgas de hambre entre presos, volvió a enfundarse el buso de Atlético Nacional para hacer historia una vez más y por última en su carrera.

ÚLTIMAS TARDES DE GLORIA

Era la Semifinal de la Copa Libertadores del ’95 y el River de Francescoli visitaba el Atanasio Girardot después de un primer tiempo perfecto en lo táctico por los de Ramón Díaz. En el ocaso del partido el árbitro sanciona falta para Nacional al borde del área. René Higuita llega desde su arco, toma el balón, se prepara para ejecutar el tiro libre y desenfunda un remate certero e imposible para Burgos. En la vuelta fue clave para aguantar las envestidas de ‘La Banda’ y darle a Nacional el boleto a la final. A póstumo perderían la final ante Gremio.

Su ultima gran actuación se recuerda atajando penales en la Copa América de 1995, su especialidad. Colombia dejó en cuartos a la Paraguay dirigida por Kubala en penales y ganó el tercer puesto del certamen ante Estados Unidos.

Desde entonces, René tuvo un largo periplo por varios equipos del rentado nacional y latino, para finalmente retirarse de la actividad profesional en el 2010. Cuando Higuita abandonó el arco de la selección, casi todos los colombianos pudimos respirar en paz y descansar de los nervios de punta que generaba cada locura de René. Pero en el fondo todos lo extrañábamos. Su talento, su desparpajo animaba nuestras tardes al frente del televisor, nos hicieron llorar de alegría y amar profundamente nuestra patria. Su sencillez y su humanidad quedarán en el corazón de todos los colombianos. Gracias eternas René.

René Higuita es el vivo ejemplo de que la felicidad puede curar las heridas del pasado, puede levantarte de las más burdas humillaciones y de un ambiente hostil lleno de adicciones; como puede levantarte y volverte grande entre los grandes, una leyenda. Sí, Gabo, hoy reconozco que tenías toda la razón, sólo unos meses después de que nos abandonases para siempre.

En homenaje a Gabriel García Márquez.

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