alejandro fernandez quiroga futbol y nacionalismoMe cito con Alejandro Quiroga Fernández de Soto a propósito de su nuevo libro, «Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España» en el madrileño barrio de Chamberí. La librería Marcial Pons, que también edita el libro, es el punto de encuentro. Como cabía esperar, la charla se convierte en una inmersión total en la historia a través de un gran conocedor. Quizás por su vocación docente y siempre fiel a la gran verdad -la historia-, Alejandro nos traslada a las diferentes etapas de España con un tono tranquilo, fácil y didáctico. Y sabe de fútbol. ¿Qué más se puede pedir? 

España, Madrid concretamente, encuentra su percepción de modernidad en los años 20, cuando empieza el ocio de masas, con el cine y el fútbol como principales medios. ¿Qué influencia ha tenido el fútbol en España en etapas posteriores?

La verdad es que, objetivamente, la dictadura de Primo de Rivera ve muy bien este asunto de la modernización. De hecho en el año 1929 se produce la primera retransmisión de un partido de fútbol por radio, un España-Inglaterra, en el que por cierto los ingleses pierden por primera vez en el viejo continente.

Ya en los 30 se acelera bastante, hasta la Guerra Civil, y la radio es clave para transmitir identidades nacionales, políticas, deportivas… Surge una clase media y la gente tiene tiempo y dinero para ir a espectáculos deportivos. El fútbol en concreto es más para clases bajas, porque es muy barato. En Inglaterra ya se hacen eco en estos años de que el fútbol ha pasado a los toros. En los 40 el futbol sigue siendo para las clases más populares, pero España es un país muy pobre debido a la guerra. Yo en el libro sostengo que se da una acumulación de medios nacionalizadores. Los medios de comunicación van aumentando a nivel cuantitativo y empieza a producirse un consumo masivo. Puedes leer una columnilla sobre el partido el día antes, oírlo por la radio en directo y leer otro artículo el día después. Y ya unas semanas después, también puedes verlo en el NODO. A partir de ahí creo que el vínculo es estrecho. Lo utiliza Franco, que como toda nación fascista, se vale de cualquier elemento visible para reforzar la identidad nacional.  

En el libro hablas de la belenestebanización, con esos programas basura de fútbol. ¿Hasta qué punto van ligadas las tertulias pseudo-futboleras a la cultura de la gente?

No me atrevo a decir que sea cultura popular, aunque puede ser. Hasta hace relativamente poco, el fútbol cumplía entre ciertos sectores masculinos la misma labor que el corazón entre algunos sectores femeninos. Por ejemplo pasaba, y pasa, en verano con los fichajes. Ahora ya hemos pasado a que se creen tertulias que copian abiertamente los programas del corazón tipo Sálvame. La verdad es que ya hace unos 8 o 9 años en Italia existían estos programas, y yo me decía “menos mal que por lo menos esto en España no lo tenemos”. De todas formas es la cuestión del huevo y la gallina: ¿lo quiere el público, o se lo ofrecen y entonces lo consume?

También hablas sobre el apodo de la Selección española, “la furia”, desde por qué empezó a utilizarse hasta su acepción actual. ¿Hasta qué punto el ciudadano español estaba identificado con ese término?

Es difícil medirlo. El término se inventa en 1920 con dos acepciones. Desde Francia e Italia ya se habla de la furia roja, vinculado al color de la camiseta. Se habla de la incapacidad de la selección de jugar un buen fútbol, pero eso sí con mucho coraje. La otra acepción la usan los holandeses y los belgas. Estos pueblos ya utilizaban ese apodo con los tercios españoles en Flandes, donde nos retrataban como a unos bárbaros que violaron y saquearon la ciudad. Al coincidir con los Juegos Olímpicos precisamente de Amberes, proyectan aquél salvajismo en el violento juego de la selección.

Al principio a España le da igual, pero décadas más tarde intentamos dar la vuelta a la tortilla y se habla de pasión, coraje, unión, esfuerzo…

Se va repitiendo bastante, y si un mito funciona al cabo de tantos años, es porque para los periodistas y la clase política, el mensaje funciona. Ya con Primo de Rivera encaja muy bien esa visión de la competición de un modo orgulloso con la narrativa del español “quijotesco”, que no se rinda. Con el franquismo pasa parecido, con la excusa constante de que “el extranjero me tiene manía por envidia”. A partir de la transición empieza a chirriar porque se busca un país moderno, normal, europeo. Así que el término se asocia a la idea de superar el fracaso. Por ejemplo con el 12-1 a Malta el titular del ABC fue “volvió la furia española”, y esto se repite hasta hace bien poco. A partir de 2008 desaparece el término, porque el discurso cambia cuando empezamos a ganar por méritos propios. Aunque igual ahora después de este Mundial de Brasil volvemos a ser La Furia

¿Hasta qué punto el fútbol es un circo que usa el poder para tener a la gente contenta?

De entrada el fútbol es solo circo. Si hablamos de los partidos políticos cuando dirigen, es posible que se use el fútbol para sus intereses. Ejemplo claro es la Diputación de Vizcaya con el PNV y el Athletic de Bilbao. Los dirigentes tienen deseos de asociarse con los equipos ganadores, refuerza su identidad. Cuando España gana en el año 64 la primera Eurocopa, ahí está en el palco cuando anteriormente no se había prodigado bastante. Zapatero por ejemplo aprueba una reforma laboral en 2010 el mismo día en el que España debuta en el Mundial contra Suiza. Rajoy en 2012, según anuncia el rescate a la banca, se va a Polonia a ver el partido de inauguración España-Italia. Es obvio que hay un uso claro de distracción, pero no creo que sea un gran plan maestro de manipulación. 

Pero esto ya pasa desde hace tiempo, cuando por ejemplo Mussolini utiliza el Mundial de Italia de 1934 para mostrar a su nación al resto del mundo.

Sí, en el libro también hablo de que esto. La manipulación de Mussolini a través del fútbol. Él va metiendo gente con bocadillos en los trenes para que vayan a llenar los estadios. A Mussolini el fútbol no le interesa en realidad, pero se da cuenta de que mucha gente lo sigue y lo utiliza como escaparate de la modernización. Incluso compraba árbitros para que Italia tuviese un papel protagonista ganando.

Actualmente en España, debido probablemente al legado franquista, una gran parte de la sociedad que sí está orgullosa de su gente, de ser de aquí, recela de ese sentimiento más o menos patriota, o por lo menos de mostrarlo. ¿Sirve el deporte en general, y el fútbol en particular, como ariete para derribar estos muros?

La verdad es que es muy significativo. Es cierto que en 2004 se empieza a sacar la bandera, en la Eurocopa de Portugal. Lo mismo pasa con otros países con pasados fascistas, como Japón, Alemania… que empezaron a normalizar el uso de sus símbolos en sus mundiales (2002 y 2006).

España es diferente en la cuestión de los nacionalismos sub-estatales. Esta normalización se dio en muchos sitios. En Cataluña, aún con todo, no ha habido tanto problema, pero por ejemplo el tema en el País Vasco es un mundo aparte.

El deporte, el fútbol, facilita un marco en el que la exhibición de símbolos nacionales pierde esa carga política que puede tener en una manifestación cualquiera. Aquí hay muchos sentimientos de identidad dual, que no contradictoria. Se ve en los futbolistas que sacan incluso las banderas de sus Comunidades Autónomas o de sus pueblos.

Hace unos meses hicimos un ciclo sobre el nacionalismo catalán vinculado al FC Barcelona. Uno de los temas que investigué fue el tema del lema ‘Més que un club’, que lo sacó un presidente franquista, Narciso de Carreras.

El uso de los símbolos o de los lemas cambia con el tiempo, y esta en su propia naturaleza no mantener su significado original. El fenómeno independentista tal y como lo conocemos no tiene más de 5 o 6 años. Por entonces había un 12% de afección a esa idea y ahora ha cambiado mucho y se ha extendido aún más. Pero eso no quita que los presidentes del último FC Barcelona no eran ni mucho menos independentistas. Se sentían españoles y catalanes. El proceso de integración del Barça dentro de España no era algo problemático, sobre todo con la larguísima etapa de Núñez como presidente. O con Gaspart, que era miembro del Partido Popular. Cuando el independentismo empieza a crecer, es cuando Laporta empieza a manifestar esa idea de vinculación. Rosell intenta dejar de lado ese vínculo pero no puede evitarlo debido al clamor de la sociedad, a la posibilidad de la consulta, y permite ciertos actos que hacen que se vincule de una manera enorme al Barça con la independencia catalana.

¿Cómo se puede llegar a identificar una sociedad con ese sentimiento de arraigo, como la catalana, con un club con tantos vaivenes ideológicos en su directiva?

El Barça ha trabajado muy bien para sus propios intereses en este tema. Está vinculado a la ciudad de Barcelona y en cierto modo a algunas élites catalanas. Proyecta una imagen como club nacional de Cataluña, y se ha tenido que vender en las demás provincias –cosa que por ejemplo el Athletic de Bilbao no ha hecho en Guipúzcoa o Álava–. Además tiene mil fundaciones en todo el mundo, figuras internacionales con gran nombre… Incluso llega a manifestar esa dualidad catalana y española en ciertos momentos.

Además, como en todo discurso nacionalista, algún culé podrá decirte que el chino del Barça, el tipo de Vigo del Barça, o incluso el de Zaragoza que vive en Barcelona y se ha hecho del Barça, realmente no entienden lo que es ser del equipo, porque no entienden lo que es esa “esencia” del catalanismo en el Barcelona.

Hace poco leí una entrevista en Jot Down al ex jugador de balonmano Talant Dujshebaev, nacido en Kirguistán pero nacionalizado español, en la que dijo que “el fútbol, en cierto modo, ya es más política, sentimiento y nacionalismo que deporte”. ¿Hasta qué punto tiene razón?

Es una interesante reflexión de alguien nacido en un país de la antigua URSS pero que ha acabado jugando en España… El fútbol es cierto que tiene una proyección enorme en los medios, una proyección social que ya va más allá del deporte. Por una parte, mueve muchísimo dinero. De hecho va a ser interesante ver cómo se reinventa el fútbol durante esta crisis. Pero por otra parte el fútbol es más que eso, es más que política. El fútbol es un fenómeno social único. El partido que juegas el domingo con tus amigos también es fútbol, y no tiene ninguna carga política. De hecho, a quien le gusta el fútbol de verdad, lo “despolitiza” y sabe reconocer al rival. Puedes ser más de Menotti o más de Bilardo, pero reconoces el resultado del otro.

Puedes comprar aquí el libro de Alejandro Quiroga «Goles y Banderas. Fútbol e identidades nacionales en España» (Marcial Pons)

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