allan simonsen
Fotografía de Erik Jepsen

De vez en cuando, la vida da esos giros de guiones que convierten una serie procedimental del montón, en una de las tramas más enrevesadas jamás vistas. Eso sí, son de esas tramas que pasan sin pena ni gloria a ojos del gran público: “el destino es de quién lo forja”, que diría aquél.

Por aquél entonces el Vejle Boldklub era uno de los equipos más famosos de Dinamarca. Habían luchado de tú a tú con los grandes del país hasta esa época: Copenhague (no el que conocemos hoy en día), Akademisk y el Boldklub. Tres equipos capitalinos del pequeño Reino limítrofe con el Mar Báltico. En la década de los sesenta había aparecido un pequeño equipo del occidente: el Esbjerg forender Boldklubben (un equipo por el que había pasado Møller-Nielsen a finales de la década de los sesenta). El campeonato danés se prestaba a la emoción. Un pequeño equipo como el Vejle, asomaba su cabeza a comienzos de los años setenta.

Entre tanto jugador ya formado y hecho en la competición, llamaba la atención un jugador atípico, extraño y excesivamente deslumbrante. De esos que, de vez en cuando salen a relucir. Tenía un nombre anglosajón, y el clásico apellido nórdico con el sufijo “-sen” detrás. Atípico, raro, pero demasiado bueno para ser verdad. Parecía que había nacido con una pelota pegada al pie, haciendo añicos la canción “La pelota siempre al diez”. Comenzaba de esta forma su andadura por la máxima competición nacional. Dónde no tardaría en destacar, y ser internacional con la selección nacional.

EL GRAN SALTO

Allan Simonsen era un chaval con problemas de altura: apenas pasaba del 1,60. Su físico contrastaba entre tanto balón aéreo que importaron los inventores del fútbol. Corría, trabajaba, y se esforzaba para encajar en el Vejle. Algo que consiguió, puesto que hizo al pequeño club del continente (Copenhague está en una isla), un equipo habitual de las competiciones europeas. Su despegue hacia las alturas del éxito ya se había iniciado con bastante suerte. En menos de tres años, Allan pasó a ser “el pequeño” de la familia, a ser el más grande. Haber destacado tenía su premio nacional, y así fue como en verano de 1972 fue seleccionado por el austriaco Rudi Strittch para el combinado olímpico. Nueve en la zamarra, calcetines en los tobillos y camisa por fuera en aquél esmirriado cuerpo, que terminó sorprendiendo al campeón de campeones en el fútbol senior (con Dirceu y Falcao en sus filas). Fue su primera gran demostración de lo que era capaz. A pesar de la inferioridad de su selección, pasó como segunda de grupo. En el cruce, ante la Unión Soviética (a la postre campeones) les vapuleó; su selección era demasiado inferior al resto, pero ese “9” llamó la atención a Alemania Occidental. Por extensión, también al maestro Hennes Weisweiler. Cuando finalizó la liga, el 15 de diciembre de 1972, con una sonrisa cautivadora en su cara firmó por los “potros” de Weisweiler. El pequeño danés cambiaba el frío por el calor de las gradas del mítico Bökelberg.

ADAPTACIÓN Y GLORIA

Weisweiler sabía que debía formar al jugador tanto física, como mentalmente, en pos del grupo: todos corrían, todos se implicaban, nadie dejaba un metro sin recorrer; el esfuerzo no se negociaba, lo que chocaba un poco con los intereses de Allan. Fueron años difíciles, dónde el joven nórdico parecía no adaptarse a los duros métodos del ‘general’ Hennes. Fue duro aceptar esa disciplina. En algún momento de ese año y medio, Simonsen pedía marcharse: el mítico Hamburgo le quería. Se les denominó “Fohlenelf” (potros), porque su fútbol exigía mucho esfuerzo físico (y táctico). Subir de nivel fue todo un reto y una odisea. Sin embargo, el maestro consiguió que el chico entrara en el XI en la mejor época del equipo del rombo blanquinegro. Al final su compañero en la selección, Henning Jensen, terminó teniendo razón: “tú tendrás futuro en este equipo”, cuenta la leyenda que le dijo a la hora de firmar por el Borussia que más brillaba en esos tiempos.

1974 fue un año grande para muchos futboleros. Las figuras de Cruyff y Beckenbauer chocaban en un Mundial disputado en el estado teutón. Tras el triplete del Bayern, Weisweiler entendió que debía renunciar a las estridencias que tenía con alguien como Simonsen, y trasladarle a la banda. Así escoltaría a Jensen y Heynckes en la punta del ataque. El 4-3-3 neerlandés copiado del Ajax o la selección “oranje”, hizo mella –y dejó huella– en Weisweiler, que abandonaría la entidad en junio de 1975 tras ganar la Liga, así como la Copa de la UEFA ganada al Twente. Llegó Udo Lattek al club más occidental de toda la República Federal Alemana en la élite. Procedente del Bayern, Lattek no hizo más que alargar el legado de Hennes. Su conexión con su compatriota Jensen, permitió a Allan hacerse con el título de Bundesliga, anotando 16 goles en 33 partidos.

BALÓN DE ORO Y ETAPA ESPAÑOLA

En esos cuatro años de Lattek como máximo responsable, los “potros” alcanzaron su punto álgido en 1977. Pese a haber caído en la primera ronda de la Copa nacional, y no haberse clasificado para la Eurocopa de ese mismo año con su selección nacional, el Borussia Mönchengladbach logró alcanzar la final de la Copa de Europa, así como el título de Liga. La final fue contra el Liverpool, su auténtica bestia negra en Europa. Una injusticia que lloraron, han llorado y llorarán los aficionados leales al Bölkeberg. Esos mismos aficionados que vieron a aquel pequeño (y habilidoso) extremo convertirse en un Balón de Oro. Fue una votación ajustada. Algo que sorprendió a la crítica popular, dado que Kevin Keegan había ganado el doblete con Paisley al mando. Keegan conseguiría el premio individual al año siguiente, ayudando al Hamburgo a ocupar el trono de campeón que habían dejado Bayern y Gladbach. Antes de abandonar el Bölkeberg Stadion, Allan cerró su ciclo (casi a la par que Udo Lattek) ganando una segunda Copa de la UEFA frente al Estrella Roja, marcando uno de los dos goles.

allan simonsen barcelona
Fotografía de REX FEATURES

En busca de nuevos retos, y tras siete años vistiendo de blanco, el Fútbol Club Barcelona le fichó en el verano de 1979. Su fama ya le acompañaba, y el Barça estaba ávido de títulos. También mucho tuvo que ver la marcha de Johan Neeskens a Estados Unidos. Josep Lluis Núñez acababa de llegar a la presidencia, y la directiva quería dar un cambio radical. La llegada de él en 1979, así como de un jovencísimo Bernd Schuster, supuso que el cambio de timón no fuese el deseado. Ganó una Copa del Rey y una Recopa de Europa (dónde tuvo una actuación decisiva en la final), no logrando así el entorchado liguero, pese a que Udo Lattek entrenaba al equipo: cuatro derrotas consecutivas permitieron a la Real Sociedad hacerse con el título. Se marchó en 1983, casi de manera forzosa: el Barça fichó a un joven argentino que estaba despuntando en su país: Diego Armando Maradona. La legislación que trataba el asunto de los extranjeros era tajante, y pese a que el club azulgrana le ofreció ser de la plantilla hasta que solucionase ese percance, “Simonet” prefirió seguir jugando, aunque sólo fuese tres meses en la Premier antes de volver a casa. Fueron tres años que los más viejos del lugar recordarán a buen seguro, como sus gambetas, velocidad y habilidad iluminaban a los más escépticos del lugar.

VUELTA A CASA Y DECLIVE

Con 31 años fichó por el Charlton Athletic hasta el invierno de la misma temporada: en 1984, Simonsen volvió al Vejle donde se quedó para retirarse. Allí siguió siendo poco menos que un Dios, casi al igual que en la selección danesa. Algo de hueco le vio en aquella plantilla llamada ‘Dinamita Roja’ que tanto sorprendió en 1984, y que pese a la goleada de España en Querétaro, también volvió a sorprender en años sucesivos. Acudió al Mundial de México de forma testimonial: fue su retiro de la selección danesa. Alargó su carrera 3 años más en el club de su vida hasta 1989. Dos años después se haría cargo del equipo como entrenador.

Su dilatada carrera está llena de anécdotas. El propio Allan comentaba la dureza de Weisweiler en los entrenamientos, como por ejemplo, la dureza con la que Berti Vogts le entraba en los entrenamientos para hacerle más fuerte. Quini, por su parte, nunca olvidó aquél gol que le dio la Recopa al Barça. Un tanto que no se vio por la televisión, porque éstas estaban de huelga.

Allan Simonsen es un jugador del que, a pesar de haber pasado tanto tiempo, no se ha olvidado de su legado. Tiempos del VHS que más de uno quisiera volver a revivir; tiempos de ese pequeño pero gran elemento extraño del norte.

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Escribo sobre fútbol (alemán). A veces tuiteo sobre política, cine y series. Grancanario de nacimiento; alemán de adopción.

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