futbol y cervezaEl 30 de octubre de 2003, Diego Armando Maradona cumplía 43 años de edad. Ese día dejé el fútbol. O eso pensé cuando el tablero anunció mi sustitución en el partido que enfrentaba a mi equipo de la universidad, Butler University, contra la Universidad IUPUI, en Indiana.

La sensación de vacío y de fracaso por mis peores cuatro años futbolísticos y por no alcanzar mi sueño de convertirme en futbolista profesional evitó que me pusiera unas botas durante seis años, salvo por algún partidito intrascendente con amigos. Hasta marzo de 2009, cuando vivía ya en Madrid. En un cumpleaños, una chica llamada Laura, que trabajaba conmigo, me presentó a Francesco, su novio italiano. Como suele pasar entre hombres, más si son latinos, el fútbol no tardó en acaparar la conversación.

Me comentó que jugaba en un equipo de fútbol 7 que necesitaba algún jugador. Le dije que yo también jugaba. Me sobraban unos kilitos, ¿pero tantos como para que pusiera esa cara de “¡venga ya!”?

No le creí cuando dijo que me llamaría cuando les faltara algún jugador, pero su llamada unas semanas después sirvió de toque de atención sobre mis paranoias y una desconfianza hacia las personas que a veces amenaza con asomarse.

Debuté en el campo del Colegio Tajamar con una victoria, un gol y, cómo no, un ojo morado por evitar el gol del empate. Así que pronto me hice fijo del Sporting de Magerit, un equipo “multicultural”: españoles, italianos, un mexicano, senegaleses… más tarde un portero brasileño. Menos los senegaleses, todos tienen en común el amor a la cerveza y a la vida nocturna, por lo que no tardé en hacer buenas amistades con muchos de ellos.

A pesar de ello y de tener un equipo con el que jugar cada semana, me faltaba algo. Dos años después supe que ese ligero inconformismo se debía a que tenía mono de fútbol 11. Cada vez que pasaba por el polideportivo de la Concepción, con un enorme campo de césped artificial, me decía a mí mismo: “Tengo que volver a jugar en campo grande”. Veía siempre chavales con un uniforme púrpura. Busqué el teléfono del polideportivo y me enteré de que se trataba del equipo de la Escuela de Fútbol de la Concepción. Por poco se ríen de mí cuando les dije mi edad. “Aquí el más veterano tiene 23 años, pero te voy a dar el teléfono del entrenador de otro equipo federado”, dijeron. Lo apunté y me puse a buscar en Internet. No encontré nada con el nombre de Escudé, como entendí que se llamaba el equipo, y el entrenador no contestaba el teléfono. Así que llamé al presidente, que me dijo que fuera a entrenar un martes a las 20:30. Con 30 años, no había más tiempo que perder para retomar algo que amaba y no debí dejar por “orgullo”.

Así que se trataba del Escuder San Pascual. Enseguida me adapté al grupo y a su dinámica de entrenamientos. Como no me hicieron ficha hasta unas semanas más tarde, los domingos iba a la grada para ver al equipo o para grabar los partidos, como me lo pedían. Ganaban unos partidos, perdían otros. Pero empezaba a llevarme bien con los jugadores, a tomarme alguna cerveza con ellos, a bromear con cuestiones culturales, como ocurre siempre cuando uno “viene de fuera”. Resulta que el capitán del equipo es fan de Luis Miguel, como pudimos ver los invitados a su boda unos meses más tarde.

Fui convocado a un partido por primera vez para el 20 de noviembre de 2011, día de las elecciones generales y día en que se ¿celebra? ¿se llora? la muerte de Franco. Como acababa de llegar, estaba seguro de que no jugaría, pero esa semana se lesionaron algunos compañeros y alguno le envió mensajes al entrenador para informarle de bajas por “síntomas” sospechosos.

Tardé en responder cuando el entrenador me preguntó si podía jugar de lateral. “Poder… puedo”, titubeé. “¿Pero has jugado de lateral alguna vez?,” saltó uno de los capitanes. “Ehhh, sí…. Alguna vez jugué de lateral”, afirmé. Sabían que mentía, pero tenían pocas alternativas. Sólo les quedaba confiar en mí y rezar.

Aunque tuve varias lesiones musculares esa temporada y sólo pude jugar 18 partidos, disfruté mucho de la experiencia: José, el entrenador y Sete, el segundo entrenador, mantenían un ambiente positivo de trabajo, cuidaban de premiar con más minutos a los jugadores que más entrenaran y cumplieran con su compromiso, y ellos mismos se comprometían a pesar de no recibir un duro, de tener familia y otros compromisos académicos, laborales y sociales.

Qué decir de los compañeros. Hicieron que cada domingo fuera una celebración: el rito anterior a los partidos, los partidos en sí, que pasan como un suspiro, la ducha del júbilo o del encabronamiento y lo que nunca falla, lo mejor de todo: la cerveza de después. Esa no falla cuando me reúno con los amigos de un equipo, ni cuando me reúno con los amigos del otro.

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