final copa del rey 2009 athletic club de bilbao barcelona pitada himnoJuan Carlos I se colocó en posición de firmes y sonó la Marcha Real. Todo el estadio fue un clamor. Una legión de hinchas llenaron sus pulmones para exhalar luego con toda su fuerza y todo su tino el aire en forma de silbidos. Y gritos. Y gestos. Y desprecios mil. Una pitada atronadora que iba contra ese rey y contra sus antepasados, representados por aquella inaudible marcha. Iba contra ellos y contra lo que simbolizaba esa música sin letra: España.

Sucedía todo esto la noche del 13 de mayo del año 2009. Eran los prolegómenos a la celebración de la Copa del Rey de fútbol. Un desprecio gigantesco, cantado antes y silbado después. Ya se sabía. Los dos contendientes, Fútbol Club Barcelona y Athletic Club de Bilbao, eran algo distinto a clubes de fútbol, no jugaban sólo por sus aficiones, ni tan siquiera por sus ciudades. Jugaban por años de demostración de que, sus ahora Comunidades Autónomas, eran naciones distintas a España. El fútbol era su patria. La demostración, al menos, de que su patria no era España. Y allí estaba el Jefe del Estado español. Con cara de piedra, mirando sin ver, oyendo sin escuchar y poniendo gesto de yo no estoy aquí.

Aunque demostraciones semejantes ya eran conocidas, nunca antes se habían reunido tantos decibelios por la misma causa, nunca toda la afición de un estadio había entonado la misma pitada para ahogar al mismo himno. La cosa tuvo consecuencias.

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El Rey Juan Carlos, la Reina Sofía y demás autoridades antes del partido. Fotografía de lavozlibre.com

Era tan esperada que los responsables de Radiotelevisión Española, encargada de repartir la señal del evento, ya habían previsto una argucia para ponerle sordina a tan horrísona orquesta. Mientras sonaba el himno español con ese notable acompañamiento, las imágenes de televisión viajaban a otro lugar, a Bilbao y a Barcelona, en muy oportuna conexión para mostrar como vivían las aficiones vasca y catalana los momentos previos al encuentro. Tal ocultación no pasó desapercibida a nadie, entre otras cosas porque las televisiones autonómicas y todas las radios dejaban ver y oír lo que Televisión Española estaba censurando. El cuartel general de Televisión debió ponerse en marcha y los responsables de la retransmisión intentaron ahogar lo que ya se avizoraba como un escándalo, dando una nueva versión del himno, en diferido, antes del comienzo de la segunda parte del partido. Y todo fue a peor. Ese himno estaba nuevamente manipulado, limpio el sonido de los pitos de fondo y convenientemente hermoseada la imagen con insertos de algunos espectadores leales a los símbolos patrios. Que alguno había.

Y la bola de nieve se convirtió así en avalancha. Tan singular torpeza dio al suceso la categoría de un gran escándalo, amplificó los pitos e hizo saber a todo el mundo, gracias a los esfuerzos de quienes quisieron ocultarlo, que el rey de España, su bandera y su himno, habían sido humillados por un estadio repleto de españoles que decían no querer serlo.

Y la avalancha sepultó, además de a tan nefasta maniobra, a quien se decidió que fuese su único responsable, Julián Reyes, por entonces director de Deportes de la cadena. Su apellido fue también condena. La organización despachó un comunicado, desmañado y reiterativo, que, en cuatro párrafos, calificaba lo sucedido como de “grave error”, “gravísimo error” y “error de extraordinaria gravedad”… además de inaceptable. Sin embargo no explicaba la manipulación de las imágenes emitidas al descanso del partido. Más vitaminas para el crecimiento del escándalo. Protestaron los periódicos, protestaron las asociaciones de telespectadores. La evidencia del desastre se paseó por todo el mundo. Así que, desde el principio, la polémica llegó adonde tenía que llegar, a la política.

Ese fue el fin. Y había sido el principio. El deporte era secundario, al menos el de competición. Más importancia tuvo la demostración de cómo el deporte se convertía en diestra herramienta para manejar los resortes de la política. Todo lo que pasó dejó de tener interés como evento deportivo y se empezó a hablar de los símbolos de la nación.

Lo más importante era, precisamente, que un acontecimiento deportivo, solemnizado por la presencia de un monarca y su protocolo de acompañamiento, había abandonado su cuerpo mortal para viajar a las inmortales esencias de lo patrio y para enfrentar a unas patrias con otras. Los pitos y las pancartas dieron en el blanco. En principio se trataba de meter goles, pero el debate llegó al único terreno donde podía medrar, que no era el de juego.

Pancarta en Mestalla 'Good bye Spain'. Fotografía de Vicens Gimenez para El Pais
Pancarta en Mestalla ‘Good bye Spain’. Fotografía de Vicens Gimenez para El Pais

No pudieron tener mejor resultado aquellas roncas gargantas, aquellos brazos quebrados en soez desafío, aquellos dedos alzados por donde más afea el gesto, aquellas banderas catalanas a la cubana, aquellas banderas vascas, y, sobre todo, aquellas pancartas desplegadas para informar, en los idiomas locales y en inglés de que (valga la traducción) “somos naciones de Europa, adiós España”.

Algo demasiado preparado para ser una reacción espontánea. Ni tan siquiera fue una novedad absoluta, pues, además de en otras muchas ocasiones recientes, la misma Marcha Real había sido objeto de una especie de gran pitada fundacional en el campo del Barcelona, por entonces Les Corts, en el lejano año de 1925. No era la primera vez, por tanto, y no sería la última. Comenzaba a convertirse en una actitud recurrente.

Para entonces, el deporte y muy singularmente el fútbol tenía una dimensión simbólica que podía con todo lo demás. Y lo explicaba. En España los clubes de fútbol representaban ciudades, regiones, territorios, patrias, que confrontaban en los torneos sus identidades y no sus capacidades de regate. Rivalidades históricas, territoriales o de identidades mil salían con los jugadores al campo. Así se lo habían dicho los españoles al Centro de Investigaciones Sociológicas que, en mayo del año 2007, concluía que siete de cada diez españoles se identificaban con un equipo de fútbol, con independencia de que les interesara o no ese deporte. Su interés estaba en aquello que simbolizaba, puesto que el 32,3% de ellos reconocía que esa identificación venía motivada por el lugar de nacimiento o de residencia.

Esto no hace más que reafirmar las capacidades que tiene el deporte en general, y muy especialmente el fútbol, para hacer patria o para hacer de la patria su patria, oponiéndose a otras sobre el verde rectángulo de 120 por 90 metros. Casi todo el mundo cabe ahí.

El fútbol es un cuerpo simbólico capaz de representar a territorios y personas. Se ha convertido en el refugio del nacionalismo, el lugar adonde ha acudido a guarecerse de las inclemencias de otros ámbitos de los que empieza a retirarse a consecuencia de la globalización. Pero, al llegar a España, este valor se complica. El poder nacionalista del deporte aplicado a un patria futbolera con problemas de definición nacional, o mejor aún, con varios territorios que pretenden ser naciones dentro de un mismo Estado y desean multiplicarlo por el número de sus sensibilidades patrias. Aquí se desata el conflicto: el Estado-nación quiere el fútbol para sí y las naciones sin Estado también. Así se ha entablado un pulso en los despachos y en los estadios. Para dar bandera a los balones. Varias banderas, además de la roja y gualda. 

REGRESO AL FUTURO

Banderas de Catalunya durante el encuentro. Foto: Miguel Angel Polo para Marca
Banderas de Catalunya durante el encuentro. Fotografía de Miguel Angel Polo para Marca

Tal vez ahora se entiendan mejor los pitos al Rey. En aquel campo se enfrentaban, al menos, dos patrias. Acaso la de contornos menos difusos era la de los balones. La patria que, a través del fútbol, intentaba reivindicar otros territorios, otras tradiciones y hasta otras fronteras. Frente a ella estaba España, tal vez la patria del Rey, o tal vez no.

Los Borbones, como familia anterior a la existencia de la soberanía nacional, son anteriores también al concepto de España como Estado-nación. Es muy difícil saber cuál es la verdadera patria de los Borbones. Sus miembros han reinado en distintos países, e incluso se han enfrentado en el campo de batalla. Claro que Juan Carlos I, aunque Borbón, era un rey parlamentario, de esos de reinar y no gobernar. Desde 1978 obedecía a lo escrito en la constitución más duradera de la historia: que el Estado español tenía por forma política la monarquía parlamentaria y que la soberanía residía en el pueblo, no en el Rey. Aquel que era recibido de una forma tan agresiva, era el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia. Representación visual de una comunidad imaginada. No había duda, además de ser dueño de la copa que se ponía en juego, era la encarnación de España como Estado nacional.

Las protestas de quienes no querían pertenecer a aquella comunidad no iban mal dirigidas. Según la Constitución, España y la patria de los Borbones eran la misma cosa. Sin embargo, la patria del fútbol no quería sujetarse a esa constitución. La Carta Magna era buena referencia para protestar, pero no para cumplir lo escrito cuando se refería a la patria común e indivisible de todos los españoles. Aquellas gradas luchaban para demostrar que el fútbol era la bandera de varias patrias, no de una, y de que los dueños de los pitos no se sentían españoles. Daba la sensación de que la patria del fútbol nacía de la patria de los Borbones. Esa patria tenía que superarse desde dentro, con esas naciones (País Vasco y Cataluña) exhibiendo sus credenciales para ser Estado independiente, “matando al padre”; negando al rey.

Fútbol y patria. Era, se decía al principio, el año 2009, pero todo esto había empezado muy atrás. Con el mismo inicio del fútbol en la Península Ibérica, en una época en la que las doctrinas nacionalistas cuajaban o se inventaban, tras un lento proceso histórico, con singular protagonismo de los dos territorios que, simbólicamente, se enfrentaban en aquel partido con el que iniciaba el relato. Sobre la hierba y bajo la luna de Valencia.

 Finalmente venció el Barcelona.Y ganó una copa. Del Rey. Pero tal vez no era eso lo que se jugaba.

(Fragmentos del capítulo I del libro de Juan Carlos De la Madrid, Una patria posible. Fútbol y nacionalismo en España, Trea, 2013).

FICHA TÉCNICA

Final Copa del Rey 2009: Athletic de Bilbao vs FC Barcelona

Estadio: Mestalla (50.000 espectadores)

Arbitro: Luis Medina Cantalejo

Incidencias: Amonestó a David López (m.31) y Koikili (m. 36) por el Athletic de Bilbao y a Toure Yayá (m. 22), Messi y Keita (min.50) por parte del FC Barcelona

ALINEACIONES

ATHLETIC CLUB: Iraizoz, Iraola, Aitor Ocio, Amorebieta, Koikili, Yeste, Javi Martínez, Orbaiz (Etxeberría, m.61), David López (Susaeta, m.56), Toquero (Ion Vélez, m.61) y Llorente. DT: Joaquín Caparrós

BARCELONA: Pinto, Dani Alves, Piqué, Touré Yayá (Sylvinho, m.89), Puyol, Busquets, Xavi (Pedro, m.88), Keita, Messi, Bojan (Hleb, m.84) y Eto,o. D.T: Josep Guardiola

GOLES

Toquero (1-0, min 9), Toure Yayá (1-1,m.32), Messi (1-2,m.55), Bojan (1-3, m.57), Xavi (1-4, m.64)


Juan Carlos De la Madrid  (@futbolnaciones) es doctor en historia y escritor. Autor, además de otros libros de temática diversa, de Una patria posible. Fútbol y nacionalismo en España y del blog futbolynacionalismo.blogspot.com.

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