Final Copa del Mundo 1930Julio se despedía con ganas de celebrar un Mundo nuevo. El balón rodaba sobre la hierba de un coliseo de los tiempos modernos, un templo que anticipaba en sí mismo todo lo que estaba destinado a venir después. De un lado al otro del campo, la pelota mareaba a propios y extraños. Lejos del balón, cerca del cielo, la multitud esperaba, con el ansia de un niño en noche de Reyes, por el último soplo de vida en un juego histórico. De la nada, como si algo así fuera incluso posible, la pelota llega a los pies de Héctor Castro que la dirige con precisión al corazón de la portería. Todo había terminado, todo estaba listo para empezar. Había terminado el primer Campeonato del Mundo de Fútbol. Había empezado una leyenda de más de ochenta años de vida. Uruguay fue coronado rey del Mundo del fútbol a 30 de Julio de 1930.

En lo que fue la primera final de un Mundial de Fútbol, el equipo “Celeste” ganó su particular duelo platense con los vecinos argentinos. Era el partido que todos esperaban ver. Un partido para la posteridad que dio el pistoletazo de salida para una historia de dieciocho finales más hasta el 13 de Julio del 2014 cuando otro mítico estadio sudamericano, el Maracaná, recibirá la vigésima final de la historia de la competición. Los uruguayos eran ya, desde hacía ocho años, campeones del Mundo. Un título que entonces era otorgado por los Juegos Olímpicos. El equipo sudamericano superó sin dificultades a sus rivales en los Juegos Olímpicos de 1924, en Paris, y cuatro años después repitió título en Ámsterdam. Eran, por entonces, uno de los máximos exponentes de la grandeza del fútbol mundial. A la par que Inglaterra y Escocia, las potencias insulares que habían enseñado al mundo a jugar, y de los países de la escuela danubiana, los uruguayos formaban un triángulo mágico que dominó el fútbol mundial hasta pasada la II Guerra Mundial. Su superioridad en el campo fue uno de los más fuertes argumentos para persuadir a Jules Rimet, presidente de la FIFA, con que su país era el local perfecto para empezar una nueva aventura, el Campeonato del Mundo de Fútbol profesional. Los Juegos Olímpicos todavía seguían el espíritu amateur – motivo por el cual muchos de los países enviaban equipos más débiles de lo que su real valía hacía suponer – pero el nuevo campeonato estaría abierto a todos, reconociendo ya que no había vuelta atrás en el tema del profesionalismo.

Final Mundial 1930
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Uruguay ganó el derecho a organizar el torneo y mandó erigir un estadio digno del momento, una celebración del centenario del pequeño país charrúa. A Montevideo, en el mítico SS Conte Verde, llegó la escasa comitiva europea. Las grandes potencias del viejo continente no querían o no podían seguir el sueño de Rimet. Unos despechados por haber perdido el derecho a organizar el torneo, otros por las condiciones económicas de una Gran Depresión que ya se empezaba a hacerse notar en la economía europea. Ni Austria, ni Hungría, ni Checoslovaquia, Italia, España o Alemania participaron en esta primera edición. Los países que componían el Reino Unido habían salido dos años antes de la FIFA en protesta por su decisión de apoyar el modelo profesional de gestión. Tardarían en volver. Con Rimet seguían a bordo su Francia, una Yugoslavia solo con jugadores serbios, Bélgica y una Rumanía apoyada exclusivamente por la pasión futbolera de su monarca, Carol. A estos equipos europeos se juntaban varias formaciones americanas pero nadie podía hacer sombra a Uruguay. Nadie, salvo Argentina.

La Albiceleste había peleado con sus vecinos a norte toda la década en la Copa América – la primera competición de selecciones de la historia – y en los Juegos Olímpicos del 28 no pudieron conseguir más que la medalla de la plata. Dos años después estaban preparados para dar un puñetazo sobre la mesa en la cuestión de quién era la mayor potencia futbolera del continente. Todo siguió su curso y los dos países rivales se cruzaron en la final después de eliminar sin mayores problemas a una débil competencia. En la madrugada anterior al partido, decenas de embarcaciones cruzaron el mar de la Plata rumbo a Montevideo. La mayoría de los argentinos a bordo no tenía entrada y muchos no llegaron a usar las suyas ya que la neblina dejo a varios botes imposibilitados de seguir adelante a tiempo de llegar al partido. Tres horas antes de empezar, el Centenario estaba con aforo completo. Más de ochenta mil espectadores en un ambiente de máxima tensión y rivalidad iban a ser testigos de un momento histórico. La sensación de drama inminente era tal que el árbitro belga John Langenus demandó a Rimet una patrulla policial para salir del estadio al término del encuentro. Antes del pito inicial, argentinos y uruguayos pelearon por el derecho de utilizar su balón, a falta de una normativa común de cómo tenía que ser la pelota. Langenus fue salomónico y decidió que se jugaría una parte con cada uno de los esféricos.

Empezó Argentina con el suyo y la motivación de hacer algo único era tan grande que al descanso los “albicelestes” vencían ya por 1-2, con goles de Peucelle y de Guillermo Stábile que, de ese modo, se convertía en la primera Bota de Oro de la competición. Stábile no había disputado el encuentro inaugural de Argentina, pero un examen del delantero titular – Roberto Cherro – le abrió de par en par las puertas de la gloria eterna. En el segundo tiempo Uruguay entró con otra actitud. Muchos de sus jugadores eran ya veteranos de viejas batallas y su mejor momento había pasado. Pero todavía tenían fuerzas y ganas para un último grito de guerra. En diez minutos Pedro Cea y Santos Iriarte remontaron el partido que el equipo “charrúa” había empezado ganando con el gol de Dorado. La tribuna del Centenario explotó, eufórica, con la gesta de sus jugadores. Todo seguía como estaba planeado, y a dos minutos del final, los hombres de Alberto Supici, dibujaron otro lance de magia que Castro culminó con el 4-2. Uruguay era campeón del mundo.

Al novedoso torneo que había empezado como un sueño en la cabeza de Rimet le quedaba mucha historia que contar. Stábile, Castro y Cea tendrían sucesores a la altura de su genio y talento. Los dos equipos volverían a disputar finales y ambos celebrarían títulos mundiales. La competición se iba también a europeizar. Durante los ochenta años siguientes el Mundo empezó su historia de amor con un torneo que se ha convertido con el paso del tiempo en el evento deportivo más grande del mundo. Los espectadores de esa tarde en Montevideo podían no saberlo, pero su grito de gol fue el primer beso de una eterna historia de amor.


FICHA TÉCNICA

Mundial Uruguay 1930 (Final): Uruguay 4 – 2 Argentina

Estadio: Centenario de Montevideo (80.000 espectadores)

Arbitro: John Langenus -BEL- (colegiado), Ulises Saucedo -BOL- y Henry Cristophe -BEL- (auxiliares)

Incidencias: ninguna

ALINEACIONES

URUGUAY: Enrique Ballestrero; José Nasazzi(C), Ernesto Mascheroni; José Leandro Andrade, Lorenzo Fernández, Álvaro Gestido; Pablo Dorado, Héctor Scarone, José Pedro Cea; Héctor Castro, Santos Iriarte. Entrenador: Alberto Supici

ARGENTINA: Juan Botasso; José Della Torre, Fernando Paternoster; Juan Evaristo, Luis Monti, Pedro Suarez; Francisco Varallo, Manuel Ferreira(C), Guillermo Stábile, Mario Evaristo, Carlos Peucelle. Entrenadores: Francisco Olazar y Juan José Tramutola

GOLES

Pablo Dorado (1 – 0 min. 12), Carlos Peucelle (1 – 1 min. 20), Guillermo Stábile (1 – 2 min. 37), José Pedro Cea (2 – 2 min. 57), Santos Iriarte (3 – 2 min. 68) y Héctor Castro (4 – 2 min. 89)

 

 

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Autor de los libros Noches Europeas / Toni Kroos / Sonhos Dourados / Noites Europeias / CineGuia: Autor, Periodista e Historiador; Madrid-Porto 1984

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