final mundial 1990 alemania argentina
Maradona se enfadó muchas veces con la vida, pero aquella vez se enfadó con el balón. El 8 de julio de 1990, Diego tenía el mundo a sus pies después de haber ganado la Liga con el Nápoles, un equipo hecho cenizas hasta su llegada. Líder del planeta fútbol y bandera de la mejor selección albiceleste de la historia, Maradona llegó al Mundial de Italia avalado por sus gambetas, por zurda divina y por la exhibición que había dado Argentina cuatro veranos antes en México.

En esta ocasión, el equipo de Carlos Bilardo escogió serpentear en la travesía hasta la final y se agarró a su portero Sergio Goycoechea para superar los cuartos y las semifinales en la tanda de penaltis. Misma meta, pero distinto camino. Para el pueblo futbolero -el que diferencia a Argentina del resto del mundo- nada contentaba más que jugar aquella final, consciente de que el prodigio que tuvo lugar en suelo mexicano no había tenido continuidad en Italia.

Desde el inicio, Maradona reclamó todos los focos y no tuvo un Mundial sencillo. La semifinal ante Italia fue el mejor ejemplo. El partido puso contra las cuerdas a la afición del Nápoles, que quería, pero no podía animar a su ídolo. El estadio de San Paolo, escenario del partido, consumía sus dudas minutos antes del encuentro: “¿Animamos por Maradona, que lo dio todo por nuestro club? ¿O lo hacemos por nuestra patria?”

De ahí las famosas pancartas que colgaron en San Paolo. “Nápoles te ama, pero Italia es nuestra patria”. Argentina empató con la anfitriona  (1-1)  y el partido se decidió en los penaltis. Para colmo, Maradona marcó el último. Italia estaba eliminada. El gran héroe napolitano había clavado una estaca por la espalda a su patria futbolística, la misma que le había permitido ser Dios con un balón en los pies, el mejor jugador de todos los tiempos.

La prensa generó un debate contra Maradona, sobre su “excesivo” salario, e incluso –lo más desastroso— cientos de ciudadanos argentinos pagaron el odio de la hinchada ‘azzurra’. Varios casos de despedidos se produjeron días después a manos de empresarios locales. Ser argentino en Italia, en el verano del 90, resultaba un deporte de riesgo, por mucho que los abuelos de la época hubiesen dejado su país natal para hacer fortuna al otro lado del charco.

El calor de los pocos italianos argentinizados (todos al Sur de Italia) ayudó a que Maradona no desviase la atención del duelo contra Alemania. La gran final del Mundial de México se repetía cuatro años después y el ‘Pelusa’ seguía preocupado por su tobillo izquierdo, que estaba tan hinchado como un madero sumergido en el agua. Maradona, sin embargo, prefirió no darle bombo a la lesión, rehusando las preguntas de los periodistas en los días previos a la final.

Llegó el 8 de julio y allí estaba el genio de Buenos Aires, dispuesto a ser el gran protagonista antes, incluso, de que el cuero echase a rodar. Dos minutos faltaban para las 20 horas, pero la interpretación de los himnos fue suficiente para que Maradona enviase un mensaje que nunca nadie hubiera imaginado en su Italia querida: “Hijos de puta, hijos de puta”, dijo de manera inteligible.

“Les grité que eran unos bastardos y lo hice silabeando bien, para que me pudieran leer los labios y entendieran lo que decía. Casi ni pude escuchar el himno por el abucheo de los italianos. Traté de mantener la frente bien arriba”, explicó Maradona años después en su biografía. Así comenzaba la segunda final mundialista para el ‘10’, con la presión del Olímpico de Roma y miles de banderas con los colores alemanes. Todo hacía presagiar que Diego no sería el chiquillo que se regateaba a sí mismo en el potrero.

Argentina -por mucho que tuviese al astro del Nápoles- era, a fin de cuentas, el equipo que había eliminado a Italia de ‘su’ Mundial. No hacía falta más, ni tan siquiera buscar argumentos en la historia para asociar el comportamiento de la grada con la selección alemana, que había convertido Roma en una pequeña Berlín.

La final fue, seguramente, una de las peores que recuerda la ‘era moderna’. Una Argentina mezquina, reservona y muy mermada por sus bajas, se tiró de cabeza a por los penaltis a fin de asegurar un 50% de la victoria. La expulsión de Pedro Monzón (la primera en una final en la historia de los Mundiales) respaldó el conservadurismo de Bilardo. La albiceleste se abrigó en su área y dejó pasar los minutos en busca de la prórroga. A cinco del final, el árbitro mexicano Edgardo Codesal señaló un polémico penalti a favor de Alemania. El lateral del Inter de Milán Andreas Brehme no falló desde los once metros y dio el título a la ‘Mannschaft’; un equipo formado por jugadores de mucho talento. Rudi Völler, Jürgen Klinsmann y -el gran capitán- Lothar Matthäus; todos ellos fueron responsables de la última conquista germánica hasta la fecha. La última también bajo la denominación de ‘Alemania Federal’, apenas unos meses después de que fuese derribado el Muro de la vergüenza.

La final no dio para más. Maradona tuvo que poner paz tras una nueva expulsión, en este caso del delantero Gustavo Dezotti, aunque apenas restasen tres minutos para su conclusión. Ni tan siquiera comprometió Argentina el último esfuerzo del martillo alemán. Maradona, de cuclillas en el césped, rompió a llorar como un niño al recoger su medalla. El público que tanto le quería, se regodeaba de su llanto. El título que le hubiera hecho infinitamente inmortal, se le acababa de escapar entre los dedos.

El astro bonaerense estalló contra la FIFA a la salida del vestuario y todavía mantiene su teoría conspiratoria un cuarto de siglo después, convencido de que Argentina no podía ganar dos veces consecutivas la Copa del Mundo. “Estaba todo orquestado antes de la final. La confirmación de que existía una mafia en el fútbol”. Teoría, por otro lado, que fue alimentada por el capitán de los alemanes, el mismo que había metido el gol de penalti. Brehme, 16 años después de la final, admitió que “no” hubo pena máxima en aquella acción de Sensini sobre Völler. “El que yo marqué no fue penalti”, dijo al diario El País.

Más madera para un Maradona que cedía el testigo a una gigantesca Alemania, seguramente merecedora del título pese a aquél empujón arbitral que tanto recordarán las enciclopedias del balompié. Las mismas que guardarán en letras mayúsculas el nombre de Franz Beckenbauer como una de las dos personas en el mundo (junto a Mario Zagallo) que ha tocado el cielo como jugador y como entrenador en un Mundial. Los germanos añadieron un motivo más para celebrar su reunificación y Maradona comenzó su decadencia como futbolista. Ocho meses después del Mundial dio su primer positivo por cocaína en el Calcio. En abril del ’91 fue detenido en su domicilio de Buenos Aires por tenencia de drogas; y tres años más tarde, en Estados Unidos, volvió a dar positivo en lo que fue la muerte de su figura como futbolista. Maradona se enfadó con el balón en aquella final de Italia’90, pero decidió enfadarse mucho más con la vida.

Fino mago en Buenos Aires,
Nápoles y Barcelona.
Los domingos niño Dios,
transgresor en la semana.
Te saben ilusionista
los ingleses con razón
porque vieron una mano
donde estaba el corazón.

Enrique Bugatti


FICHA TÉCNICA

Mundial Italia 1990 (Alemania Federal 1 – 0 Argentina)

Estadio: Olímpico de Roma (73.600 espectadores)

Árbitros: Edgardo Codesal -MEX- (colegiado); Armando Pérez -COL- y Michal Listkiewicz -POL-

Incidencias: Amonestó a Gustavo Dezotti (min. 5), Pedro Troglio (min. 84) y Diego Maradona (min. 87) por parte de Argentina. Amonestó a Rudi Völler (min. 52) por parte de Alemania. Expulsó a Pedro Monzón (min. 65) y a Gustavo Dezotti (min. 87) por parte de Argentina.

ALINEACIONES

ALEMANIA FEDERAL: Illgner; Augenthaler, Berthold (Reuter, min.73), Kohler, Buchwald, Brehme; Hässler, Matthäus, Littbarski; Klinsmann y Völler.

ARGENTINA: Goycoechea, Lorenzo, Sensini, Serrizuela, Ruggeri (Monzón, min.46), Simón, Basualdo, Burruchaga (Calderón, min.53), Maradona, Troglio y Dezotti.

GOLES

Brehme (1 – 0 (p) min. 85)

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