Dicen los argentinos de Gardel:
“Carlitos, cada día cantás mejor”.
Ahora tendrán que decir:
“Alfredo, cada día jugás mejor”.

In memoriam Alfredo Di Stéfano

final mundial 2006 italia franciaZinedine Zidane hundió su testa coronada por la alopecia en el pecho de Materazzi y el mundo se paró. Quedó en suspenso, desconcertado. Tal vez toda su vida futbolística le pasó por delante en aquel instante en que se dio cuenta de que ya había acabado. Y de la peor manera. Era un cadáver para la competición. Se fue, como dicen que pasa en estas experiencias de vida después de la vida, caminando hacia la luz que se veía al final del túnel de vestuarios.

EL OTRO MUNDO

Como Zidane, en aquellas fechas el mundo estaba a punto de ser otro mundo, de irse al otro barrio. Ese primer quinquenio del siglo XXI fue tiempo de transición a la desgracia. Estados Unidos miraba de soslayo el poder de una recuperada Rusia y de una emergente China. Ángela Merkel salía a escena para compensar el giro a la izquierda en Hispanoamérica. Los problemas más graves se escondían bajo la alfombra. Con saña se escuchaba la protesta airada del mundo islámico, puesto en pie de guerra desde hacía meses tras la publicación, en varios periódicos europeos, de unas caricaturas sobre Mahoma. Colgada de la misma soga que Sadam Husein ya había muerto la seguridad planetaria con el atentado de 11 de septiembre de 2001 y, poco después de este Mundial, murió la economía. Fue el último torneo antes del desastre. O, al menos, eso le dijeron a los seis mil millones de dóciles y crédulos habitantes del planeta azul. Tan azul como la camiseta de Italia, que le arrebató a Francia el privilegio de vestir de cielo, haciendo palidecer a Les bleu.

Era nueve de julio, 20:00 horas, estadio Olímpico de Berlín. 69.000 espectadores habían ido a mirar. Dos años faltaban para enterrar a los buenos tiempos de gasto, para sustituirlos por el imperio de los mercados y la explosión de todas las burbujas conocidas, esas que dentro no tenían ni aire ni jabón, sino miseria y engaño. A pesar de ciertas amenazas de “desaceleración” y de los cayucos que estrellaban en masa sus esperanzas contra las playas europeas, aún se decía que la economía mundial y el empleo crecían. Todavía Paco “El Pocero” edificaba ese Manhattan de La Mancha que es hoy el cenotafio de la corrupción. Nada de todo esto importaba con los futbolistas en el campo. Eran de esos jugadores que cantan el himno al cielo con los ojos cerrados. El de Mameli y la Marsellesa; notas marciales y agresivas que hablan de la llamada de la patria y de arrasarlo todo para alcanzar la gloria. Aux armes citoyennes. Total, un partido de fútbol, poca cosa.

BALÓN PARADO

Dicen los que entienden que esta final no pasará a la historia del buen juego, del espectáculo y del entretenimiento, pero el partido prometía otra cosa. Sin tiempo para que los espectadores se retreparan en el asiento, sólo lo justo para ver a Henry y a Viera retorciéndose en el suelo tras estrellarse con Cannavaro y Zambrotta, llegó el primer gol, casi sin jugar.

En el único error de posición de Cannavaro en todo el campeonato, la onda expansiva de la carrera de Materazzi echó a tierra a Malouda y el árbitro pitó Penalti. Podía haber hecho lo contrario, pero hubo castigo. Tiró Zidane, que no teniendo que demostrar nada, intentó demostrarlo todo, como si, en vez de ser su despedida, tuviese que presentarse en sociedad. Eligió el riesgo. No quiso contradecir a Valdano y optó por devolver el precio de la entrada antes de que pasaran siete minutos. Un “Panenka” escorado y al larguero que puso suspense y el “ojo de halcón” en la agenda de la FIFA. Zizou, de hielo ante la imponente figura de un portero legendario, imaginó el tiro y vio la pelota dentro la última vez que levantó la cabeza, fugaz, para no cruzar su vista con la del premio Yashin, ese portero tallado en el mármol de su Carrara natal: Gigi Buffon.

Nervios de acero, que ya no había en España desde que la aprobación de la ley antitabaco hizo temblar el pulso de muchos fumadores en las terrazas de los bares, aquejados por el síndrome de abstinencia. Desde allí vieron a una selección que empezaba a llamarse La Roja, pero a la que, como siempre, le faltó arrojo y suerte para serlo, sólo llevó hasta Alemania el Fair Play que la FIFA le premió junto con Brasil. Necesitaba ganar, en España ya se sabía cómo era eso, lo habían mostrado la selección de baloncesto, campeona del Mundo, Rafael Nadal y un Fernando Alonso al que no paraba ni Schumacher. Era la última vez que bailaba la macabra danza de la derrota antes del ciclo de gloria. Un bailarín, de nombre Zinedine, salió un rato del geriátrico en el que lo había metido la prensa española y tomó un autobús del Inserso para enseñarlos a bailar. A casa con tres goles y la rabia de la Furia, pero sin furia. Haría falta gente como Zarra para lograr otra cosa, pero Telmo Zarronaindía, el de los seis Pichichis y el gol del 50, moría, como Puskas, ese mismo año.

Desde luego la cabeza de Zarra se hubiese hecho de oro con la pierna de Pirlo. Fue él quien decidió que los franceses sólo tuviesen doce minutos de alegría. Se llevaban jugados 18’ 40” de aquella final cuando sacó un córner llevando la bola hasta donde Materazzi estaba colgado de un gancho imaginario, inalcanzable hasta para la gigantesca defensa francesa. Un gol clásico de defensa italiano, de manual, pero un gol de los que hay que meter para meter miedo. Para meter presión a Francia, para meter a Italia en una final de la que nunca se había ido, pero, según costumbre, estaba ausente.

Quien no se ausentó en la cita de su Mundial fue Alemania. Además de poner, en organización perfecta, doce estadios y 3.359.439 espectadores prietas las filas, mostró hechuras de nación grande. Hubo poderío, recursos y buen juego. Porque Alemania, por si fuera poco todo lo anterior, para deleite de todos puso arte en el campo, mucho más que músculo, con una selección entrenada por Jurgen Klinsmann en la que eran jóvenes Klose (Bota de Oro) y Podolski (Mejor Jugador Joven). Un brillante tercer clasificado que, en un torneo de sequía histórica, dejó catorce goles de recuerdo y el puesto siguiente a Portugal. El equipo de Felipao Scolari, entonces entrenador reputado, fue premiado como selección más atractiva, con un chico que no lo era menos, de nombre compuesto por el de un mesías y un dios pagano del fútbol: Cristiano Ronaldo. Tenía futuro.

Así pasaban los minutos de esa final. La Francia del talento y la veteranía iba poco a poco cayendo en la red de la Italia del esfuerzo y de la astucia. Secuestró su juego y Francia no supo darse cuenta o, tal vez, se vio tocada por el síndrome de Estocolmo, de la misma forma que le sucediera a Natascha Kampusch, aquella joven austriaca que salió ese mismo año a la superficie tras ocho más secuestrada en un sótano.

Cuando Francia quiso salir a la superficie ya no hubo nada. Un bello gol con la testa de Toni tras falta sacada por Grosso, pero anulado por fuera de juego, y una gran parada de Buffon a tiro de Henry. Después, lo conocido. Más incertidumbre antes de afrontar una prórroga cantada muchos minutos antes. Mientras se descansaba para su inicio la megafonía del estadio introducía mayor incertidumbre, sonaba “¿Qué será, será?”

CUATRO ESTRELLAS Y UN ASTRO

Nada que no se pudiera imaginar. La prórroga encontró a una Italia que tuvo oficio para dejar pasar el tiempo, para que no se notara demasiado que tenía a sus delanteros perdidos, intentando pescar solos, y a sus principales motores ya no les llegaba gasolina. Para sufrir mucho más.

La prórroga también vio marcharse a Zidane, después de cabecear a quemarropa a un Buffon, que mató el último peligro del partido. “La manona de Gigi Buffon”, dijeron los comentaristas italianos cuando el susto les permitió hablar. Fue el último peligro de gol que creó el francés en un terreno de juego. Al irse Zizou, desaparecía del firmamento la última estrella de aquella competición, de la misma manera que, al mes siguiente, Plutón dejaba de ser considerado un planeta por la Unión Astronómica Internacional, con lo que el Sistema Solar pasaba de nueve a ocho. Aquel partido pasaba de un astro a la nada.

Zidane ese día salió al campo, como había salido en todo el Mundial, a resolver, a ganar el balón de oro del torneo, a ser el protagonista que ya había dejado en evidencia a Brasil y a España con el fondo de armario del que fue galán joven y ahora es actor característico. Pero emboscado en los azules estaba un auténtico roba planos: Marco Materazzi. En las pocas cosas que sucedieron, fueran arte o sucesos propiamente dichos, estuvo él, fueron cosa suya o pasaron porque él quiso: hizo el penalti del gol francés, suyo fue el gol de los italianos y, al fin, provocó a Zidane para que le pegara con su parte más noble, una cabeza más vacía que de costumbre. Jubiló al rey, dicen que acordándose de su hermana, y Francia perdió el Mundial. Desde Giuseppe Garibaldi no se recordaba a nadie que hubiese hecho tan buenos servicios a Italia.

Y el rey Zidane, que se iba a despedir de todas formas, eligió la peor forma posible para hacerlo. Se fue. Abandonó el campo su cuerpo mortal porque su alma se quedó dentro del terreno de juego, aquejada por el síndrome del fantasma. Eso que les ocurre a los que se mueren por sorpresa y tardan un tiempo en darse cuenta. Siguió allí atento, confuso, hasta comprobar que pedía la pelota y no se la pasaban, que nadie parecía oírle, que jugadores y balones atravesaban su cuerpo de ectoplasma como si nada. Que ya estaba muerto.

En la tanda de penaltis falló Trezeguet, ese jugador de fútbol mestizo, de la escuela francesa y argentina, y también de la italiana. Uno de esos que las mete todas y que, al ir a ensayar otro ojo de halcón, le salió el mal de ojo. Luego nadie más falló. Nada sirvió. Hasta el zurdazo final de Grosso. A su espalda se llevó enganchados el oficio y la alegría de ese montón de futbolistas italianos que ganaban la cuarta estrella para su bocamanga castrense y se redimían ante el mundo del enorme escándalo que hundió ese año a su fútbol, preso de las evidencias de partidos amañados y apuestas ventajistas. Había pasado un mes, 32 equipos, 64 partidos y 147 goles. Y todo el mundo viendo por la televisión al nuevo campeón, que ya era viejo.

Ganaron los inmortales. Cuando un jugador de leyenda deja el fútbol una época se va con él y no queda más remedio que volver a los clásicos, refugiarse en los de siempre, porque el rey había muerto sin testamento y sin descendencia. No había otro rey. Tal vez Italia no hizo gran cosa. Puede ser que especulara con el resultado, que se convirtiera en buscador del córner como el que busca y encuentra petróleo. Hay quien dice que una final decidida por penaltis es más larga, pero menos final. De todas formas, cuando el campeón es Italia la épica vuelve. Por muy ramplón y defensivo que fuera el juego, más de Gattuso que de Pirlo, su victoria siempre suena a viejos tiempos, a Olimpo y a elegancia de calcio. Son inventores de sí mismos y su juego les pertenece sean cuales sean las circunstancias.

Suele decirse que un Mundial de fútbol no empieza de verdad hasta que suena ‘Fratelli d’Italia’. Éste de 2006, como los de 1934, 1938 y 1982, acabó con esas bellas notas al aire de las gradas, compartiendo honor con el Azzurro de Adriano Celentano. Castillo de confeti y fuegos artificiales, vuelta olímpica ante el presidente de la república, Giorgio Napolitano. Y el que sería balón de oro ese año, Fabio Cannavaro, con su marcial estampa de centurión moderno, como si tuviera en la mano el yelmo de Escipión, elevó la copa de campeones al cielo de todos los dioses de fútbol.
L’Italia chiamò.


FICHA TÉCNICA

Mundial Alemania 2006 (Final): Italia 1 (5) – 1 Francia (3). 

Estadio: Olímpico de Berlín. 76 065 espectadores

Arbitros: Horacio Elizondo (ARG), Darío García (ARG), Rodolfo Gustavo Otero (ARG)

 Incidencias: Amonestó a Gianluca Zambrotta (min. 5) por parte de Italia y a Willy Sagnol (min. 11), Alou Diarra (min. 76) y Florent Malouda (min.111) por parte de Francia. Expulsó a Zinedine Zidane (min. 110) por parte de Francia. 

ALINEACIONES

 ITALIA: Gianluigi Buffon, Fabio Grosso, Fabio Cannavaro, Marco Materazzi, Gianluca Zambrotta, Genaro Gattuso, Andrea Pirlo, Mauro Camoranessi (Alessandro del Piero 86′), Simone Perrotta (Daniele de Rossi 61′), Luca Toni, Francesco Totti (Vincenzo Iaquinta 61′) 

FRANCIA: Fabien Barthez, Éric Abidal, William Gallas, Lilian Thuram, Willy Sagnol, Patrick Vieria (Alou Diarra 56′), Claude Makelele, Florent Malouda, Zinedine Zidane, Franck Ribery (David Trezeguet 100′), Thierry Henry (Sylvain Wiltord 107′) .

GOLES

Zidane (0-1, min1 7 (p) ), Materazzi (1-1, min. 19)

Penales:

Italia: Pirlo, Materazzi, De Rossi, Del Piero, Grosso.

Francia: Wiltord, Trezeguet (falló), Abidal, Sagnol. 

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