hilario marrero real madrid guerra civil 1936

El general Francisco Franco partió desde las Islas Canarias hacia Tetuán una vez triunfó en el archipiélago la sublevación militar. Años antes de que aquel cúmulo de incidentes acabara por desatar tres largos años de Guerra Civil en España, las mismas tierras concibieron a Juan Marrero Pérez, conocido como Hilario Marrero (Las Palmas de Gran Canaria, 1905).  Si hay alguien que alguna vez estuvo eternamente agradecido por ello, y porque más tarde este personaje se cruzara en su camino, fue el portero del Racing de Santander Paco Trigo, al que salvaría la vida en la coruñesa calle del Orzán, en medio del resonar nocturno de pasodobles y coplas.

Entre la historia del retrato enterrado por el alcalde de Fuenteguinaldo, Quico Solano, y las señales en forma de savia que una planta envió a Marisa,  Fernando Berlín desentierra el gesto humano que Juan Marrero tuvo hacia el guardameta del conjunto cántabro. Lo hace en su libro Héroes de los dos bandos, en el capítulo Un héroe en el Real Madrid. El periodista madrileño sacó a la luz en 2006, bajo el sello editorial Temas de hoy, una recopilación de doce narraciones que nacen del “impreciso relato oral” que mantuvo con los familiares de los protagonistas. Todo ello arrancó un año antes, con La octava columna de radiocable.com.

Es probable que el nombre de Juan Marrero no suene a nadie. La cosa cambiaría en caso de que se dijera Hilario Marrero, como realmente se le conocía. Entonces a un anciano “todavía podría despertar sonrisas y recuerdos” según el autor. Hilario fue un gran jugador de fútbol, habilidoso, con destreza en el disparo en ambas piernas. Su talento no pasaría desapercibido para el Deportivo de La Coruña, club en el que recaló en 1928. Para ello tuvo que zafarse de la marca de la afición canaria, desencantada con su marcha. Un disfraz de mujer y un barco le llevaron rumbo a su nuevo equipo.

Su desempeño en el terreno de juego le hizo llegar por 10.000 pesetas en 1931 en el Real Madrid, equipo que no abandonaría hasta el estallido de la contienda. El Madrid era “el equipo de fútbol de una capital republicana de hombres que siempre llevaban traje”. También lucía una banda morada en su escudo, aun hoy presente, síntoma de la relación con el régimen de Niceto Alcalá-Zamora. En su etapa blanca ganó una Liga (1933) y dos Copas de la República (1934 y 36). Además, sería dos veces internacional.

Llegados al 17 de julio de 1936, con el inicio de la insurrección militar, la actividad deportiva y futbolística se fue destiñendo. Fue perdiendo constantes vitales hasta quedar desperdigado por el territorio nacional. Las competiciones se producían de forma aislada. A los jugadores les pasó lo mismo. Unos emigraron, otros se quedaron; unos combatieron, otros murieron.

La Coruña era el lugar de veraneo de Hilario. Una noche del ’36 decidió salir en dirección a la mencionada calle de Orzán. Allí, al lado de los cines Goya, se encontraba un cabaret en el que “mujeres, licor y risas” corrían al unísono. Esa noche estaba en el cabaret Paco Trigo. El portero del Racing de Santander recibió una inesperada visita. Un grupo de falangistas acudían en su búsqueda, en relación con Los chicos de la lejía, pequeña resistencia que surgió en La Coruña, aunque ésta pasaría pronto a ser territorio de los nacionales.

A medio camino, cuando llevaban a Paco Trigo a dar un paseo, apareció Hilario Marrero. Los falangistas le identificaron al instante. Se formó a su alrededor un pequeño revuelo, con petición de autógrafos y varios halagos. También le llamó el meta. Hilario, al darse cuenta de la situación, decidió interceder por él. “¡Hombre! Y tú, ¿dónde vas con ellos?”, dijo. El portero respondió que no lo sabía, simplemente le pedían que los acompañara.

–¿Pero ustedes no saben quién es este señor? –les preguntó Hilario.

–Nos han dicho que hay que sacarlo de aquí, que nos lo llevemos –contestó uno de los falangistas.

–Si éste es amigo mío. Es Paco Trigo, el portero del Santander—añadió Hilario. 

Unas palabras más del afamado jugador blanco sirvieron para que los falangistas, contrariados, cedieran en sus intenciones. El suceso no pasó a mayores y todo se solucionaría al día siguiente en comisaría.

No eran tiempos sencillos. Era una época en la que interceder por alguien podía costarte la vida pero, curiosamente, también un periodo donde la popularidad de un amigo así podía ser aval suficiente para salvártela. Fue una acción muy honesta y que le honra, porque muchas otras personas se inhibieron ante situaciones parecidas. No en vano uno de los legados más peligrosos que dejó la guerra civil fue el recurso cobarde que se expresaba con la frase “algo habría hecho”. (Fragmento extraído del libro)

Más tarde se lanzó un documental sobre el libro. Para verlo pincha aquí.

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Periodista y Community Manager. Cofundador de Football Citizens. Ahora me encargo de la dirección, diseño web y edición. Jugando el balón con criterio.

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