Luis Suárez

En estos días en los que el Luis Suárez uruguayo es foco de la atención mediática, vamos a dedicar unas líneas a glosar la figura de su homónimo de los años cincuenta y sesenta, don Luis Suárez Miramontes. El gallego era un interior izquierdo de clase sobresaliente, un aglutinador de juego que conducía el balón con la cabeza erguida, con esa elegancia que solo tienen los elegidos. Era un Iniesta en la zona ancha y un depredador cuando llegaba al área. Sus conducciones de balón en forma de eslalon eran tan sorprendentes como efectivas, siendo capaz de superar las líneas rivales con una eficacia demoledora. Este futbolista, que parecía jugar con el frac puesto, fue fichado por el Fútbol Club Barcelona en 1954 tras haber demostrado su juvenil talento en el Deportivo de la Coruña que dirigía otro virtuoso del balón, don Carlos Iturraspe.

La afición barcelonista de Les Corts vio muy pronto en su figura al heredero del gran ídolo, Ladislao Kubala, con el que nunca estuvo enemistado por mucho que diga la leyenda. Durante siete temporadas, Luisito demostró su gran calidad y fue protagonista en la conquista de dos Copas de Ferias, dos Ligas y otras tantas Copas del Generalísimo. La seda de su pierna derecha y su cerebro privilegiado para el fútbol le otorgaron el Balón de Oro en 1960. Era el hombre en el que se debía cimentar el FC Barcelona de los años sesenta, el hombre que parecía destinado a llevar al equipo azulgrana a su primera Copa de Europa. A pesar de calidad incuestionable, su estilo, aparentemente frío, hacía que una parte de la grada apuntara hacia su figura cuando venían mal dadas. Ya se sabe que muchos aficionados sospechan del talento mientras aplauden al jugador que se tira al suelo detrás de balones imposibles de alcanzar. La grada se dividió entre partidarios y detractores del genio gallego, algo que ha ocurrido con todos los grandes desde que el fútbol es fútbol. Sin embargo, su marcha del club poco tuvo que ver con ese debate.

En enero de 1961 se estaban viviendo los últimos momentos de la presidencia de Miró-Sans, uno de los mayores autócratas de la historia del Barça. El club vivía una crisis sin parangón, tanto en lo económico, como en lo deportivo, con el equipo a 20 puntos del gran rival, el Real Madrid. La deuda se hacía cada vez más grande debido al desvío en el presupuesto del Camp Nou, proyectado por un primo del presidente, Francesc Mitjans, y presupuestado en 67 millones, una cifra que terminó por quintuplicarse. Hubo dos gotas que hicieron rebosar el vaso de la paciencia de los culés; por un lado, el directivo Viola declaró a la prensa que si el club no vendía rápidamente los terrenos de Les Corts, el club entraría en bancarrota en dos meses. Mientras la situación era así de crítica, la junta se interesó en el fichaje como secretario técnico del seleccionador español, Pedro Escartín, al que se ofrecía un contrato millonario que multiplicaba por siete lo que cobraba Samitier por el mismo cargo. Esto terminó por enervar a los aficionados azulgranas, hasta el punto que las peñas y muchos personajes con peso dentro de la historia del club exigieron la dimisión de toda la directiva. Ante tales presiones, Miró-Sans dimitió una semana después y se hizo cargo del club una gestora.

Ante el desgobierno y la situación de deuda acuciante, los rectores temporales del equipo barcelonista decidieron vender al Inter de H.H. a su mejor activo a cambio 25 millones de pesetas, una cifra récord en la época. Aquel fichaje hizo que el buque insignia del futuro deportivo del club saliera del mismo. Los efectos no se hicieron esperar. El Barça comenzó una travesía del desierto en el capítulo de títulos que no acabó hasta la llegada en 1973 de un flaco holandés llamado Johan Cruyff. En el apartado económico, la venta de Suárez apenas sirvió para pagar una ínfima parte de la deuda en la que se había metido la entidad, por lo que la crisis se eternizó. Suárez encaró la famosa final de los postes de Berna sabiéndose vendido al cuadro neroazzurro. Eso no evito que fuera el mejor jugador del cuadro azulgrana en aquel partido. Sin embargo, su concurso insuficiente y la mala suerte y el Benfica se cruzaron en el camino de un club que parecía destinado a estrellarse en los momentos clave.

Mientras el Barça se hundía en su particular travesía del desierto, Helenio Herrera había encontrado al cerebro a partir del que cimentar su Inter neutral. Allí fue el líder de un equipo repleto de talento en el que Jair, Sandrino Mazzola, Mario Corso o Giaccinto Facchetti fueron los camaradas de lujo con los que el genio gallego logró ganar dos Copas de Europa, otras tantas intercontinentales y tres Scudettos. Mientras Luisito reinaba en el viejo continente, el Barça se diluyó como un azucarillo. El Gran Inter estuvo a sus pies hasta 1970, año en que salió del club porque la edad no perdona. Todavía jugó tres temporadas al ralentí en la Sampdoria, aunque en Génova todavía recuerdan las gotas de calidad que dejó el arquitecto coruñés. Cuando uno habla con los sabios del fútbol que ya tienen una edad, no tienen dudas al afirmar desde la perspectiva que “el mejor jugador español de la historia fue Luisito, eso es indiscutible”.

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