milan sacchi

“Siempre hablaban de Italia como Mafia, espagueti y catenaccio. Por Mafia y espagueti no podía hacer nada. Por catenaccio… intenté hacer algo”

 

Todo comenzó un 25 de febrero de 1987. El Parma llevaba décadas vagando entre refundaciones, ascensos y descensos por los avernos del fútbol italiano. Por aquellas fechas, el conjunto dirigido por un desconocido de nombre Arrigo, alto y con apenas pelo, se encontraba tranquilamente situado en la mitad de la tabla de la Serie B, una posición más que aceptable considerando que venían de la C.

Aquel frío día de finales de febrero, en los octavos de final de Copa, I Crociati asaltaron San Siro para poner una losa (0-1, 0-0 a la vuelta) en las aspiraciones de un AC Milan que, recién adquirido por el extravagante Silvio Berlusconi, andaba recuperándose de sus horas más bajas. Tras aquel partido, el mandatario lanzó una pregunta que haría cambiar todo. Con una mezcla de ironía, curiosidad y rabia, dijo: “¿Cómo se llama el entrenador?”, “Arrigo Sacchi”, le contestaron. “¿Arrigo qué?”. Berlusconi no sabía, o quizás sí, que aquel señor nacido en Fusignano iba a reinventar el fútbol desde el norte de Italia.

Semanas después, Sacchi aterrizaba en Milán con la responsabilidad de reflotar un equipo histórico. Poco a poco construyó un once que hoy en día todos debiéramos saber de memoria. Galli – Tasotti, Baresi, Costacurta, Maldini – Donadoni, Rijkaard, Ancelotti, Colombo – Gullit, Van Basten. Como él mismo afirmó, “los italianos nos daban continuidad y pasión. Los holandeses una calidad impresionante”.

Durante la primera temporada con Sacchi al frente, la squadra rossonera remontó el vuelo en la Serie A tras ‘librarse’ del lastre que suponía disputar la Coppa. Así, y tras ganar al Nápoles de Maradona a tres jornadas del final del campeonato, el Milan se puso en cabeza y alzó el Scudetto después de nueve años de sombras. Se habían puesto los cimientos de aquel equipo histórico. Habían nacido Gli Immortali di Sacchi.

LAS SINERGIAS Y EL EQUILIBRIO

Siempre con el balón. Para mi el fútbol es movimiento. El fútbol no nace de los pies, nace de la cabeza. Por eso siempre intenté entrenar primero la mente.

 

Arrigo tenía claro que para desarrollar su más que estudiada táctica, necesitaba una de las piezas angulares del engranaje; antes del inicio de la temporada 1988/89 llegaba Frank Rijkaard para poner el temple en la sala de máquinas acompañando a Ancelotti, y además completar la terna holandesa junto a Ruud y Marco.

El 4-4-2 que desarrollaba Sacchi no era un esquema fijo, aunque sí férreo, y variaba al ritmo que marcaba el encuentro. El sistema se acomodaba a los jugadores, que formaban en 4-4-1-1, 4-3-1-2 e incluso 3-1-4-2. El equilibrio era la base. Línea a línea, Sacchi unía la alta presión y el repliegue en defensa con la verticalidad y la velocidad en ataque, para no dar respiro a un rival que siempre se encontraba en inferioridad numérica en la zona en la que se movía el balón. En la Italia del famoso y poco vistoso (aunque a veces efectivo) catenaccio, Arrigo Sacchi cambió el paradigma del fútbol para siempre. Transformó ese estilo del cerrojo en una sinergia de movimientos y tácticas que hacían funcionar una máquina que combinaba la impenetrable defensa con la posesión a un ritmo vertiginoso.

Carlo Ancelloti, Frank Rijkaard, Marco Van Basten y Ruud Gullit contra el Real Madrid en las semifinales de la Copa de Europa. Foto: Simon Bruty/Allsport
Carlo Ancelloti, Frank Rijkaard, Marco Van Basten y Ruud Gullit contra el Real Madrid en las semifinales de la Copa de Europa. Foto: Simon Bruty/Allsport

DE NUEVO REYES DE EUROPA

El curso comenzaba con un nuevo título, imponiéndose por 3-1 a la Sampdoria para conseguir la recién estrenada Supercopa italiana. En la Copa de Europa, competición a la que volvía el equipo tras varios años sin jugarla, el Milan se encontraba en segunda ronda con el Estrella Roja, al que ganaría en penaltis. Tras el susto,  los rossoneri superaron una nueva eliminatoria, esta vez contra el Werder Bremen. A la vista, las semifinales. En frente, un Real Madrid con la mirada puesta en La Séptima. Tras un polémico empate a un gol, la vuelta se presentaba antológica. Noventa minutos después, Sacchi ya solo pensaba en la final ante el Steaua de Bucarest. Habían machacado a los blancos sin despeinarse: 5-0.

Ese Steaua había sido campeón dos años antes y contaba en su plantilla con jugadores de la talla de Hagi, Lacatus o Petrescu. Pero Gullit y Van Basten se repartieron las armas y endosaron un doblete cada uno para humillar a os rumanos por 4-0. Veinte años después de la última conquista, las franjas rojas y negras volvían a dominar Europa.

Poco a poco, el equipo dirigido por ‘El profeta de Fusignano’ continúa labrando su leyenda como “Il club più titolato al mondo” (el club con más títulos del mundo). La consecución de la Supercopa de Europa ante el Barcelona, o la Copa Intercontinental frente a un gran Atlético de Nacional (que aguantó hasta el minuto 118), aumentan el palmarés de un equipo que únicamente encontró techo en la Serie A italiana.

La temporada 1989/90 volvió a ser de ensueño. El equipo seguía funcionando, y con la máquina engrasada, repite triplete: Copa de Europa (1-0 ante el Benfica, que continuaba con la maldición de Guttmann), y Supercopa de Europa e Intercontinental (frente a Sampdoria y a Olimpia de Paraguay respectivamente) a principios de la siguiente campaña.

EL FIN DE UN ESTILO IRREPETIBLE

Los jugadores también acumulaban distinciones individuales, como aquellos balones de oro de Ruud Gullit (1987) y Marco van Basten (1988, 1989). Pero sin duda Arrigo Sacchi fue quien les llevó a su cénit. Tras una temporada con menos glamour que las anteriores, el entrenador de Emilia-Romagna decidía entregar las llaves de su máquina a Fabio Capello para ir a probar suerte con la Selección de Italia, con la que consiguió un subcampeonato demasiado amargo en el Mundial del 94.

Con el cambio comenzaba el fin de un estilo. Aunque con una Copa de Europa más -abusando del declive del Dream Team– y un apabullante dominio en Italia, las sensaciones nunca volvieron a ser las mismas. Acababa una etapa que marcó y cambió para siempre el fútbol en Europa. En Milan, aun a sabiendas de que fue algo irrepetible, hoy miran con nostalgia hacia atrás, recordando a aquellos Immortali di Sacchi que pusieron el nombre de la capital de Lombardía en las páginas doradas de las enciclopedias futbolísticas.

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