Nos situamos en Zaragoza, en el estadio La Romareda, 1995. Allí se enfrentan el Real Zaragoza SAD contra el hoy todopoderoso Chelsea FC, semifinales de una Recopa que a la postre sería conquistada por el club maño.

Tan solo llevaban disputados ocho minutos cuando Miguel Pardeza adelantaba al conjunto español; en el 26’ Juan Esnáider aumentaba la diferencia para finalizar la primera parte con un contundente 2-0. Ni el seguidor maño más entusiasta habría imaginado una victoria así al descanso.

La Romareda estaba viviendo una de sus noches más gloriosas viendo cómo su equipo comenzaba a situar sus pies en la final a disputar el 10 de mayo en París en el precioso Parc des Princes.

Comenzaba la segunda parte con el Zaragoza manteniendo la iniciativa, hasta que de nuevo Esnáider en el 56’ aprovechaba un balón suelto en el área para ampliar el resultado, 3-0. El estadio explotaba de júbilo mientras los 5.000 aficionados del Chelsea se frotaban los ojos mirando el luminoso.

Fue entonces cuando todos los aficionados londinenses, enfurecidos ante la aplastante derrota que estaban sufriendo, comenzaron a causar disturbios en el fondo sur de La Romareda. Las fuerzas del orden trataron de calmarles, pero la situación empeoró con el paso de los minutos; los enfrentamientos entre ingleses y policías eran ya una realidad, incluso el colegiado estuvo cerca de detener el encuentro. Además, conviene recordar la brutalidad con la que se han desenvuelto históricamente los seguidores británicos.

“PÍSALO, PÍSALO”

En ese preciso momento, desde el fondo norte del estadio, los Ligallo –seguidores radicales del Real Zaragoza- comenzaron a corear aquella famosa frase que poco antes había hecho célebre a Salvador Bilardo: “Písalo, písalo”. A los pocos segundos toda La Romareda se unía al cántico. Nadie entendió por qué, pero poco después los disturbios fueron siendo cada vez menos intensos y frecuentes, hasta que finalmente cesaron.

A la mañana siguiente, la prensa inglesa recogía lo sucedido en Zaragoza. Hablaban por supuesto de la dolorosa derrota encajada, pero también del lamentable episodio que habían protagonizado los que se desplazaron hasta España para presenciar el encuentro. Destacaban que, en el momento de la pelea, todo el estadio aragonés se había unido para vociferar en contra del suceso: un grito de concordia, un canto a la unión y a la fraternidad. En lugar de entender písalo, creyeron estar escuchando: “Peace and love, peace and love; paz y amor, paz y amor”.

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