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Donald Trump (a la izquierda de los dos jugadores que sostienen el balón) en el New York Military Academy

Populismo es una de las palabras de moda. No es un término de reciente creación, ni un extranjerismo incorporado a nuestra lengua. ¡Qué va! Si procede del mismo latín. El problema es que tiene una explicación un tanto ambigua y difusa que permite que se tilde de populistas a diversas personas, movimientos o actitudes… normalmente con carácter peyorativo y crítico, que sirve para arrojarse el apodo entre oponentes y meter en un mismo grupo a individuos o colectivos que pueden resultar antagónicos.

Es innegable que la victoria de Donald Trump, un empresario con algunas apariciones en películas o programas de televisión, en la Presidencia de EEUU ha roto esquemas y ha resquebrajado las apuestas clásicas de los analistas políticos por su carácter populista. El referéndum del Brexit parecía un capricho del populista Nigel Farage. Las medidas de Tsipras en Grecia y sus “hermanos” de Podemos responden a un recetario populista… y así podríamos seguir mencionando multitud de ejemplos a los que los medios han decidido etiquetar y englobar como populistas aunque ninguno de ellos haya alzado la voz, diciendo “populista yo”.

Es un concepto de difícil explicación. Muchas veces se resumía con un “decir lo que el pueblo quiere oír”… pero bajo esa premisa cabe cualquier cosa. ¿Qué rasgos hay comunes? Quizá, ese desprecio hacia la corrección (política y no) que nos regía hasta ahora con escasa eficacia. Quizá esa concentración unipersonal pero que se cree confirmada y consolidada como representante de un amplio espectro mayoritario del colectivo al que se dirige. Una capacidad de discurso o de acciones que parecen gozar de un amplio apoyo y que permiten fuertes baños de imagen. ¿Todo esto es nuevo?

Recuerda bastante al hacer de muchos líderes populistas futboleros. En España, y fuera de nuestras fronteras, no éramos un rara avis en esto. En nuestro país no habría que ser muy espabilado para reconocer esas declaraciones ¿Cuándo los presidentes acuden a despedir a ultras? ¿Cuándo se prometen fichajes o títulos? ¿Cuándo las presentaciones acaban convertidas en baños de masas? ¿O incluso cuándo parte de la afición llega a pedir la canonización para estos “caudillos populistas” futbolísticos? ¿O cuándo se insulta a rivales o arbitrajes o dirigentes federativos buscando conspiraciones contra el club que se lidera, y por tanto contra todos los aficionados?

No se dan nombres pero supongo que muchos habréis reconocido a presidentes recientes de equipos españoles. Tendríamos luego la dificultad de evaluar su rendimiento y como pasarán a la historia, y como resultaron los trasvases a la política que trataron de realizar. Jesús Gil llegó a ganar la Liga con el Atlético, junto a algunos títulos coperos y también saboreó el descenso. Fue alcalde de Marbella pero destituido e inhabilitado por diversos casos corrupción. Fue candidato en las Elecciones Generales pero no obtuvo representación. A su funeral fueron más de 15.000 personas y se celebró en el propio Vicente Calderón. Lendoiro, artífice de que un equipo ascensor como el Deportivo de la Coruña alcanzase el título de Liga y se codease durante una década con los mejores de Europa, realizando algunos fichajes de primer nivel, fracasó en sus intentonas como candidato a la alcaldía de Coruña por el PP. Y eso que era en el momento de mayor éxito deportivo. No serían los únicos. Hubo más nombres que alcanzarían consenso para ser tildados de populistas. En el extranjero también, con Il Cavaliere Berlusconi a la cabeza.

Lo curioso es que pensábamos que estas actitudes, más correspondientes a presidentes del fútbol pre moderno, encajado en unos cánones de empresarios de corte más caciquil, con ambiciones políticas en la mayoría de casos, pero con pocas opciones reales, que se creían conferidos de esa autoridad, estaba tendiendo a extinguirse hacia perfiles más discretos y menos llamativos. Ahora vemos cómo en la realpolitik surgen estas figuras similares. Y encima emergen victoriosas, o bien en su propia persona (Trump) o bien en sus contenidos (Farage).

Al final, como sucede siempre, no disponemos de la bola de cristal que nos explique cómo evolucionarán estos factores. Pero desde luego el cambio de paradigma no lo auguraba nadie. ¿Volverán las cosas a su orden pretérito? ¿O volverán a extenderse Giles, Mendozas, Gasparts, Loperas o Lendoiros por el fútbol mientras surgen en política?

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