Hace unas semanas, intentamos engañar a Quique Peinado para que escribiera en Football Citizens. Le pedimos, para nuestro serial de ‘aficiones’ en construcción, que nos hablara del Rayo: de la afición, del aficionado, del estadio. Dio la casualidad de que ya había escrito sobre ello (de hecho está publicado). Pero no fue problema. Quique y los amigos de Libros del KO, la editorial que ha dado a luz al libro, nos han mandado unos fragmentos del nuevo título de Hooligans Ilustrados, ‘¡A las armas!’, para ilustrar el sentimiento rayista. 

Fotografía de bukaneros.org
Fotografía de bukaneros.org

RAYISTA

Supongo que las idiosincrasias de los clubes son una construcción colectiva, pero ya me puede quitar la razón la realidad que la identidad del Rayo me la monto yo, y la de los otros equipos, también. Y si el Rayo es Sierra Maestra y el Madrid es el Grupo Bilderberg, la Casa Blanca con Reagan dentro y Angela Merkel firmando un decreto, ganarle al Real Madrid es follarse a Miss Venezuela, destrozar a Aznar al pádel y que Bob Dylan te diga que escribes bien el mismo día. Es la victoria del millón de años, el cometa que anuncian en la tele que se ve cada siglo. El triunfo que hay que ver con una radiografía en los ojos por si te achicharra las corneas. Cuando lo has presenciado dos veces en directo es que eres afortunado.

RAYISMO

El Rayo Vallecano, de unos años a esta parte, representa (de manera muy simbólica, no querría yo exagerar) el espíritu revolucionario en algo tan poco revolucionario como el fútbol. En concreto, desde que los Bukaneros se han hecho fuertes en el fondo y han contagiado a las otras gradas. Es un hecho, y rebatirlo sería mentir. El estadio (casi) entero aplaude muchas de las pancartas y consignas políticas que salen del fondo, y eso ha convertido a Vallecas en un estadio especial. El Rayo es un club politizado por su hinchada, y no hay que tener miedo a decirlo: La Franja es orgullosa representante de su barrio; el Rayo es de izquierdas. Y por eso, también, soy del Rayo.

CAMPO DE FÚTBOL DE VALLECAS

El campo del Rayo tiene mucha mística. A sus gradas vienen muchos madrileños y un sorprendente número de ingleses, pero nunca he visto a un chino. Cuando yo lo pisé por primera vez se llamaba Nuevo Estadio de Vallecas, después llevó el nombre de una señora y ahora me encanta que se llame Campo de Fútbol de Vallecas. Si lo comparas con el Estadio Santiago Bernabéu, lo nuestro es un Campo de Fútbol. Y está bien que lo sea, porque de toda la vida lo hemos llamado «el campo del Rayo». El único campo de primera con un fondo sin asientos (aunque cuando yo era pequeño había una pequeña grada donde debían caber 15 personas), el terreno de juego más cuadrado de toda la liga (100 x 65 metros), con edificios que lo rodean desde los que se puede ver el fútbol y en el que era mejor no jugar en casa la primera jornada de enero, porque los corredores de la San Silvestre Vallecana dejaban el campo para el arrastre cuando acababan la carrera sobre su césped. El mítico Cota tiene un restaurante que hace las veces de museo improvisado de La Franja. De crío iba a sacar el abono y la taquilla era un agujero en una pared de no más de 30 x 30 centímetros que coronaba el corredor en el que hacíamos cola: una escalera estrechísima en la que te morías de calor, y en la que hubiéramos caído como chinches si hubiese habido un incendio, porque aquello no tenía escapatoria. Tiene muchísimos detalles de santuario, de casa, de monumento a lo diferente. Pero reconozco que para mí, sin vallas, no es lo mismo.


Quique Peinado (@quiquepeinado) es periodista.

Colabora en Zapeando (La Sexta) y es autor de Autor de Futbolistas de izquierdas y de ¡A las armas!

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