ruud gullit

“Yo estoy disfrutando de este premio mientras Nelson Mandela sigue en prisión. Su causa es la mía. Es negro como yo”

 

¿De quién demonios habla Ruud Gullit?, se preguntaban los periodistas italianos. Irreverente y libertario, Ruud les respondió. “Es un futbolista con inquietudes políticas”. Aquel desconocido ‘jugador’ del que hablaba el holandés de rastas, resultó ser el activista negro por excelencia, el líder que encabezó la lucha contra el Apartheid en Sudáfrica. Tras una visita del futbolista holandés a la prisión de Robben Island, Gullit y Mandela cuajaron una excelente amistad. Años después de aquellas declaraciones sorprendentes, realizadas en la ceremonia de entrega del Balón de Oro, ‘Madiba’ le aplaudía el gesto: Ruud, tengo muchos amigos ahora. Cuando estaba en la cárcel, tú eras uno de los pocos que tenía“.

DEL BARRIO DE JORDAN A EINDHOVEN

Ruud Dill –que así se llamaba nuestro protagonista–, una suerte de ‘líder sindical’ de los futbolistas negros, nació en Amsterdam, el 1 de septiembre de 1962 fruto de la relación entre un inmigrante surinamés y su buitenbrow holandesa, que trabajaba en el Rijksmuseum. La familia vivió en un modesto apartamento de Rozendwaarstraat, en el barrio judío de Jordan, Allí empezó a jugar en el Meerboys, hasta que a los 10 años los tres se mudaron al Old West. Nuevo barrio y nuevo punto de encuentro con chicos de su edad. De las calles de Jordan, a la Bilbao Square. He aquí que conoce a un chico de raza negra como él, y con el que comparte muchos pensamientos además de un sueño, ser futbolista profesional. Como Johan Cruyff, como Neeskens. Su amigo, al que conoce en un viaje en el suburbano amsterdanés, se llama Frank y se apellida Rijkaard. ¿Les suena? Junto a él aprende trucos en sus horas de playground, trucos que le sirven para fichar por su primer club serio, el DWS, donde coincide con los hermanos Koeman y Wim Kieft. Entonces cambia su apellido por el de su padre, por una cuestión de marca personal. Ruud Dill pasa a ser Ruud Gullit.

La enorme calidad del chico empieza a llamar la atención de los clubes de Amsterdam. El HFC Haarlem lo detecta, y su entrenador, el galés Barry Hughes, convence a la madre para que su hijo fiche por los Roodbroeken. Eso fue a los 15 años. Uno después, Ruud ya estaba jugando a sus órdenes. “Es el Duncan Edwards holandés”, contaba maravillado el preparador británico. Palabras mayores. Y efectivamente era un talento, un diamante en bruto. Ya por entonces empezaba a demostrar ser un alma libre, tanto en el césped como en la vida. El adolescente Dill, aún con pelo corto, como cualquier otro joven de su edad que roza la mayoría de edad, se divertía. Hughes le tuvo que dar un toque de atención: “Decide si quieres estar en una discoteca o con tus amigos bebiendo y fumando o si quieres ser un futbolista de éxito”, le avisó. Y Ruud decidió. Ganó el fútbol. Ganamos todos. Tras marcar 32 goles en 91 partidos, clasificando a la entidad para competiciones europeas en su tercera y última campaña (1981-82)– cuarto puesto en la Liga Holandesa–. Además dejó un gol maravilloso contra el Utrecht, que Gullit considera el mejor de su carrera. Méritos sobrados para fichar por un grande del país, el Feyenoord.

Desoyó cantos de sirena de la Premier. Arsenal e Ipswich Town andaban locos por contratarle pero él prefirió seguir desarrollándose en su tierra. Llegó a Rotterdam con 20 años y se fue con 23. Con los feyenoorders marcó 31 goles en 85 partidos y fue pieza importante en el doblete de la 83-84 junto a un veterano Cruyff, que aquel año colgó las botas. Del maestro aprendió dentro y fuera de la cancha y absorbió su liderazgo y carisma. Mientras, el pelo de Gullit crecía y crecía y también la repercusión de este espigado y potente futbolista de 1.91 metros. Pero su éxito no sentaba bien a todos. El racismo en Holanda, otrora manifiesto, estaba ya por entonces en vías de extinción, en travesía hacia la tolerancia y multiculturalidad actual. En Escocia, por el contrario, tuvo que sufrir abusos por parte de aficionados del St Mirren que le dedicaron cánticos simiescos en un partido europeo disputado en septiembre de 1983.

Dos años después estaba jugando para el PSV, tras un traspaso que se fijó en 1,2 millones de libras, mucho dinero por entonces. Hablamos de 1985, cuando los fichajes millonarios todavía eran excepción en el fútbol europeo. Pero Ruud valía ese precio y más. Entonces fue acusado de mercenario por los aficionados de la bañera de De Kuip. Pero rápidamente acalló a sus críticos con goles (muchos, 46 en 68 partidos), ya más liberado en tareas atacantes, cada vez más ofensivo, pisando mucho el área contraria. Dos temporadas en la ciudad de la Phillips y dos títulos de Eredevisie. Estaba claro su destino, una liga top en Europa. Y por aquel entonces Italia era el lugar más atractivo para las estrellas. Allí llegó a los 25 años, en verano de 1987, acompañado de las grandes expectativas generadas en los tiffossi rossoneros.

TULIPANES ADMIRADOS EN EUROPA

Carlo Ancelloti, Frank Rijkaard, Marco Van Basten y Ruud Gullit
Carlo Ancelloti, Frank Rijkaard, Marco Van Basten y Ruud Gullit. Fotografía: Simon Bruty/Allsport

En San Siro se uniría a los otros dos tulipanes del Milan, Van Basten y su amigo Rijkaard. Desde el principio exhibió su enorme clase y poderío físico, destacando con goles en llegada, o de cabeza, especialidad de la casa. Su gran año, a caballo entre Holanda e Italia, le hizo acreedor en 1987 del galardón que entrega France Football, tras imponerse en la votación final a Futre y Butragueño. Se lo dedicó a su amigo Nelson. Y después siguió guiando junto a los Baresi, Maldini, Rijkaard, Ancelotti o Van Basten, al maravilloso Milan de Arrigo Sacchi. Así hasta lograr una docena de títulos en seis temporadas. Mención especial merecen las dos Copas de Europa conquistadas (1989-90 y 1990-91). La primera cayó en Barcelona: 4-0 en el Camp Nou al Steaua de Bucarest; La segunda, un año después, en Viena, con un solitario gol de Rijkaard. Ese fue el cenit de su carrera. A partir del curso siguiente comenzó la cuesta abajo, después de su primera grave lesión de rodilla. Tras varias recaídas y con la articulación maltrecha, Silvio Berlusconi decidió prescindir del ‘Tulipán Negro’. La Sampdoria le acogía con los brazos abiertos.

Gullit estuvo una temporada (1993-94) en Génova, suficiente para que el Luigi Ferraris se postrara a sus pies, gracias a goles que dieron una Copa de Italia a los Blucerchiati . Llegó sin costarle un duro a los de Liguria y se marchó anotando el gol de la victoria ante sus ex, para lograr el 3-2 definitivo que suponía el título. Y lo celebró. Ya sabemos que Ruud Dill no era políticamente correcto. Aunque volvió al Piamonte ese verano –para apenas jugar 8 partidos más con la camiseta roja y negra y lograr sus últimos tres goles para el Milan–, en Génova le volvían a reclamar. Allí dejó otros 9 goles en sus 22 últimos partidos en la Serie A. Todo esto podría no haber pasado. Ruud podría no haberle contado a sus 6 hijos –fruto de 3 matrimonios– si el 7 de junio de 1989, con la primera Copa Europea del Milan de Sacchi en las vitrinas del museo milanista, hubiera tomado un avión con destino a la tierra de su padre. Aquel día, Ruud Dill no cogió ese vuelo. En su lugar lo hizo Winnie Haatrecht, un amigo de la infancia. Ruud lloró su muerte pero pudo seguir viviendo y añadiendo medallas a su laureado palmarés.

Su trayectoria con Holanda da para escribir un libro, pero se resume rápido. Corta y al pie. Campeón de Europa en 1988, tras doblegar a la URSS con goles del propio Gullit y de Van Basten. Sí, aquella excelsa volea… En el Olympiastadion, Ruud levantó al cielo de Múnich su primer y último título de selecciones puesto que ni en el Mundial de 1990 ni en la Euro 92, la gloria fue a parar a manos de la Oranje. En esta última edición un gigante imbatible, Peter Schmeichel lo impidió desde los 11 metros.

ALMA LIBRE, ICÓNICO, ACTIVISTA: MÁS QUE UN JUGADOR

ruud gullit nelson mandelaLe quedaba una última aventura en Londres. Esta vez para disfrutar y gozar del fútbol por puro placer. Aunque era una aventura no exenta de retos competitivos, en Stamford Bridge. En el verano de 2005 aterrizó en el aeropuerto de Heathrow para impartir lecciones de fútbol en los campos de Inglaterra. Aún no habían llegado Zola, Vialli o Poyet. Los dos primeros arribaron al verano siguiente, cuando Ruud decidió sentarse en el banquillo y de vez en cuando acompañarles sobre el césped, para alcanzar la final de la FA Cup y ganarla frente al Middlesbrough (2-0). Se despidió con ese último trofeo y siendo el segundo mejor futbolista del año en la Premier, sólo superado por Le Roi Cantona. “El del Chelsea fue para mí un tiempo feliz. La primera vez que pisé King Roads fue la mejor sensación que nunca he tenido” , revelaba el centrocampista en un documental de Sky Sports.

“En el camino he conocido a gente maravillosa y grandes estrellas, me siento muy afortunado”, rememora Gullit. “Tiene cerebro”, apunta su ex entrenador Barry Hughes. “Fisicamente era impresionante, un jugador completo” agrega Albertini. “Siempre emergía”, completa Rijkaard. El diavolo rasta, el amigo de Mandela, el holandés negro que desafió al racismo, el hombre que se atrevió a interpretar el “Not the dancing Kid” de la banda Reggae “Revelation Time”, conquistó el Balón de Oro en 1987. Después, en su etapa como comentarista y presentador en televisión acuño el término ‘fútbol sexy’. Ahora luce su imponente figura, más sobrio, sin esas trenzas representativas de su juventud reaccionaria, tomadas como símbolo de su arrolladora personalidad. Ese era Ruud Dill, un rebelde con causa. Y un jugador fabuloso.

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Autor de Leyendas de la Premier y de Ivan Rakitic. Análisis e historia NBA en @EspacioDeBasket y @RDTNBA. Periodismo y Literatura.

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