hinchaEl ser del hincha es rugir, alentar, vocear, chillar, aplaudir. Y también, claro, sufrir, llorar, resignarse y soportarlo todo. Pero la hinchada, de vez en vez también ríe, se regocija, toca el cielo, llega a morar en él aunque nunca, por cierto, lo suficiente. Ser hincha es entonces saborear la gloria; la de alzar una Champions o una Liga cualquiera, la de vencer en un derbi o aquella otra menor pero no tanto de superar al equipo rival del pueblo vecino. La hinchada es amor eterno a unos colores que son los del padre de uno, que ya fueron los del abuelo e incluso del bisabuelo, y así hasta remontarnos al homo antecesor o casi. Aunque por amor, por amor a un holandés flacucho con el “14” a la espalda, o a Butragueño, la cadena hereditaria puede, por qué no, llegar a romperse. Sólo así y sólo entonces el fútbol admite la traición, la deslealtad de abrazar otros colores, izar una nueva bandera, abrigarse el cuello con otra bufanda. Cómo siga la historia luego es lo de menos. La hinchada es un ser mitológico: Miguel Reyes insuflando vida en los balones cuando jugaba, allá en Montevideo, su Nacional. El hincha da sentido al juego de la pelota desde antes incluso de que los ingleses lo inventaran allá en la culta y lejana Britania, porque qué sería del fútbol sin el hincha, sin la hinchada. ¡La hinchada lo es todo! Uno puede imaginar un estadio abarrotado, las dos hinchadas animando a los suyos, con banderas, las elásticas calzadas, mofándose una de la otra, pero sin saña. Poco importa que haya apenas dos docenas de boludos tratando de patear un balón. Pero, ¡ay! Trate ese uno de imaginar el mismo estadio, a los jugadores sobre el rectángulo verde, los suplentes en los bancos y a la terna arbitral sin nadie en las gradas, vacías, deshabitadas, desiertas… sin los hinchas, sin la hinchada. ¡Qué sinsentido! ¡Qué tristeza! Porque el fútbol es por y para los hinchas. El fútbol es de Fontanarrosa y su Viejo Casale, es de todos los canallas, es de La Lepra y de los Pincharratas, de los indios, de los culés, de los merengues, de los reds, de los Citizens; el fútbol es de la afición, de la Torcida, de los supporters, de los tifosi y de tantos y tantos y tantos otros que aman, que amamos a este deporte.

La hinchada, apasionada siempre, debiera en ocasiones también acudir al estadio como quien se encamina a la Fenice, al Colón o hasta el Metropolitan. Esas tardes la cosa es dejarse llevar por la pausa; añadir a la camiseta y a la bufanda un metrónomo y preservar ni que sea por una vez las voces para dar paso a la reflexión sosegada; que sea la pelota la única protagonista. La hinchada, entonces, celebrará figuras precisas, geométricas, o esfuerzos colosales con palmas, con una aprobación más propia del rigor catedrático que del entusiasmo estudiantil. También hay tardes para eso. El balón meciendo suavemente a la grada. Incluso hay tardes para leer poesía. Tardes en las que “un gol es un pase a la red”. Aunque mejor que sean pocas; a la cancha vas a desgañitarte; con tu hijo, quizá, pero a festejar cada gol de Puskas o cada palomita de Poy. Y cuando sale cruz, todas las veces que sale cruz, a pasarla mal y volver a casa cabizbajos, sin ganas de cenar o de cenar demasiado al menos. Pero el fútbol, que no es una cuestión de vida o muerte sino cómo supo Bill Shankly algo mucho, mucho más importante, el fútbol es de la hinchada, de los hinchas; y el ser del hincha es animar, infundir vigor, vivificar; el ser del hincha es vivir el fútbol. Vivir. Por ello nunca será el fútbol de los Barras Bravas, de los Hooligans, de los Ultras. Jamás. Ellos son su no ser; el no ser del hincha, su otra cara; su reverso: lo más abyecto, miserable, ruin, rastrero, despreciable y alejado del hincha que hay.

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