Final del Mundial 2010. Fotografía de Antonio Olmedo. Licencia CC BY-SA 2.0

Exterior día. Es verano. Un sujeto anónimo para su coche ante un bar de carretera en medio de la ancha Castilla. Al salir del automóvil se queda mirando fijamente al rótulo. Lento travelling acercándose a la cara. En ese momento comienza un relato subjetivo en off. Fundido encadenado.

 

Recuerdo que la final de todas las finales nos sorprendió en la carretera. Un punto kilométrico sin determinar en algún lugar de la provincia de Zamora. Llevábamos centenas de kilómetros viendo banderas rojigualdas. El viaje parecía una antigua procesión de Corpus. La radio azuzaba; “¡Dios mío! ¡Viva España! ¡Es el día!”, y cosas por el estilo. El balón empezaba a rodar y no llegábamos a ninguna parte. Como el mundo se paraba, nosotros parábamos el coche en el primer bar de carretera.

 

Es el bar del principio. Plano general. Una pareja sale de un coche y entra en el local.

 

Pantalla plana, cuarenta pulgadas sobre una bandera española que daba cobertura a todas ellas. Estaba sujeta por un perro de plástico. Pequinés de raza y de fábrica. En el otro extremo hacía de pisabanderas una máquina ambientador que, a cada tanto, pulverizaba una sonora dosis. Inteligencia artificial que bufaba en cada ocasión de España.

El árbitro no parecía tener tarjetas para Holanda y la parroquia se impacientaba, gritos y amenazas a Van Bommel y De Jong en las faltas. Cada parada de Casillas era recibida por el respetable en pie con cerrada ovación. Doña Letizia cogía la mano de don Felipe a toda prisa cuando se veía en el monitor.

Había un juez de línea calvo. Así se lo recordaba, una y otra vez, un parroquiano. Se lo recordaba también a su madre (la del juez de línea). Se nombraba también a la de Casillas, ésta en los altares, después de que su hijo matase con el pie uno de los goles más sencillos que Robben había tenido en toda su carrera.

Corre el tiempo. En el intermedio más arengas patrióticas: “¡Esta final no la jugáis contra un equipo, la jugáis contra una nación! ¡Yo soy español, español, españoooool!” Era un anuncio de cerveza. La cocina se había vuelto a abrir y las aceitunas y las patatas fritas de antes ya eran raciones de calamares a la romana (3,5 euros) y ensaladilla rusa (4,50 euros). Más cerveza. La noche es joven, pero España no resuelve. Mucha tensión y algo de cabreo con el “Guaje” villa que, dicen a mi lado, ya tenía que haber metido un gol. Por lo menos.

Navas se hace un autopase y le bar se cae. Tampoco es gol. El Guaje no aparece. Las tarjetas, sí. Villa falla un gol, cantando ya en toda la estepa castellana, y, tras los gritos, no hay perdón. Desfila la familia del Guaje. Poco más tarde la de Ramos, que también falla un cabezazo en boca de gol.

Aflora la impaciencia y el segundo tiempo concluye. Para entonces el bar se había llenado de una excursión de jubilados haciendo escala. Todos con su banderita de plástico. Era muy tarde. En nuestros planes no entraba una prórroga y la casa estaba muy lejos. Vuelta a la carretera y a la radio. Las emociones, ciegas a partir de ahora, crecían.

 

La cámara, en plano subjetivo, acompaña a los protagonistas a plano medio saliendo del bar, se abren camino entre un mar de jubilados rojigualdas en pie de guerra.

 

 No te puedes fiar de los locutores de radio, ellos siempre ven peligro, arrastrando las erres, las aurículas y los ventrículos hasta el amago de infarto. Cruzábamos el Esla cuando Navas fallaba otro gol, al menos eso decían en la radio.

La noche era boca de lobo, pero más allá de las ventanillas nada importaba. En los campos de Castilla todo parecía igual. Nadie había avisado a las ranas, a las cigüeñas y a los conejos de que se estaba jugando la final de un Mundial. Y eso que los de la radio no paraban de llamar a la Historia y al destino de España.

La primera parte de la prórroga acababa en el cruce de Benavente y, entrando en la provincia de León, Heitinga era expulsado. Decían por la radio que ya era tarde, que hacía mucho que se lo merecía, y, cuando todo parecía concluso a la espera de unos penaltis sin suerte, Iniesta, como un héroe castellano viejo, marcaba un gol de leyenda en Toral de los Guzmanes. La noche se hizo día y las bocinas de los coches recuperaron la voz. En la radio y en la carretera se oían vivas a España y al pulpo Paul.

No hubo tiempo para más. Al llegar a la estación de servicio de Rioseco de Tapia, el capitán Casillas besaba a la chica y echaba el telón de una historia que, durante décadas, había tenido otro final. La casa no invitó.

 

La imagen vuelve al protagonista y concluye el flash back. Ya en plano general, deja de mirar al bar de carretera. Entra en su coche y se va. Lento fundido a negro y créditos. 

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