El nacionalismo catalán en la historia del FC Barcelona – Football Citizens

El nacionalismo catalán en la historia del FC Barcelona
July 7, 2022

Había un centenar de gimnasios en Barcelona cuando llegó Hans-Max Gamper, suizo, protestante, deportista y tranviario. Y dicen que ninguno de ellos le hizo sitio para practicar el fútbol. Por extranjero. Así que puso un anuncio en la prensa y, con una docena de aquéllos que leyeron el reclamo, casi todos extranjeros y protestantes, fundó el Football-Club Barcelona. Concluía 1899. Tal vez nunca imaginó que su club llegaría tan lejos. Por catalán.

EL ENEMIGO EN CASA

Sucedía esto cuando Cuba se acababa de ir con el Tío Sam y Cataluña, que no perdonó jamás la pérdida de ese mercado, se alejaba de España. Viejas heridas que sangraban en catalán y miraban desde el córner a aquella España de muchos casinos y pocas chimeneas.

En 1900 se fundaba el actual Real Club Deportivo Español, reacción española frente a los clubes formados por extranjeros. Así empezaron dos historias paralelas que dieron cuerpo y botas a los nacionalismos catalán y español sin salir de Cataluña.

El Barcelona tomó por símbolo la cruz de San Jordi, el mismo santo que protegía al Centre Excursionista de Catalunya o al Institut d’Estudis Catalans; el Español consiguió el título “Real” y las armas del Rey de España. En 1918 el Barcelona se adhería a la petición de autonomía de los ayuntamientos, el Español se manifestó en contra. Al año siguiente el Barcelona participaba, junto a todas las entidades catalanistas, en la conmemoración de la Diada, entrando en la nomina de apoyos del nacionalismo catalán. Pasó de ser un equipo de extranjeros a depositario de la nueva catalanidad. El Español siguió siendo español.

LOS AÑOS BÁRBAROS

Llegó la dictadura de Primo de Rivera, crecieron los estadios y comenzó la primera Liga en la temporada 1928-29. El Barça era yaun símbolo catalanista con la burguesía industrial detrás. Y 4.000 socios. Pero la dictadura acabó reprimiendo con saña ese catalanismo, el  himno español lo sufrió en la histórica pitada de Les Corts, el 14 de junio de 1925.

Con los republicanos años treinta el enemigo se veía en la capital. El Madrid comenzaba a simbolizar la ciudad de Madrid, gracias a sus éxitos, sobre todo la Copa de 1934. Por eso, aunque la guerra civil encontró a Madrid y Barcelona en la misma trinchera, cuando el Madrid, sitiado en lo deportivo y en lo militar, pidió jugar en la liga catalana con el compromiso no titularse campeón de Cataluña, el Barcelona lo vetó. El simbolismo del club era una brecha más honda aún que las trincheras.

Y la posguerra trajo la venganza. El Barça estrenó 1940 con una directiva preñada de afectos al Glorioso Movimiento Nacional. Volvieron los burgueses, “colaboracionistas” con las dos dictaduras, pero activistas de la resistencia cultural. Poblaron sus gradas unas masas populares que tenían en el partido del Barça un espacio de libertad de opinión. El Barcelona sustituyó a los símbolos prohibidos, llegando a ser el “ejército desarmado de la catalanidad” descrito por Vázquez Montalbán.  

LOS AÑOS MACANUDOS

Como España era sólo de unos, los otros no se esforzaron demasiado en ser españoles. El Barcelona era una casa que podía reunir, desde 1957, a 100.000 personas en el Camp Nou para gritar lo prohibido, a la vez que se jaleaba a Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.

Descartado el Español, el Real Madrid alimentaba toda la mitología azulgrana como símbolo del centralismo y enemigo público. Enemigo pequeño, pues entre 1939 y 1953, el Barça ganó cinco Ligas y cuatro copas. Y en eso llegó un Di Stefano que, tras beber en Canaletas, se bajó en La Cibeles para convertir al equipo de Madrid en una leyenda: ocho Ligas y seis copas de Europa entre 1954-1966.

Francisco Franco se apuntó el tanto. Se quedó primero con España y luego con la imagen del Real Madrid. El Barcelona necesitaba medirse a un equipo de su tamaño y el régimen franquista se lo ofreció: convirtió al Real Madrid en algo más que un equipo de fútbol.

A falta de una Selección ganadora, el Madrid era España, el Barça el símbolo de una nación prohibida que al fin encontraba un antagonista para desfogarse en el campo. El Camp Nou fue el lugar donde el equipo servía de cuerpo a la protesta de una comunidad entera contra quienes la habían amordazado.

SAN JOHAN Y EL DRAGÓN BLANCO

El cadáver de la dictadura franquista se levantó, con casi dos años de antelación, en febrero de 1974. Murió de cinco tiros a puerta. Los goles que el Barcelona le marcó al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. A su afición, catorce años sin ganar la liga, el 0-5 le supo a fiesta nacional.

El ejército desarmado de la catalanidad conquistaba la victoria, guiado por un capitán que fue directo al panteón de los héroes: Johan Cruyff. El mejor jugador del mundo, fichado con el apoyo de la Banca Catalana de Jordi Pujol.

Volvía a admitirse en público la significación nacionalista del club. Narcís Carreras, primer presidente no directamente franquista, pronunciaba la famosa frase “representamos lo que representamos”, y el abad de Montserrat, aquello de que el Barça es “més que un club”, capaz de integrar a los inmigrantes en Cataluña.

El 28 de diciembre de 1975, recién muerto Franco, el Barça venció al Real Madrid en el Camp Nou. 700 banderas catalanas se agitaron al viento para celebrarlo. Ninguna bandera española se volvió a ver desde entonces. La rivalidad entre Madrid y Barça, con la libertad de la democracia, se hizo radical. San Jordi pisaba la garganta del dragón blanco.

MAS Y UN CLUB

Entre los años 2003 y 2009 Joan Laporta presidió el Barcelona y el Barça fue más catalán y menos español que nunca, justo antes de que el recorte del Tribunal Constitucional al Estatut lanzase la carrera independentista.

Cuando el presidente Artur Mas cruzó el Rubicón de esa independencia, en la Diada de 2012, su vocero de mayor repercusión mediática fue el antiguo entrenador del Barcelona, Pep Guardiola. Y ahí siguen ambos, esperando el 2014 de todos los mitos y todos los plebliscitos.

Hay quien baraja opciones para después. Desde un campeonato catalán hasta la participación del Barça en una liga europea. Pero sin la confrontación con el imaginario hispano-madridista el Barça perdería su significado nacional. Sería un magnífico club, pero ya no sería más que un club. La eutanasia.