“Se buscan hombres para viaje arriesgado. Poco sueldo, mucho frío. Largos meses de oscuridad total. Peligro constante. Regreso a salvo dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.

 

Así de rotundo fue el cartel elegido por Ernest Shackleton en 1914 para llamar la atención de aquellos que quisieran unirse a su expedición. Eran otros tiempos y acabarían alistados 27 hombres. Entre ellos andaba un fotógrafo australiano llamado Frank Hurley, gracias al cual el viaje está documentado.

La denominada Expedición Transantártica Imperial, dirigida por el escocés Sir Ernest Shackleton, es considerado el último gran viaje de la heroica era de los descubrimientos. La travesía comenzó en agosto de 1914, fecha en la que zarpan de Inglaterra. 

Si ya Roald Amundsen le había arrebatado el hito de alcanzar por primera vez la Antártida, esta vez, Shackleton tampoco pudo culminar su objetivo: atravesar el continente entero. El Endurance, barco desde el que partieron, quedó atrapado en el hielo.  Nadie sabía dónde estaban.

Pasaron largos meses en medio de la tempestad. Tiempo suficiente para organizar campamentos, trabajar y entretenerse con funciones de teatro o mediante paseos acompañados de sus perros. En esto de entretenerse, el fútbol jugó un papel principal. Era un deporte recién nacido y ya despertaba pasiones.  

LA GRANDEZA DE SHACKLETON

El capitán Ernest Shackleton convirtió el optimismo en el centro de su personalidad. Comentó a su tripulación su renuncia al objetivo inicial. Ahora la misión era sacarles a todos con vida de allí.

Consiguió unir a todos mediante la rutina. Alcanzarían la Isla Elefante en bote. Era tierra, pero no estaba todo resuelto. Así que decidió partir junto a unos hombres en una pequeña barca hasta Georgia del Sur, a 800 millas. 

Una vez allí, aquellos cinco hombres tuvieron que cruzar Georgia del Sur de costa a costa. Tres de ellos no pudieron hacerlo, y Shackleton partió con un compañero. 36 horas después estaban pidiendo ayuda. Cuatro meses y cuatro expediciones después, volvió a por el resto de la tripulación, en Isla Elefante. Los 27 hombres regresaron sanos y salvos tres años después, en 1917, con un mundo desfigurado después de que la I Guerra Mundial asolara el viejo continente.

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