Final Mundial 1950 Maracanazo Uruguay BrasilNo piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y, si ganamos, no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once”

Obdulio Varela, ‘el negro jefe’ uruguayo, lo tenía claro. “El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”, añadía el capitán de la Celeste justo antes de ingresar al terreno de juego de Maracaná, el colosal estadio construido para la ocasión, capaz de albergar por aquel entonces a unos 200.000 espectadores. Una vez sobre el césped los 22 futbolistas, el prefecto de Río de Janeiro, Ângelo Mendes de Morais, tomó la palabra: “Vosotros jugadores, que en pocas horas seréis aclamados como campeones del mundo por millones de compatriotas…Vosotros, que no tenéis rival en todo el hemisferio…Vosotros, que superáis a todos los competidores…Vosotros, a los que ya saludo como campeones…Cumplí mi promesa construyendo este estadio. ¡Cumplid ahora con la vuestra y ganad la Copa del Mundo!” Las gradas estallaron de júbilo y sonaron los himnos. Primero el brasileño. Se izó la bandera al revés aunque sólo el portero Barbosa se percató del error. Cuando sonó el uruguayo, Julio Pérez, preso de los nervios, se orinó encima. La tensión era inenarrable. “Aprendan a tocar cabrones”, maldecía Obdulio Varela a la banda de música que interpretó los himnos.

El ‘Negro Jefe’ estaba en su salsa. La palabra miedo no entraba en su vocabulario. Sí muchas otras como lucha, garra, amor propio, entrega, liderazgo…Y fútbol. Porque Obdulio, además de mandar y pegar jugaba bien. Amaba este deporte y odiaba a directivos y periodistas. Siempre reivindicativo, meses antes del Mundial lideró una huelga del sindicato de jugadores. Huelga que provocó momentos de tensión y dudas en torno al seleccionador que dirigiría a los suyos en Brasil. Al final, Varela ganó la batalla con la Federación uruguaya y salió el nombre que propusieron los jugadores: Juan López, un técnico afable y que escuchaba al vestuario. Obdulio era el gran capitán. Todos sus compañeros le llamaban de usted. Cuando Varela hablaba, todos a callar y obedecer. Obdulio nació pobre y capitán. Él había permitido a la Celeste tener opciones de ganar la Copa Jules Rimet. Frente a España, en el penúltimo partido de la ronda final, su disparo seco batió a Ramallets para establecer el definitivo 2 a 2 que les dejaba con opciones frente a los brasileños. Y él fue quien comenzó a ganar el encuentro desde horas antes de jugarlo. El diario O Mundo abría el 16 de julio con el pomposo titular: “Estos son los campeones del mundo”. Obdulio regresaba de la playa de Flamengo y al pasar junto a un kiosko observó la portada. Compró veinte ejemplares y los repartió entre sus compañeros al llegar al hotel Paisandú. “Orinen sobre los periódicos”. Ya en Maracaná y con el entrenador Juan López fuera del vestuario, el ‘Negro Jefe’ tomó la palabra. “Juancito es un buen hombre. Si jugamos para defendernos, nos sucederá lo mismo que ante Suecia y España”. Para ganar el Mundial había que ganar sí o sí. Varela tenía claro que había que adoptar una táctica valiente.

Para muchos, Brasil era ganador antes de jugar. La presión era excesiva y la preparación para el duelo decisivo frente a los ‘charrúas’ fue inadecuada. Las futbolistas acudieron a todo tipo de actos extradeportivos durante los tres días previos a la final. Estaban molestos, irritados e incluso hubo un problema registrado de indisciplina (y alguno más que nunca sabremos) por parte de Juvenal, quien se emborrachó la noche anterior a enfrentarse a Uruguay. El 16 de julio, la caravana hacia el estadio fue una odisea. El autobús del equipo apenas podía avanzar entre la masa enfervorecida y en un momento dado del trayecto, una moto se cruzó obligando al conductor a frenar en seco. Augusto sufrió un corte en la cabeza después de golpearse contra un cristal. Era un mal augurio. Después, el detalle de la bandera durante la ceremonia de himnos. Y para rematar, Brasil perdió el sorteo de campo por primera vez en todo el campeonato. Algo malo estaba por venir, aunque los hombres de Flavio Costa aún no lo sabían.

EL MUNDIAL COMO REIVINDICACIÓN NACIONALISTA 

En realidad, los brasileños no tenían de qué preocuparse. El empate era suficiente para ganar ‘su’ Mundial. Las goleadas previas a Suecia (7-1) y a España (6-1) habían sumido a toda la nación en un clima de euforia incontrolada y la confianza de los jugadores estaba por las nubes. Los ‘celestes’, por el contrario, habían sufrido para ganar 3-2 a Suecia y empatar con los españoles a dos tantos. Todo estaba preparado para celebrar el triunfo local. “O Brasil ha de ganhar”, era la proclama más repetida en un país que se tomó este evento como la oportunidad de presentarse triunfalmente ante el mundo. Acogía el primer Mundial de postguerra, y carente de grandes proezas bélicas o de cualquier otra índole, la antigua colonia portuguesa, caracterizada por la alegría de su pueblo, su ritmo y la armónica mezcla racial, abrazó el fútbol de forma colectiva como manifestación de poder. Toda la nación unida en torno a un balón redondo…

La grada se divierte con petardos, banderas, música, griterío y bailes en los instantes previos al saque inicial. El colegiado inglés Mr. Reader decreta el inicio de las hostilidades a las 15:00, hora local. Suena el silbato en Maracaná y Obdulio ocupa la escena: “Como juegue usted bien esta tarde, le voy a poner los cojones por corbata”, le espeta con firmeza a Jair. El delantero brasileño ‘rascó’ poca bola aquel día. El ‘Negro Jefe’ había abierto la veda del juego psicológico contra los locales. Los primeros minutos son de máxima igualdad, de juego ‘a cara de perro’. Uruguay está firme e intensa sobre el campo, limitando y controlando las triangulaciones de los creativos futbolistas ‘brasileros’. Zizinho, Ademir, Jair… no se encuentran entre la maraña defensiva tejida por la doble campeona olímpica (1924 y 1928) y vencedora del primer Mundial (1930). Las ocasiones locales son desbaratadas por Varela y Andrade, los mariscales uruguayos, y en última instancia por el imponente arquero Roque Máspoli. Pasados los veinte primeros minutos, Ghiggia y Míguez se alían para lanzar un contragolpe, culminado por Schiaffino con un tiro blocado por el ágil Barbosa. Poco más hace en ataque ‘La Celeste’ hasta el intervalo. A los veintiocho minutos, Varela vuelve a imponer su ley. Bigode recibe un golpe por parte del capitán uruguayo. Otro jugador desconectado del partido desde ese momento. En los minutos siguientes, Máspoli sigue exhibiendo solvencia bajo los palos. Tablas al descanso.

El resultado es peligroso para los brasileños. Hay inquietud. Un contratiempo en forma de gol uruguayo puede ponerles el título cuesta arriba. Además su público demanda espectáculo. Ha acudido en masa para verles ganar y golear. Los hombres de Flavio Costa acuerdan salir a por todas en la reanudación y Friaça aplaca los ánimos nada más comenzar. Jair y Ademir combinan y este último habilita al avanzado derecho que bate a Máspoli con un derechazo cruzado. Entonces, en medio de la algarabía y los cohetes lanzados al cielo, reaparece Obdulio que se dirige hacia Mister Ellis, el linier de la banda donde atacan los brasileños. Reclama offside en la jugada. Hacia allí acude el trencilla George Reader. Colegiado y jugador discuten durante varios segundos. Hay quien dice que incluso pasa algún minuto que otro. No se entienden, pues Varela no habla inglés ni Reader castellano. El ‘Negro Jefe’ pide un intérprete y gana más tiempo. El tanto sube al marcador pero el objetivo está conseguido. Ha enfriado el ambiente en el estadio, ha parado el ritmo de los rivales y ha mandado un mensaje a los suyos. Mientras Obdulio Varela esté en el campo todo irá bien. No tienen de qué preocuparse. Ese gesto hace creer a sus compañeros. Con el balón bajo el brazo y caminando hacia el círculo central les espeta: “Ya les hemos callado. Ahora vamos a seguir jugando y a ganarles a estos japoneses”. Así acostumbraba a llamar ‘El jefe’ a cualquiera que no fuera uruguayo. Ghiggia había advertido durante el descanso de la superioridad sobre su marcador Bigode, el mismo que había recibido el ‘recado’ de Varela. Los uruguayos tenían claro que debían atacar por ese costado.

Enseguida, Julio Pérez pone a prueba la concentración de Barbosa con un disparo potente que el ‘goleiro’ desvía a córner. Los brasileños buscan el segundo pero no pueden derribar el entramado defensivo de sus oponentes. Entonces, el goleador Ademir anima a sus compañeros con gestos ostensibles… Y llegamos al minuto 66.  Varela conduce el balón, y en campo rival, se lo entrega a Ghiggia. El pequeño extremo dribla a Bigode, avanza ligeramente y cruza el esférico hacia el borde del área donde aparece Schiaffino para conectar un preciso y potente derechazo que supera a Barbosa. Silencio absoluto en Maracaná. Uruguay mete el miedo en el cuerpo a todos los presentes. Casi doscientas mil almas enmudecen. Brasil todavía es campeón pero las dudas paralizan a sus jugadores, que no van en búsqueda del segundo tanto. Uruguay sigue tranquila y no para de atacar. Ahora, más que nunca, creen en sus posibilidades. Los hombres de Juan López saben que pueden mandar a su rival a la lona.

A doce minutos del final, entre el desconcierto y el temor del respetable, Jules Rimet, presidente de la FIFA, desciende hasta el campo para ensayar el protocolo que había preparado. Todo estaba pensado para entregarle la Copa a Brasil, pero mientras va bajando hacia el césped, vuelve a escuchar un silencio irrepetible. Hasta el vuelo de una mosca se podría haber escuchado en todo el estadio, durante esos segundos fatídicos para ‘la torcida’.  Cuando se asoma por la bocana del túnel de vestuarios, Rimet no da crédito. “¡GOOOL do Uruguay!”, canta el periodista Luis Mendes para Radio Globo. “¿Gol do Uruguay?” se pregunta a sí mismo el locutor. Sí, “Gol de Uruguay”… Así hasta seis veces. Con distintas tonalidades, como preguntándose repetidamente si lo que está viendo es real. Alcides Ghiggia acaba de conseguir lo imposible. Ha batido a Barbosa con un tiro seco y raso ajustado al primer palo. Julio Pérez ha observado una de las innumerables arrancadas por la derecha de su compañero, que ha dejado atrás a Bigode, y le sirve un balón preciso a la carrera. Alcides, tras controlarlo y avanzarlo unos metros , ha sorprendido al meta brasileño, que esperaba un centro al área para Schiaffino. “Sólo tres personas logramos callar Maracaná: Frank Sinatra, Juan Pablo II y yo”, fanfarronea desde entonces el bueno de Ghiggia, único superviviente a día de hoy, de todos los actores que tomaron parte en el partido más trágico y novelado de la historia.

LA DELGADA LÍNEA ENTRE CIELO E INFIERNO

Comienza la gloria para Uruguay y el ‘via crucis’ de Barbosa, quien desde ese momento tendrá que cargar toda su vida con una mochila pesada. El biógrafo personal del guardameta, Roberto Muylaert, se atrevió a comparar ese gol y ese remate con el disparo que asesinó a Kennedy. “ Tienen el mismo dramatismo… el mismo movimiento…ritmo…la misma precisión de inexorable trayectoria”.  El protagonista desafortunado de la jugada, lo veía en 1993 de una forma menos edificante: “La pena máxima en Brasil es de treinta años, y yo llevo 43 pagando por un crimen que no cometí”.  En menor proporción se culpó a Bigode y Juvenal, los otros dos defensores de piel oscura del equipo. Se puede pensar que hubo cierto componente de racismo en aquel juicio público desproporcionado hacia estos tres futbolistas. Ninguno de los tres volvió a vestir la camiseta de su selección en un Mundial.

Foto: nación.com
Foto: nación.com

En el momento en que George Reader pitó el final, el duro defensa Schubert Gambetta atrapó la pelota con las manos. “No fuera que metieran el gol (los brasileños) y luego no lo anularan”. El silencio sepulcral de Maracaná solo era roto por el éxtasis y el jubilo de los veintidós uruguayos de abajo y de los doscientos valientes que estaban en las tribunas. Unos pocos lloraron de alegría, muchos otros de rabia y de una profunda pena, de la que muchos brasileños no se recuperaron nunca. Adiós al protocolo, y a todos los agasajos al campeón. Jules Rimet, plantado sobre el césped y rodeado de alegres uruguayos, avista a Obdulio Varela, quien poco menos que le arrebata el trofeo de las manos al confuso dirigente de la FIFA.

Se han escrito millones de líneas y cientos de páginas sobre este partido. El escritor Paulo Perdigao evalúa las consecuencias de aquella decepción para Brasil en el libro ‘Anatomía de una derrota’: “Sigue siendo el gol más famoso de la historia del fútbol brasileño porque ningún otro trascendió de su estatus de acontecimiento deportivo, convirtiéndose en un momento histórico de la vida de la nación”. El novelista Carlos Heitor Cony va más allá al afirmar que “ estas son las cosas que construyen naciones , un pueblo empapado en su propio dolor”.  La Federación Brasileña de Fútbol, en busca de sus propias respuestas, decidió cambiar el color de la equipación de su selección. Convocó un concurso público y el ganador fue el modelo de Aldyr García Schlee, un brasileño de Jaguarao ( población cerca de la frontera con Uruguay) que se sentía uruguayo y apoyaba a la Celeste. Nació entonces la tradicional camiseta amarilla con ribetes verdes. Y la historia comenzó a cambiar.

En Uruguay, por el contrario, fue el último Mundial que han celebrado hasta el momento. “Vayan pelando las cauchas, aunque cueste trabajo. Donde juega la Celeste, todo el mundo boca abajo”, cantaban alegres los ‘charrúas’ al ritmo de Obdulio Varela y Schubert Gambetta, antes de saltar al césped aquel 16 de julio de 1950. Por eso ganó Uruguay. Por esa alegría, la autoconfianza y la fuerza de un colectivo, de un país ‘chiquito’ pero sobrado de orgullo y carácter. Justo lo que le faltó a Brasil, demasiado presionada. A veces pienso que soy el fantasma de Brasil. Siempre estoy en sus recuerdos. En Uruguay vivimos el momento y se acabó” se compadece Ghiggia.

Recuerdos de Rio. Recuerdos de aquel inolvidable ‘Maracanazo’. Brasil perdió en casa el que iba a ser su primer Mundial. Sesenta y cuatro años después, puede presumir de ‘pentacampeón’. Aquella fue una derrota paradójica. Brasil se conjuró para que algo así no volviera a pasar y desde entonces aprendió a ganar… y ganar y volver a ganar…. En 2014, también en casa, van a por el ‘hexa’.  El guión de la historia cambió en Maracaná aquel 16 de julio de 1950. ¿Será la hora de cerrar el círculo?


FICHA TÉCNICA

Copa del Mundo Brasil 1950 (Partido final) Brasil 1-2 Uruguay

Estadio: Maracaná  (202. 772  espectadores)

Árbitro: George Reader -ING-; Arthur Ellis -ING- y George Mitchell -SCO-

ALINEACIONES

BRASIL: Barbosa; Augusto (c), Juvenal, Bauer, Danilo, Bigode; Friaça, Zizinho, Ademir, Jair, Chico.

URUGUAY: Máspoli; M. González, Tejera; Gambetta, O. Varela (c), R. Andrade; Ghiggia, J. Pérez, Míguez, Schiaffino, Morán.

GOLES

Friaça 1 – 0  min. 46), Schiaffino (1 – 1 mim. 66), Ghiggia (1-2, min. 79)

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Autor de Leyendas de la Premier y de Ivan Rakitic. Análisis e historia NBA en @EspacioDeBasket y @RDTNBA. Periodismo y Literatura.

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