Final Mundial 1954 Alemania Hungría21 Septiembre 2012. Atardecer en Budapest, concretamente en Pest, la parte más oriental y llana de la ciudad, separada de Buda por el Danubio. En el banco de hierro forjado con respaldo y asiento en madera, pintada de marrón, que se encuentra frente a la Heladería Lavanda en la esquina de la calle Sas Utca con Zrinyi Utca,donde empieza la gran plaza de Szent Istvan Tér está sentado un anciano. Desvalido, con un bastón como todo acompañante, pantalones y camisa raída junto a unos zapatos de rejilla es su vestimenta.  Al fondo de la gran explanada que conforma la calle en este punto, la imponente Szent István Bazílika  descansa sobre una base a la que se asciende por seis escalones. En su frontispicio la leyenda “Ego sum via veritas et vita”.

Debe rondar los ochenta años. Lleva toda la tarde en el banco sujetando un viejo periódico y un par de flores amarillas en su regazo. Ha visto pasar la comitiva de personalidades del País y del Fútbol Club Barcelona en dirección a la basílica. Ha abierto y cerrado el periódico varias veces, leyendo y mirando las diferentes fotografías que en él aparecen. Una sobresale entre todas. “Aranycsapat”. El equipo de oro. Los Mágicos Magiares. En el pie se leen estos nombres: Grosics, Buzánsky, Lóránt, Lantos, Bozsik, Zakariás, József Tóth, Kocsis, Hidegkuti, Puskás, Czibor, Budai, Mihály Tóth, Kárpáti, Várhidi, Kovács, Szojka, Machos, Csordás, Palotás, Gellér, Gulyás. Los 22 hombres, dirigidos por Gusztáv Sebes que Hungría llevó al Mundial de 1954 disputado en Suiza. Quería estar cerca de su ídolo en un día como hoy. Han transcurrido más de 33 años desde que “Cap d’Or” como le llamaron los catalanes, se precipitase al vacío desde el cuarto piso de la Clínica Quirón de Barcelona sin aún haber cumplido los cincuenta. Hoy sus restos llegaban a Budapest, su ciudad natal, para reposar junto a los de Ferenc Puskás. ¡Que mal adjudicado el sobrenombre de “Cabeza de Oro”! Sàndor Kocsis era mucho más que “Tete d’Or”. Máximo goleador del Mundial de 1954 con la friolera de once goles marcados en tan solo cinco encuentros que, a día de hoy, aún permanece como la mejor marca goleadora en la historia de los Mundiales por partido jugado. 75 goles en 68 encuentros con la selección, con un total de 7 hat-tricks.

En la fase inicial Hungría se enfrentó a Corea del Sur (9 a 0) anotando 3 goles, y a Alemania Federal (8 a 3) con 4 goles más en su haber. En este encuentro se lesionaría Puskás, para solo reaparecer en la final del torneo. En cuartos de final tuvieron como rival a Brasil, que vestía en este Mundial con la camiseta amarilla por primera vez, (4 a 2) con Sàndor Kocsis incrementando su listado con 2 tantos más, en un encuentro donde Brasil apostó por el juego duro rozando la violencia y conocido como “la Batalla de Berna”. El “The Times” en su crónica explicaba que “nunca en mi vida he visto golpes tan crueles”. Con el 3 a 2 en el marcador el brasileño Nilton Santos derribó brutalmente a Bozsik que respondió con un puñetazo de este a la cara del brasileño y que dio origen a un corto combate de boxeo entre dos de los más grandes jugadores que ha dado la historia del fútbol.  Ambos fueron expulsados del terreno de juego. Ya con el 4 a 2 en el marcador el colegiado inglés Mr. Ellis expulsó a Humberto por golpear a Lórant. Con el partido ya concluido los jugadores de ambos equipos se enzarzaron en un reparto de puñetazos y agresiones. Según se narra, Puskás rompió una botella en la cabeza de Pinheiro y ahí ardió Troya. La contienda continuó en los vestuarios. Un jugador húngaro inconsciente y Pinheiro y el seleccionador húngaro Gusztáv Sebes debiendo recibir puntos de sutura a causa de los botellazos sufridos fue el resultado final de la batalla.

En las semifinales contra Uruguay se repite resultado y número de goles en la que significa la primera derrota de la selección sudamericana en toda la historia de los mundiales. Considerado como uno de los mejores partidos disputado en todas las ediciones del torneo, los noventa minutos de juego reglamentarios acababan en un empate a 2 con lo que debía jugarse una prórroga que cayó de lado magiar. Hungría había derrotado a las máximas favoritas, junto a ella misma, para levantar el trofeo. En la final le aguardaba, de nuevo, Alemania.

Entre 1948 y 1956 la selección húngara, “Aranycsapat”, disputó un total de 52 partidos internacionales. La revolución futbolística que significó aquel equipo, con apoyos en corto y constantes intercambios de posiciones, con una velocidad en la circulación del balón que tardó décadas en igualarse, con la irrupción en escena de lo que hoy llamamos falso nueve en la figura de Hidegkuti, podría considerarse como el primer equipo en practicar lo que posteriormente se llamó como fútbol total. Los magiares, mágicos, de oro, habían tomado Wembley el 25 de Noviembre de 1953 en un encuentro que sigue siendo un placer ver y considerado aún por muchos el mejor partido de todos los tiempos. Inglaterra sucumbía, por un rotundo 3 a 6. Por primera vez en la historia los padres del fútbol eran derrotados en su suelo. Hungría había disparado 35 veces entre los tres palos del marco inglés. Bobby Robson declaraba haberse enfrentado a marcianos. “Nos demolieron”. Las desdichas inglesas no acabaron ahí. Solicitaron la revancha en suelo húngaro en un encuentro celebrado poco antes del mundial, el 23 de Mayo. El resultado fue de 7 a 1.

RFA-HONGRIE (3-2)Llegaban a la final del Mundial tras treinta y dos partidos invictos y maravillando al mundo con su juego. El fútbol socialista como lo definiría el seleccionador Gusztáv Sebes. Se tardaría 20 años en ver algo parecido sobre un terreno de juego.

El anciano sigue sentado en el banco. El par de flores amarillas siguen en su regazo y sus ojos, fijos en las imágenes del periódico, parecen acuosos, vidriosos. Da la sensación que en cualquier momento una lágrima puede descender por sus mejillas. Muy cerca de él un grupo de turistas alemanes escuchan las indicaciones de una guía. Uno de ellos, se fija en el anciano y en el periódico que lee. Debe rondar los sesenta años. No presta atención al grupo cuando este se dirige hacia la basílica para realizar la visita programada. Sigue mirando con atención al viejo húngaro. Gira la cabeza para darse cuenta que sus acompañantes ya están en la escalinata de acceso al interior del templo y no duda. Con tres pasos se dirige al banco y toma asiento al lado del octogenario arrancando a este de su ensimismamiento. Un “guten tag” y una leve inclinación de cabeza es todo lo que se cruzan.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania dejó de ser un país unificado para dividirse en tres estados y sus correspondientes selecciones. La selección sarrense, la selección oriental alemana y la selección occidental alemana aunque esta siguió representada por la Federación Alemana de Fútbol. Aún así, en el mundial celebrado en Brasil en 1950 (que debía haberse celebrado en Suiza en 1949) quedó excluida su participación por la FIFA como castigo por los crímenes cometidos por el nazismo.

En 1954, los Mundiales regresaban a Europa, en concreto a Suiza por ser en esos momentos la única nación no devastada por la guerra y que contaba con la necesaria infraestructura organizativa. Además celebraría el cincuentenario de la creación de la FIFA que tiene su sede central en Zurich. Dieciséis selecciones divididas en cuatro grupos de cuatro con una primera participación de un país asiático (Corea del Sur). Y por primera vez en la historia con la televisión presente. Ocho países de Europa (Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Italia, Dinamarca, Países Bajos, Suiza y Alemania) tendrían la posibilidad de ver los encuentros. 16 días antes se habían agrupado las cadenas televisivas de estos países para dar nueve encuentros de la Copa del Mundo junto a la salida de las 24 Horas de Le Mans y el discurso del Papa. Nacía Eurovisión.

La selección alemana tan solo había realizado un partido de preparación antes del Mundial contra la anfitriona Suiza con un resultado a su favor de 5 a 3. En la fase clasificatoria se había medido contra Noruega y Sarre. Cuatro partidos disputados con tres victorias y un empate ante Noruega, doce goles a favor y tres en contra. Estos eran todos sus datos. Los veintidós jugadores que se presentaron en Suiza fueron Turek, Laband, Kolhmeyer, Bauer, Erhardt, Eckel, Posipal, Mai, Mebus, Liebrich, Metzner, Rahn, Morlock, Klodt, Ottmar Walter, Fritz Walter, Hermann, Biesinger, Pfaff, Schäfer, Kubsch y Kwiatkowski. Su seleccionador Sepp Herberger.

Los dos hombres seguían en el banco aunque ahora sus hombros casi se rozaban. Ambos se miraban intercambiando gestos y palabras. A menudo observaban juntos las diferentes imágenes del periódico. El turista alemán nació, según contaba en 1.947. No había conocido jamás a su padre. Quizás era hijo de uno de los millones de casos de violación sufrido por mujeres alemanas, “trofeos de guerra”, tras el final del conflicto.  Entre 1945 y 1948 se realizan en Alemania, según fuentes históricas, más de dos millones de abortos ilegales. El viejo húngaro le señala con su índice una fotografía concreta y le acerca el periódico. Férenc Purczeld, el «Comandante Galopante» y Fritz Walter intercambiándose los banderines ante la mirada del árbitro inglés William Ling. El capitán germano, jugador del FC Kaiserlauten, llegaba al Mundial con 33 años. Reclutado como paracaidista del ejército alemán fue hecho prisionero en 1943 por las tropas soviéticas y recluido en el campo de prisioneros de Marmaros-Sziget. Al tomar los soviéticos el control del campo deciden trasladar a los presos a un gulag de la Siberia. Curiosamente, un húngaro, encargado de la custodia de los presos que había visto jugar a Walter poco antes de estallar la guerra,  ante Hungría declaró que este no era alemán sino austríaco. El «yo a ti te conozco. Hungría 3-5 Alemania. Budapest, 3 de mayo de 1942. Marcaste dos goles» del soldado húngaro le salvó la vida. A finales de 1945 regresaba a Kaiserslauten. Más tarde, diría no a las ofertas del Nancy francés y del Atlético de Madrid de Helenio Herrera entre otros. Su club y la selección le otorgaron en propiedad un cine y una lavandería en su ciudad para compensar la decisión. Fritz Walter, el jugador perfecto bajo la lluvia, al que aún hoy día, cuando llueve y el terreno de juego está encharcado y pesado como los que debió pisar en Ucrania, en el campo de prisioneros, aún recuerdan en Alemania con un “hoy hace tiempo de Fritz Walter”. El hombre que tenía que ser el volante creativo de Alemania en el Mundial de 1942 que jamás se disputó, el primer jugador seleccionado para el siguiente Mundial de 1949 por Alemania, después aplazado a 1950, y que por razones antes mencionadas tampoco pudo jugar, reencarnaba, siete años más tarde el milagro alemán. El hombre que, una vez retirado, se dedicó a la rehabilitación de presos. El único jugador por el que Franz Beckenbauer siente auténtica devoción.

Alemania llego a la final del Mundial, encuadrada en el mismo grupo que Hungría con la que perdió, como ya ha quedado reseñado. Ganó su duelo con Turquía por 4 goles a 1 y debió disputar un partido de desempate frente a la misma a la que volvió a golear, esta vez con un concluyente 7 a 2. En cuartos de final derrotó a Yugoslavia por 2 goles a 0 y en semifinales batía a Austria por un escandaloso 6 a 1. Alemania llegaba de modo sorprendente a la final aunque nadie le daba la mínima posibilidad ante el juego de los magiares de oro.

En el banco frente a la heladería Lavanda, los dos hombres rejuvenecían por momentos. El viejo húngaro señalaba con su bastón diferentes puntos en el suelo de la plaza moviendo éste para señalar jugadas que solo existían en su mente. El alemán le corregía a veces, interceptando el movimiento del bastón. Estaban jugando un partido imaginario en el suelo de losas de granito de la Szent Istvan Tér. Su mente se había desplazado a 1954, al Estadio Wankdorf de Berna.

4 de Julio de 1954. Aforo de 64.000 espectadores ampliamente superado. Llueve sobre Berna. El encuentro parece un trámite para los húngaros tras deshacerse de brasileños y uruguayos y con el antecedente del 8 a 3 infligido a los germanos en la primera fase. El inicio de partido, como era norma en los magiares, fue demoledor. En el minuto 6, Puskás, que regresaba a los terrenos tras la lesión sufrida frente a los alemanes en la primera fase, anotaba el primer gol y dos minutos más tarde Czibor hacía el segundo. Todo indicaba una nueva goleada de los mágicos magiares. Y ahí apareció Alemania y su orgullo. Dos goles en los minutos 10 y 19, obra de Morlock y Rahn respectivamente, igualaban la contienda. El resto de encuentro fue de dominio claro de la selección húngara fallando clamorosas ocasiones con el guardameta alemán Turek como gran figura. El estado del terreno de juego, cada vez más pesado por la lluvia no favorecía en absoluto el juego de toque al que estaban acostumbrados. Y por si fuera poco, los botines fabricados por los hermanos Rudolf y Adi Dassler (Adidas) usaban por primera vez unos tacos que no eran de madera sino de plástico y metal con los que los jugadores resbalaban menos. Fritz Walter, el jugador al que le gustaba jugar bajo la lluvia y en campos encharcados conseguía contrarrestar el juego de los centrocampistas húngaros. Y en el minuto 84, cuando Alemania  parecía conformarse con la prórroga y su mejor estado físico, Rahn entró en el área  y su disparo con la izquierda batió a Grosics. Lo que nadie creía posible se hacía realidad en Berna. Y más cuando a falta de dos minutos para finalizar el encuentro el árbitro anulaba un gol a Puskás por fuera de juego inexistente. Por primera vez dos hermanos, Fritz y Ottmar Walter jugaban y ganaban una final. Se había materializado “el Milagro de Berna” tal y como desde entonces se conoce a la final del Mundial de 1954. En el vestuario húngaro quedaron las botellas de vino en hielo preparadas sin abrir.

En el banco ya solo estaba el anciano. El turista alemán se había puesto en pie e imitaba la voz de Herbert Zimmermann “Turek, du bist ein Teufelskerl! Turek, du bist ein Fußballgott! Entschuldigen Sie die Begeisterung, die Fußballlaien werden uns für verrückt erklären…” (Turek, tu eres un gran tipo! Turek tu eres un dios del fútbol! Disculpen el entusiasmo. Los que no son entendidos en fútbol nos tomarán por locos…) Recordaba de pequeño haber escuchado mil y una veces la narración de la final, vendida en discos de microsurco en Alemania. Los miembros de aquel equipo se convirtieron en héroes nacionales, en mitos, en leyenda. Por primera vez el pueblo alemán tenía algo a lo que agarrarse tras la guerra. La final de Berna significaba el punto de partida para el milagro alemán, el que llevó a un país destruido y en ruinas a convertirse en la primera potencia económica europea. El pasar de la vergüenza experimentada por el nazismo a poder gritar que eran alemanes. La final produjo, en la sociedad alemana, un cambio absoluto, una euforia colectiva. Nueve años después de la ocupación de Alemania tenían un motivo para sacar a relucir su orgullo. Era su primer triunfo en Mundial pero a la vez era muchísimo más que eso. Alemania estaba en marcha. “Deutschland über alles”

El viejo se levanta parsimoniosamente del banco. El turista alemán le tiende su mano para ayudarle a incorporarse. Se apoya en su bastón y se agarra del brazo del germano mientras se dirigen a la basílica. Le explica que aquella selección fue eterna. Siguió jugando muy bien, sin perder encuentros,  esperando la revancha en 1.958. Ese desquite que nunca llegó. En 1956 acabó la historia de los mágicos magiares. Las tropas soviéticas entraron en Budapest y muchos de los integrantes de la selección, miembros del Honved de Budapest, aprovecharon que se encontraban en Bilbao para disputar un partido de Copa de Europa, para no regresar. Dispersados por varios lugares de Europa, organizaron una gira por diferentes ciudades para poder mantenerse. Una de las personas que ayudó económicamente a financiar la gira y a prestarles dinero fue Fritz Walter. Los mágicos magiares maravillaron al mundo durante ocho años. Unos ganaron y otros perdieron pero ambas selecciones se convirtieron en eternas. Curiosamente, veinte años después, en el Mundial de Alemania de 1974 aparecía en juego una selección equiparable a la Hungría del 54. La “naranja mecánica” de Johan Cruyff tomaba el relevo del fútbol total a la selección húngara de los Hidegkuti, Puskás, Kocsis o Boksik. Y como aconteció en 1954 caía también en la final frente a Alemania.

Los dos hombres han cruzado ya toda la explanada y entran en la Basílica de Szent István y se dirigen donde reposan los restos de Sandor Kócsis y Ferenc Puskás. Delante de las placas de mármol blancas el turista alemán le pide una de las flores amarillas que lleva el viejo húngaro en la mano. Se la entrega sin reparos. Han compartido más de una hora rememorando el lejano 1954 y como dos selecciones cambiaron su vida. El turista alemán escribe una breve nota en un papel que deposita junto a la flor a los pies de donde reposan los restos. “Gracias por tanto fútbol. Pudimos creer de nuevo porque ganamos simplemente a los mejores”.  El anciano le pide el bolígrafo. Siente la necesidad de escribir tambien unas palabras. “Yo estuve en Marmaros-Sziget. Hice lo que pude y debía. Es sólo fútbol”

 

Nota: A día de hoy, 60 años después, y según la clasificación ELO, una de las más prestigiosas, de selecciones mundiales, los mágicos magiares siguen ocupando el puesto número 1. 


FICHA TECNICA

Mundial de Suiza 1954 (Final): Alemania 3 – 2 Hungría

Estadio: Wankdorfstadion de Berna. (60.000 espectadores)

Árbitros: William Ling -ING- (colegiado); Vincenzo Orlandini -ITA- y Benjamin Mervyn Griffiths -GAL- (auxiliares)

ALINEACIONES

ALEMANIA: Turek, Posipal, Liebrich, Kohlmeyer, Eckel, Karl Mai, Helmut Rahn, Max Morlock, Hans Schaefer, Fritz Walter (c), Ottmar Walter. Entrenador: Sepp Herberger.

HUNGRIA: Gyula Grosics, Jenö Buzánsky, Gyula Lórant, Mihály Lantos, József Bozsik, József Zakariás, Jozsef Toth, Sandor Kocsis, Nándor Hidegkuti, Ferenc Puskás, Zoltan Czibor. Entrenador: Gustav Sebes.

GOLES

Puskás (0 – 1 min. 6), Czibor (0 – 2 min. 8), Morlock (1 – 2 min. 10), Rahn (2 – 2 min. 18), Rahn (3 – 2 min. 84)


VIDEOS:

Hungria – Brasil

Hungria – Uruguay

Hungria – Alemania  

FILMOGRAFÍA:

Das Wunder von Bern  (El Milagro de Berna)

Año: 2003

Duración: 118 min

País: alemania

Director: Sönke Wortmann

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