Una final en tres actosfinal mundial 1982 italia alemania

ACTO I. NOSOTROS SOLOS CONTRA EL MUNDO

La final del Mundial de España se empezó a jugar mucho antes del 11 de julio. Concretamente seis días antes, cuando en el viejo estadio de Sarriá Italia y Brasil se enfrentaron en un encuentro que ha pasado a la historia del fútbol por derecho propio. La Italia del “Vecio” Bearzot se medía a una selección brasileña digna heredera de la esencia del fútbol que había inspirado a jugadores geniales como los Pelé, Rivelino, Tostão o Gérson. Pero frente a la máxima expresión del fútbol samba, la canarinha se encontró a una selección italiana a la que las duras críticas de la prensa y el desprecio de los directivos de la Federación la habían situado sola contra el mundo: justo la situación en la que tradicionalmente los futbolistas italianos se convierten en los peores compañeros de viaje. Y por si lo anterior no fuera suficiente, a la cita llegó puntual Paolo Rossi, el bambino de oro que después de cuatro partidos todavía no había conseguido marcar en el campeonato, dando la razón a los que habían criticado la decisión de Bearzot de convocar a un jugador que había tenido que estar parado dos años al estar implicado en un caso de apuestas ilegales.

La tensión en la concentración italiana alcanzó su punto álgido cuando los jugadores comunicaron su decisión de no volver a realizar declaraciones a la prensa, dejando a su capitán, el cuarentón Dino Zoff, como único interlocutor entre el vestuario y los medios de comunicación. Alejados de toda influencia externa se enfrentaban al partido decisivo del Mundial. Enfrente se encontraron a un Brasil que había vuelto a sus orígenes, basados en un fútbol ofensivo lleno de fantasía y espectáculo que dejaba de lado el rigor táctico para concentrarse únicamente en la portería contraria. Con tres victorias en tres encuentros y diez goles a favor, parecía que sólo era cuestión de tiempo para que la selección brasileña levantase la copa en el Bernabéu. Todo o nada, dentro o fuera. El vencedor se ganaría una plaza para la semifinal y el permiso para seguir soñando.

Paolo Rossi. "Archivo T&B Editores".
Paolo Rossi. «Archivo T&B Editores».

Pero el guión de esa noche no fue el que todos esperaban. Tres “puñaladas” de un resucitado Rossi, dejaron herido de muerte a un Brasil que se había ganado el corazón de todos los españoles. Dos veces se adelantó en el marcador el equipo italiano gracias a su delantero centro, y otras dos veces los Sócrates, Toninho Cerezo, Junior, Falcão y Zico consiguieron igualar el resultado. Pero Rossi todavía tenía algo que decir. A los 74 minutos un córner sacado por Bruno Conti desde la derecha es tímidamente despejado por la defensa brasileña, Tardelli muy atento empalma de volea y Rossi, que se había quedado libre de marca dentro del área pequeña, desvía el disparo de su compañero logrando el tercer gol. Después de cuatro partidos sin marcar, “Pablito” había renacido respondiendo con goles a todos los que desde su vuelta a la selección le habían criticado. Sócrates recordará años más tarde que aquella selección de 1982 fue el mejor equipo en el que jugó a lo largo de su carrera y el mejor que había visto jugar, “no era el más competitivo, pero jugaba mejor que el del 70”.

Los ataques de la prensa y los aficionados se volvieron elogios y todo el país pasó del desencanto a la alegría desbordada en noventa minutos.  El camino hasta la final después de los enfrentamientos contra argentinos y brasileños se convirtió en un juego de niños. Frente a una Polonia sin su estrella Boniek, bastaron otros dos tantos de Rossi junto con las incursiones y los regates increíbles de Conti-el más “brasileño” del equipo italiano-, para asegurarse sin gran esfuerzo el billete para la final del Santiago Bernabéu. Habían pasado doce años desde la final perdida contra Brasil en el Mundial de México de 1970, e Italia volvía a disfrutar de una ocasión para convertirse en tricampeón.

ACTO II. MUCHO MÁS QUE UNA SEMIFINAL

El segundo de los tres actos nos transporta a Sevilla en una calurosa noche del mes de julio de 1982. Francia y Alemania disputaron en el Sánchez Pizjuán una semifinal llena de épica y dramatismo. Dos formas de entender el fútbol y dos formas de entender la vida frente a frente. Por un lado, la Francia capitaneada por un genial Michel Patini, el nuevo “Napoleón” del fútbol francés al que acompañaban futbolistas inolvidables como los Giresse, Rocheteau, Tigana o Genghini que habían convertido a su selección en una de las mayores sorpresas del Mundial por su fútbol elegante, bonito e impredecible. En la otra mitad del terreno de juego los franceses se encontraron una selección alemana que sólo había perdido cinco partidos en los dos últimos años, gracias sobre todo a una infranqueable defensa compuesta por jugadores como Uli Stielike, Briegel o Karl Heinz Foster, por delante del soberbio portero Michael Schumacher. La dirección del equipo recaería en Paul Brietner, el líder indiscutible del equipo, mientras que en ataque se esperaba que Pierre Littbarski mostrase su incontestable clase ante la ausencia de inicio del genial delantero alemán Karl-Heinz Rummenigge, quien todavía no estaba recuperado de unas molestias musculares.

El resultado al final de los noventa minutos fue de 1-1, después de que Platini consiguiera igualar de penalti el gol marcado en el primer tiempo por Littbarski. Una de las escenas más dramáticas del mundial se vivió diez minutos después de iniciarse el segundo tiempo cuando Battiston, al recibir un magnifico balón de Platini, encaró la portería de Schumacher en una clara ocasión de gol. La precipitada salida del portero alemán provocó un tremendo golpe directo en la cabeza del jugador francés, dejándole inconsciente sobre la hierba. Mientras las asistencias médicas le atienden, Schumacher observa la situación desde la portería con total indiferencia haciendo juegos con la pelota sin preocuparse mínimamente por la situación de Battiston. El jugador francés será sacado en camilla del campo con una conmoción cerebral, rotura de una vértebra y dos dientes, mientras sus compañeros indignados comprobaban como el árbitro Charles Cover ni tan siquiera había considerado falta en dicha acción.  

Michael Schumacher. "Archivo T&B Editores".
Michael Schumacher. «Archivo T&B Editores».

Pese al shock sufrido por los jugadores franceses, Francia consigue dominar los primeros minutos de la prórroga marcando en dos ocasiones y dejando el resultado en un favorable 3-1. Pero cuando el partido parecía sentenciado apareció el espíritu alemán. Rummenigge consigue anticiparse a la defensa y logra el 3-2. Alemania recuperaba las fuerzas y la moral necesarias para tratar de conseguir empatar el partido. En el minuto 107 un nuevo centro desde la izquierda de Littbarski es tocado con la cabeza por el gigante Hrubesch. El balón le caerá desde las nubes a Fischer, quien de espaldas a puerta y sin pensárselo realiza un remate de chilena que se cuela en la portería francesa. La tanda de penaltis tendría que decidir por primera vez en la historia la selección que iba a disputar la final frente a Italia. Schumacher, que ya era el villano del partido, también se convirtió en el héroe al detener los lanzamientos de Six y Bossis. El propio Platini reconoce que tardó mucho tiempo en volver a poder ver el partido, “y cuando lo vi, me quedé en el 3-1. Aún estoy esperando jugar la final, pero nunca la jugué”.

Alemania disputaría la final pero la factura que había tenido que pagar por eliminar a Francia era muy grande, sobre todo para un equipo que ya había demostrado que sus principales estrellas no llegaban en unas condiciones físicas optimas. En el aeropuerto de Sevilla Breitner, “el jefe” del vestuario alemán, discutirá acaloradamente con el personal y con los encargados del vuelo por los retrasos que estaban sufriendo en la facturación del equipaje. Un auténtico caos de gritos y discusiones interminables en plena madrugada:

Fue un partido durísimo. Tuvimos que jugar 120 minutos, remontando, con penaltis, un infierno. Perola vuelta de Sevilla a Madrid fue aún peor. Llegamos a las seis de la mañana a Madrid, no habíamos podido ni comer ni beber nada.Cuando llegamos al hotel teníamos la cena fría de la noche anterior. Mientras nos comíamos aquello la mañana del viernes nos miramos a la cara y vimos que estábamos destrozados. Les dije a mis compañeros: ‘Señores, solo tenemos posibilidades de ganar la final del domingo si marcamos el primer gol’. Estábamos muertos. Si tocaba remontar, no quedaban fuerzas. Si hubiéramos jugado las semifinales el mismo día y hubiéramos llegado en las mismas condiciones… nosotros teníamos mejor equipo, pero todo aquello fue decisivo.

 

ACTO III. TOCAR EL CIELO EN MADRID

El 11 de julio de 1982 el estadio Santiago Bernabéu acogió la final del Mundial de España. A las diez de la noche saltaron al campo los jugadores de Italia y Alemania precedidos por el colegiado brasileño Arnaldo César Coelho. El ambiente era inmejorable, lleno absoluto con noventa mil espectadores en las gradas de los que una tercera parte eran italianos. En el palco de honor al lado del rey Juan Carlos y la reina Sofía se dieron cita otras muchas autoridades como el presidente del gobierno español, Leopoldo Calvo Sotelo; el canciller alemán, Helmut Schmidt y el presidente de la República Italiana Sandro Pertini. La imagen de este último celebrando los goles de su selección en el palco se convirtió en un icono del mundial. Líder del Partido Socialista Italiano y figura clave de la resistencia italiana contra el fascismo, había comentado a sus más íntimos días antes de su llegada a Madrid que iba a la capital de España para traerse en el avión oficial a los campeones del mundo. Romperá todos los protocolos al celebrar de pie de forma entusiasta cada uno de los goles que lograba su selección, mientras el rey le guiñaba el ojo para demostrarle su alegría por la victoria italiana. Su cercanía y cordialidad quedará nuevamente patente cuando se dirija a Henry Kissinger diciéndole, “¿Has visto que los italianos saben hacer alguna cosa?”. 

A nivel táctico, Cabrini y Gentile se las verían con Littbarski y Rummenigge. El primero de ellos había demostrado sobradamente su clase y velocidad, convirtiéndose en una de las revelaciones del Mundial. Respecto a Rummenigge, sus problemas físicos seguían sin permitirle demostrar que era uno de los mejores futbolistas del mundo. Collovati tomaría las medidas a Fischer, mientras Cabrini daría una mano al centro del campo al lado de Tardelli y Conti. En cambio Paolo Rossi se enfrentaría a Föster, el marcador más completo del conjunto alemán. Italia no podría contar con Antognoni, al no haber conseguido recuperarse del golpe recibido contra Polonia, teniendo que ser sustituido por Bergomi, el jugador más joven del mundial a quien Bearzot le asignará la difícil tarea de marcar a Rummenigge.

La iniciativa correspondió desde el primer momento a los hombres de Derwall, pero apenas conseguían crear peligro en la portería de Zoff. Breitner era el encargado de iniciar el juego de su equipo, pero la lentitud de sus acciones permitía a los italianos estar bien ordenados y replegados en defensa. Los miedos y precauciones de los dos equipos sólo podían desbloquearse con un gol que permitiría abrir el partido favoreciendo el juego ofensivo. Italia lo tendrá en su mano a los 24 minutos, cuando un centro cruzado de Altobelli-que había entrado a los siete minutos sustituyendo a Graziani, conmocionado por un choque con Dremmler- terminó con un claro agarrón de Briegel sobre Conti que será castigado con penalti. Ante la ausencia de Antognoni, Cabrini decide coger la responsabilidad de lanzarlo. Inicia la carrera, golpea con zurda. Fuera.  

Cabrini estaba anímicamente destrozado después de su error. Al terminar el primer tiempo, Bearzot tratará de recuperar la moral de sus jugadores repitiéndoles constantemente a gritos que no comenzasen a pensar en la mala suerte porque el partido lo iban a ganar igual: “No os habéis dado cuenta que no se tienen en pie. Salir al campo y arreglar el partido”. Diez minutos después del inicio del segundo tiempo, una falta de Rummenigge sobre Oriali es sacada rápidamente por Tardelli hacia la banda derecha donde se encuentra Gentile. Su centro en medio del área adversaria no lo podrá rematar Cabrini, pero será Rossi quien aparezca en el segundo palo para anticiparse a los defensores y marcar el 1-0.

El gol desconcertó completamente a los alemanes, llevándoles a intentar solucionar la situación aumentando su agresividad y empuje, sin dar un balón por perdido pero con poco criterio. El cansancio de Sevilla se hacía patente en el rostro de los alemanes. Derwall dará entrada en la delantera a Hrubesch pero Italia parecía imparable. Scirea recupera un balón y sale conduciendo desde su área con la elegancia que siempre caracterizaba al jugador de la Juventus. Con la cabeza alta cruza la mitad del campo y conecta con Bruno Conti, quien se la devuelve a la derecha del área rival. El libero de la selección italiana cede a Bergomi de tacón para nuevamente repetir con Scirea. Tardelli recordaba años más tarde que su compañero en ese momento le había visto llegar al borde del área, “me ha dado el balón, lo he controlado, se ha ido el balón un poco lateral y resbalando he tirado y después no sé qué ha ocurrido”. Era el segundo gol que sentenciaba el partido. Marco Tardelli recorrerá medio campo con los brazos abiertos gritando un “¡Gooool!” que se ha convertido en una de las imágenes más recordadas en la historia de los mundiales. El éxtasis de felicidad de la celebración de Tardelli irá para siempre unido al recuerdo del Mundial de España.

Marco Tardelli celebra el segundo tanto. "Archivo T&B Editores".
Marco Tardelli celebra el segundo tanto. «Archivo T&B Editores».

A diez minutos para el final otra galopada por la banda derecha de Conti, a quien los defensores alemanes no lograron parar durante todo el partido, terminará con un centro al área que controla Altobelli, para inmediatamente recortar y ante la salida desesperada de Schumacher marcar a placer con su pierna izquierda el tercer gol. Tres minutos más tarde, Breitner marca para Alemania cuando ya el partido estaba sentenciado.

El pitido final del árbitro coincidió con el triple grito de felicidad de “Campioni del mondo, campioni del mondo, campioni del mondo” de Nando Martellini en los micrófonos de la RAI. El mismo grito con el que la Gazzetta dello Sport  abrió en portada la edición del día después. Dino Zoff levantaba al cielo de Madrid la Copa y recordaba a la prensa que habían “jugado no sólo para ganar la Copa del Mundo, sino también por nuestras familias, por los aficionados italianos y, también, por el simple placer de jugar”.


FICHA TÉCNICA

Mundial España 1982 (final): Italia 3 – 1 Alemania Federal (primer tiempo 0-0)

Estadio: Santiago Bernabéu (90.000 espectadores)

Árbitro: Coelho (Brasil)

ALINEACIONES

ITALIA: Zoff; Bergomi, Collovati, Scirea, Cabrini, Gentile; Conti, Tardelli, Oriali; Graziani (Altobelli 7´ y Causio 89´), Rossi. Entrenador: Bearzot

ALEMANIA FEDERAL: Schumacher; Kaltz, Förster, Föster K.H., Breitner; Littbarski, Stielike, Dremmler (Hrubesch 62´), Briegel; Fischer, Rummenigge (Müller 70´). Entrenador: Derwall.

GOLES

Rossi (1-0, min. 56), Tardelli (2-0, min 69), Altobelli (3-0, min. 80), Breitner (3-1, min. 83).

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Profesor de historia del deporte en la Universidad Europea de Madrid. Autor de los libros 'España´82: la historia de nuestro Mundial' y 'Effetto Mundial. Spagna´82'.

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