final mundial 1994 brasil italiaHay historias que merecen ser contadas al revés, sin ninguna lógica, comenzado el relato en el inicio de la siguiente y una de ellas podría ser aquella del 17 de Junio de 1994, sellada para la historia con una sonrisa llegada desde el futuro, la de Ronaldo Nazario da Lima, el próximo ídolo. Casi al final de la celebración, todavía sobre el césped del estadio Rose Bowl, las cámaras de televisión se centraban en aquel muchacho risueño y pletórico que se emboscaba tras una bandera de su país y miraba al cielo, absorto, mientras millones de telespectadores posaban sus ojos en él preguntándose, la mayoría, quién sería el mozalbete de los incisivos prominentes. No tardarían mucho en llevar a sus hijos a las peluquerías, cada pocos meses, para imitar las excentricidades del Fenómeno como recordatorio eterno de sus titubeos iniciales. “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas”, parecía advertir con su sonrisa. Y con aquella imagen del gol encarnado en hombre y brasileño, se cerraba una final que necesitó de los penaltis para decidir el campeón por absoluta incomparecencia del gol verdadero, tan desaparecido en el último combate como el Coronel Braddock en aquella saga de los 80.

Antes de aquello, el por entonces Vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, ahora multimillonario ecologista, entregaba el trofeo de campeones al capitán brasileño, Carlos Bledorn Verri, ‘Dunga’, un mal presagio en si mismo pese a la gloria recién cosechada. La traición a la esencia del fútbol brasileño ya tenía una victoria bajo la que ampararse y el fútbol continuaba su imparable descenso hacia la cobardía táctica más asfixiante sin que, ni tan siquiera los amantes de la cabriola, el regate y el pase corto intentasen detenerlo; todo estaba en manos de Cruyff y una serie de talibanes que se empapaban bajo sus órdenes de su doctrina y que pronto demostrarían al mundo la mezquindad general dominante, cuando no la más absoluta incapacidad de dotar a los jugadores de más herramientas que su propio talento natural. Junto a Dunga, el singular Romario y rey absoluto de aquel mundial sin sede en Las Vegas, por desgracia, se echaba a llorar en los brazos de Ricardo Branco, un tipo tan poliédrico que lo mismo era capaz de poner en peligro la integridad física de las barreras, con su brutal golpeo a balón parado, como de acunar a un compañero en un momento de debilidad como aquel de la emoción tras la victoria; lateral, central, medio centro, padre, madre y amigo todo a la vez, podría decirse. El título lo dedicaron los brasileños a Ayrton Senna, elevado a la categoría de mito del pueblo brasileño tras su accidente en la séptima vuelta del GP de San Marino, aquel 1 de Mayo de ese mismo año, en el para siempre maldito circuito de Ímola.

Precisamente fueron Dunga, Branco y Romario los encargados de anotar los penaltis que a la postre otorgarían a Brasil el honor de llevarse aquel trofeo de casi cinco kilos y forma de calippo exagerado, diseñado por un escultor italiano, forjado por los talleres de Bertoni en Milán y que aquella tarde parecía llorar sangre, al ver a tanto compatriota descompuesto y derrotado a lo largo y ancho del césped de Pasadena, especialmente dolido por Franco Baresi, el Gran Capitan. A Baresi le falló el pie de apoyo en el primer lanzamiento de la tanda y el balón se fue a las nubes. El error posterior de Marcio Santos parecía dejarlo todo en una mera anécdota pero Massaro primero, y Roberto Baggio después, se encargaron con sus fallos de asociar tan dolorosa derrota al error del central para siempre, una de esas injusticias que solo sufren los más grandes pues, los demás, apenas interesan a nadie, ni siquiera cuando alguno hace sonar una flauta y nos parece una verdadera gesta. Baresi esperó hasta el último día para mostrar su costado herido y desvelarnos que él también era mortal y, de paso, que la infalibilidad de la que muchos hablan con tanta facilidad es una bebida para abstemios, ingenuos y otros desnortados vanidosos.

Lo mejor de la final se reservó para la prórroga, dónde ambas selecciones dispusieron de buenas oportunidades para evitar la muerte súbita y el deshonor de los penaltis, algo que se intuye cuando veintidós señores no son capaces de hacer otra cosa más que empatar a cero goles, sin apenas intentar otra cosa. Roberto Baggio, que es al fútbol lo que la rosa al Principito, tuvo la última oportunidad clara del partido tras tirar una pared con Massaro en la frontal, pero su disparo carecía ya de veneno, acalambrado y destrozado físicamente; el último coletazo verdaderamente mortal lo había asentado en la primera parte de la prórroga pero Taffarel lo desvió a córner, sin querer complicarse la vida con mordeduras peligrosas, a su edad. Por parte de Brasil, la dupla de oro que formaban el Baixinho y Bebeto a punto estuvo de finiquitar la final, también, pero sendos giros postales de Cafú desde la banda, entregados en mano, fueron desaprovechados de manera inexplicable por tratarse de dos implacables asesinos del área, y como con Baresi, solo de los más grandes espera uno que no hierren nunca. Pero erraron, igual que habían errado antes del final de los noventa minutos reglamentarios, justo cuando las cámaras de televisión repararon en George Bush padre, quien celebraba el pitido final final de Sandor Phul como una gran victoria, un gesto que nadie supo interpretar del todo y que causó cierta alarma general, especialmente en Oriente Medio, dónde lo creían entretenido.

Seguramente fue la designación del Phul, el hombre que hizo la vista gorda ante los mocos de sangre de Luis Enrique, tras el codazo de Tassotti, la nota más picante de toda la final pues las aportaciones de Sacchi y Parreira bien se las podrían haber ahorrado para esas charlas, y conferencias posteriores, que tanto gustan de ofrecer al precio previamente acordado. Convirtieron el partido en una lucha entre equipos que solo pretendían perder el balón lo más arriba posible para volver a recuperar su posesión en una zona más óptima del campo y llegar así lo más rápido posible al gol; una cosa de locos. En este juego de regalar la pelota y volver a reclamarla las mejores oportunidades fueron para los brasileños, inolvidable aquella de Mauro Silva que tras rechace de Pagliuca bota y se va al palo, antes de volver a caer rendida en las manos del portero de la Sampdoria. Entonces Gianluca besa al palo y, estéticamente, convierte una anécdota en el momento más memorable de todo el choque. Antes de aquello, también tras un mal rechace de Pagliuca, esta vez tras latigazo aniquilador de Branco, a balón parado, Mazinho golpea al aire cuando la portería estaba franca y vacía para no topar con más oposición que la pericia propia. Por parte trasalpina, la mejor oportunidad fue para Massaro, quién parecía haber acumulado suficiente gloria en la final de Champions de Atenas como para no necesitar de una sola gota más en toda su vida.

No hubo demasiada gloria a repartir en aquel partido salvo la última, la del campeón, las cosas como son, y quizás el único consuelo que nos queda de todo aquello, más allá de los cientos de momentos inolvidables que siempre deja un mundial, es que de antemano se sabía que difícilmente se podía caer más bajo, futbolísticamente hablando, que en Italia 90 y, casi sin querer, a punto estuvo de lograrse. Quizás por dar una pequeña alegría a los aficionados más parafílicos, los más románticos y estetas, al campo saltaron los futbolistas por uno de los fondos, alargando un poco más esa liturgia que supone el primer contacto con el hora de la verdad, el público expectante, donde cada cual empieza a demostrar quién es realmente, de dónde viene y cómo viste y calza; cómo encaja la tensión de instante previo al pitido inicial. Los brasileños desfilaron cogidos de la mano mientras que los italianos se presentaron en chándal, como si hubiesen confundido Pasadena y el Rose Bowl con el Satriale’s y New Jersey. “La próxima vez no habrá próxima vez”, decía Tony Soprano, cuándo todavía nadie le había hablado de un tal Albertini, natural de Besana in Brianza. Demetrio sí disfrutaría de una segunda oportunidad pero ese sería, ya, el inicio de otra historia, quizás una de esas que merezcan ser contadas desde el principio, con orden y extrema pulcritud, no como esta de la final del 94 que, para gusto de quien escribe esta historia, comenzó igual que acabó; tarde.


FICHA TÉCNICA

Mundial Estados Unidos 1994 (Final): Brasil 0 – 0 Italia (3-2 en penalties)

Estadio: Rose Bowl de Los Ángeles (94.194 espectadores)

Árbitros: Sándor Puhl -HUN- (colegiado); Venancio Zárate -PAR- y Davoud Fanaei -IRN- (auxiliares)

Incidencias: Amonestó a Mazinho (min. 4) y Cafú (min. 83) por parte de Brasil. Amonestó a Luigi Apolloni (min. 41) y Demetrio Albertini (min. 42) por parte de Italia.

ALINEACIONES

BRASIL: Claudio Taffarel,  Jorginho (Cafú, 21’), Branco, Aldair, Márcio Santos, Mauro Silva, Dunga (c), Zinho (Vióla, 106’), Mazinho, Bebeto, Romário. Director técnico: Carlos Alberto Parreira

ITALIA: Gianluca Pagliuca, Antonio Benarrivo, Paolo Maldini, Franco Baresi (c),  Roberto Mussi (Luigi Apolloni, 34’), Demetrio Albertini, Nicola Berti, Roberto Donadoni, Dino Baggio (Alberigo Evani, 95’), Daniele Masaro, Roberto Baggio. Director técnico: Arrigo Sacchi

GOLES

Tanda de penalties:

Baresi (0-0), Márcio Santos (0-0), Demetrio Albertini (0-1), Romário (1-1), Alberigo Evani (1-2), Branco (2-2), Daniele Massaro (2-2), Dunga (3-2), Roberto Baggio (3-2)

 

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Mi único dios es el pase horizontal. Escribo movidas en El País, Diario de Pontevedra y Jot Down Magazine.

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