george weahA Arsène Wenger, entrenador del Mónaco, le llegaron noticias a principios de 1988, a través del entonces seleccionador camerunés, el francés Claude Le Roy, de un joven liberiano que brillaba en el Tonnerre de Yaoundé, donde sus veloces galopadas ya eran una tradición cada fin de semana. “Weah sí que fue una sorpresa. Igual que cuando un niño encuentra un huevo de chocolate el domingo de Pascua. No he visto a ningún otro jugador eclosionar como lo hizo él”, señaló en una ocasión el ahora técnico del Arsenal.

George Tawlon Manneh Oppong Ousman Weah vino al mundo en 1966 en Monrovia en el seno de una familia de etnia kru, una de las más combativas contra la ocupación y luchadora firme contra el esclavismo, prefiriendo quitarse la vida antes que no ser libre. Como manda la tradición kru, George fue criado por su abuela paterna, como sus otros doce hermanos, y asistió a una escuela islámica a pesar de profesar el credo cristiano.

La miseria familiar pronto le obligó a buscarse la vida; una vez terminado el instituto trabajó como telefonista en la compañía Libtelco, que compaginó con su actividad como futbolista. En 1985, Weah hizo su debut con el Mighty Barrolle, en el que estuvo una temporada antes de recalar en el Invincible Eleven, donde llegó a 24 goles en 23 encuentros, una cifra que le valió convertirse en el máximo goleador de la campaña liberiana. Su actuación no pasó desapercibida para el Tonnerre Yaoundé camerunés y Weah emigró para seguir haciendo historia.

Aquel joven delantero se alejaba del prototipo de jugador africano. A la rapidez, habilidad para desmarcarse y la potencia se unía una técnica fuera de lo común en futbolistas del ‘continente negro’. Todo ello junto a un físico atlético -1,84 metros de altura y 82 kilos en su momento álgido-.

LA LLEGADA DE ‘PAPÁ’ WENGER

Fue entonces cuando Wenger se cruzó en su camino, cuando el africano contaba con solo 21 años. “Hizo de mí el futbolista que fui (…). Comprendió mis orígenes africanos y los respetó. Me enseñó a competir en Europa, pero siempre me dio la libertad para hacer mi fútbol. Con él crecí y crecí”, relata.

Weah charlando con Arsene Wenger. Foto: FA
Weah charlando con Arsene Wenger. Foto: FA

Weah respondió a la confianza del técnico alsaciano: 43 goles en 103 partidos y estrella principal, formando dupla con Glenn Hoddle, de un Mónaco que discutió la supremacía del Olympique de Marsella y que consiguió una Copa de Francia y llegó hasta la final de la Recopa de Europa de 1992, perdida ante el Werder Bremen. Y de premio, su primer Balón de Oro africano.

Durante su estancia en Mónaco, Weah vivió con preocupación el estallido de la primera guerra civil en su país. Sus hijos se criaron lejos, en el exilio de Nueva York, pero no toda su familia corrió la misma suerte. Tropas leales al dictador Charles Taylor se cebaron con los suyos; asaltaron su casa y violaron a dos de sus primas, un hecho que no hizo sino acrecentar su compromiso con su tierra.

Su etapa en el Principado terminó cuando el París Saint-Germain llamó a su puerta en verano de 1992. Y lo hizo con acompañantes de lujo: David Ginola, Bernard Lama o el brasileño Raí. Una Liga, dos Copas, una Copa de la Liga, un subcampeonato liguero y la disputa de las semifinales de la UEFA, la Recopa y la Copa de Europa fueron los logros alcanzados por el liberiano, máximo goleador de la Liga de Campeones en la temporada 1994-95 -ocho goles-, cuando los parisinos cayeron eliminados en semifinales ante el Milan después de eliminar al FC Barcelona con un gol suyo en el Camp Nou. En la UEFA y la Recopa de las ediciones anteriores, sus tantos también sirvieron para apear al Real Madrid en cuartos de final.

EL HEREDERO DE VAN BASTEN

Precisamente, el conjunto italiano ató a Weah tras aquellas semifinales, y lo hizo nada más y nada menos que para llenar el vacío dejado por Marco van Basten. Fue máximo goleador del equipo en las tres primeras temporadas de las cinco que pasó en la capital de Lombardía, en las que ganó dos Scudettos (1995-96 y 1998-99). Los tifosi se rindieron a aquel tipo que nunca dio un balón por perdido. El Milán de Fabio Capello había encontrado a su nueva referencia, en un cuadro donde se movía junto a Roberto Baggio y Marco Simone.

Eterna será para siempre la galopada ante el Hellas Verona; recogió el balón en el área propia tras un saque de esquina, llegó solo al centro del campo, se zafó de siete contrarios y batió al portero poniendo en pie a San Siro en una ovación que duró varios minutos. El ‘Rey George’, como le bautizaron, había dejado una foto para la posteridad.

Todo ello le valió en 1995 para hacer historia: por primera vez el Balón de Oro premiaba a un jugador africano, ni europeo ni sudamericano, y Weah se imponía en la votación final al alemán Jürgen Klinsmann y al finlandés Jari Litmanen. Ese mismo año recogía el FIFA World Player, el Onze de Oro y el premio al mejor jugador africano.

Tras cuatro años como referencia en ataque del cuadro rossonero, a mitad de la temporada 1999-2000 se marchó cedido al Chelsea, ya que Zaccheroni no contaba con él y el joven Andriy Shevchenko le había arrebatado la titularidad, y la llegada de José Mari, procedente del Atlético de Madrid, era inminente. Con el conjunto ‘blue’ anotó cinco goles en 15 encuentros, y le dio tiempo a ganar la FA Cup.

Pero el ocaso de Weah había comenzado. En 2000 fichó libre por el Manchester City, donde sólo jugó siete partidos antes de marcharse al Olympique de Marsella en el mercado de invierno, y bajo las órdenes de Javier Clemente evitó el descenso del equipo. Tras su segunda aventura en Francia emigró a Emiratos Árabes y jugó desde 2001 en el Al-Jazeera hasta su retirada en 2003.

610 partidos oficiales y 279 goles contemplan al mejor jugador de la historia de África, como así lo acredita el galardón concedido por la FIFA como mejor jugador africano del siglo XX, por delante de hombres como el camerunés Roger Milla o el ghanés Abédi Pelé. Su historia abrió las puertas del ‘continente negro’ a ojeadores europeos, que han descubierto piedras preciosas como Samuel Eto’o o Didier Drogba. “Soy panafricano”, su lema de vida.

EL BEST DE LIBERIA

Y todos sus logros pasaron por la competición de clubes, sin una selección fuerte que le permitiese lucirse en el mayor escaparate del mundo, el Mundial. “¿Para qué lamentarse? No sirve de nada, y mi carrera profesional está ahí. Ya le pasó a George Best con Irlanda del Norte, a Ryan Giggs con Gales… Mi ejemplo y el de ellos demuestra que en el fútbol, por más que se hable de las individualidades, sin tus compañeros no eres nada”, afirmó.

De hecho, solo una vez estuvo a un paso de disputar una cita mundialista, la de 2002, pero Liberia terminó segunda de grupo de las clasificatorias africanas, por detrás de Nigeria. Tampoco le acompañó la suerte en la Copa África, en la que participó en dos ocasiones, en 1996 en Sudáfrica -donde sufragó por completo la estancia de la expedición liberiana- y en 2002 en Mali, pero en ninguna lograron superar la fase de grupos.

CANDIDATO WEAH

Cartel de la candidatura de George Weah. Foto: AFP
Cartel de la candidatura de George Weah. Foto: AFP

Quizás fue ese compromiso con su país el que le hizo incluso llegar a presentarse a las primeras elecciones a la presidencia tras la segunda guerra civil, en 2005. Fundó el Congreso para el Cambio Democrático (CDC), partido más votado en la primera vuelta y que solo fue derrotado por el Partido de la Unidad (UP) de Ellen Johnson Sirleaf, formada en Harvard y a la postre primera mujer presidente electa en África. En los siguientes comicios se presentó como vicepresidente junto a Winston Tubman, también sin éxito.

Sin embargo, su faceta solidaria había aflorado mucho antes, tal era la empatía que sentía por los más desfavorecidos. Es Embajador de Buena Voluntad de la ONU y un firme luchador por la prevención del SIDA y contra la militarización infantil en el continente. Weah preside ahora el Junior Professionals, un club de fútbol en el que el único requisito para entrar es que los niños asistan a clase.

Weah reside actualmente en Florida junto a sus hijos, George Junior y Timothy, ambos en las categorías inferiores de la selección estadounidense de fútbol. Tras colgar las botas se dedicó a estudiar Administración de empresas y Criminología en Miami, conocimientos con los que espera poder “ayudar a la gente”. Esa siempre fue su constante, una empatía a prueba de bombas. “Una vez fui el mejor. Es un honor que me respeten, pero no me creo por encima de nadie”. Su Balón de Oro reside en la casa de Arsène Wenger, porque la virtud del agradecimiento siempre le acompaña, como su halo de ídolo africano. El ‘Rey George’.


Andrea G. Acuña (@AndreaGAcuna) es periodista

 

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