Igor Belánov
Beánov alzando ante la grada el Balón de Oro. France Football

Hay futbolistas que solo funcionan en un determinado momento. Son como esas fotos que se quedan para siempre como recuerdo de lo que fue y jamás se podrá volver a ver. Esa es la historia de Igor Belanov y de su mítico Balón de Oro, un premio que jamás tendría sentido a no ser bajo la lupa de un año único en la historia del futbol mundial.

Dar premios individuales en deportes colectivos es un enigma. Dar premios individuales en deportes colectivos a un jugador que solo funcionaba a su más alto nivel precisamente porque jugaba en el equipo más colectivista de todos es quizás la mayor paradoja de la historia del Balón de Oro. Nunca un premio tuvo tan poco sentido en su esencia y pareció tan lógico para los que han vivido ese 1986. Por entonces el Balón de Oro era un premio de europeos para europeos. El resto del mundo recordará ese año como el de Diego Armando Maradona. De su consagración Mundial en México y su estampida en la Serie A que culminaría, al año siguiente, con su primero Scudetto. Tampoco entraban en esas cuentas jugadores como Zico, Socrates o Francescoli. En suma, era un premio de puro eurocentrismo. Pero con un prestigio inigualable y bueno, había que premiar a alguien aunque Diego fuese siempre Diego. Al final muchos han llegado a insinuar que fueran las maniobras políticas que impidieron que el ganador terminara siendo un joven Emilio Butrageño. Para otros estaba claro que la penalización a los equipos ingleses y la debacle del Barcelona en Copa de Europa restaba puntos a jugadores como Dalglish o Schuster, mavericks que nunca se llevaron el oro a casa. De cierto modo parecía que ese Balón de Oro iba a ser más el premio del menos bueno que la consagración de rey de los futbolistas europeos. Cosas que pasan en periodos de transición, periodos como ese verano en el que Elkjaer, Platini o Rummenige eran demasiado mayores y Van Basten, Gullit y Futre demasiado jóvenes. El ganador sorprendió a propios y extraños. Probablemente hasta él mismo se quedó mirando dos veces cuando le anunciaron que era el tercer jugador soviético en llevarse el trofeo. Pero aquellos que habían vibrado ese año con el futbol sabían que no habían existido muchos jugadores tan emocionantes que contemplar como Igor Belanov.

 “El año del 1986 siempre será de Maradona pero el eurocentrismo del Balón de Oro terminó coronando a un sorprendente Belanov”

 

Belánov era la no-estrella del mítico Dinamo de Kiev de los años ochenta. Un equipo de entrenador, del mago Lobanovsky, un equipo de orden, de dinámica colectiva y de trabajo de dimensión científica. El espacio para la improvisación era lo justo y hasta veteranos como Oleg Blokhin – él mismo un ganador en los setenta – podían encajar en el espirito de grupo porque todos trabajaban para todos de forma solidaria. Ese Dinamo Kiev era también una máquina de jugar al futbol como pocas se han visto en los ochenta. Para muchos era predecible, mecanizada y hasta aburrida pero asistir a un partido de los soviéticos era contemplar a veces la perfección de una idea futbolística. El jugador habia empezado su carrera en el modesto Odessa en 1979. Seis años más tarde fue fichado por Lobanovsky para su Dynamo. Estaba en la flor de la edad, tenia 26 años – aunque siempre habia aparentado más – y su fama como goleador era ya mitica en la Union Soviética. En su primera temporada con los blancos de Kiev ganó la liga y la copa de forma estelar, sumando un total de diez goles en la campaña. Fue no obstante en la temporada siguiente que llegó su consagracion internacional, primero con la conquista de la Recopa en Lyon y más tarde con el Mundial de México

Su Dinamo era también el esqueleto de la selección soviética, una de las formaciones más brillantes del último Mundial, ganadora de forma clara de su grupo – donde estaba la Francia de Platini – y eliminada sorpresa de los octavos. En un partido ilógico el conjunto soviético marcó hasta en tres ocasiones pero terminó siendo derrotado. ¿El hombre que marcó los tres goles? Igor Belanov.

El rápido y ágil delantero había sido la gran figura individual de los soviéticos en México emulando lo logrado en la campaña europea con el Dinamo, esa misma que terminó en Lyon con un Atletico de Madrid incapaz de aguantar el ritmo de los rivales. Aunque en esos dos equipos – ambos con Lobanovsky en el banquillo – había figuras notables de la talla de Zavarov, Aleinikov o Mikhailichenko, era Belanov el futbolista que mejor captaba ese momento único. Como un fotograma eterno. Sin ser un talento puro como Blokhin o un predador del área como Protassov, la verdad es que Belanov estaba en todas partes. Se movía entrelineas como pocos, tenía disparo y la sangre fría de optar por un pase cuando otros buscarían el gol. Tomaba casi siempre la mejor opción y eso para Lobanovsky era clave. Aunque se llevaban bien – Belanov nombró a su hijo mayor Valery en homenaje al técnico – como cualquier futbolista a Igor le fastidiaba el exceso de orden de los equipos de Lobanovsky y cuando cumplió la edad mínima para poder jugar en el extranjero – los 29 años – buscó activamente su transferencia. Al final se fue al Borussia Monchengladbach pero como siempre pasaba el cambio al mundo capitalista y a un fútbol totalmente distinto le terminó pasando factura. Con el Gladbach estuvo solamente una temporada antes de pasarse al modesto Eintracht Braunschweig. En total, en sus cinco años de futbol alemán, apuntó solamente veinte y cinco goles. Muy lejos de las cifras de uno de los grandes delanteros de los Ochenta. Tuvo todavia tiempo de volver a una Ucrania ya independiente pero su antiguo mentor, Lobanovsky, ya tenia preparada una nueva generacion de talentos liderada por los jovenes Rebrov y Shevhcenko. A Belanov le restaba jugar un par de temporadas en clubes de segundo nivel antes de oficializar su retirada, a los 37 años.

“Belanov era el prototipo del jugador sovietico, un jugador que daba todo por el colectivo. Su triunfo en el Balón de Oro fue tambien una forma de reconocer el “otro futbol”

 

Aunque su carrera terminó de forma poco glamourosa, en aquel diciembre del 86, no obstante, pocos jugadores eran tan admirados y queridos como él en el espectro europeo. Tenía todo y a la vez no parecía tener nada. No poseía ese aire de galán de Butragueño con su figura de campesino ucraniano que jamás intentó ocultar ni siquiera daba un aire de modernidad y rebelión como sucedía con Preben Elkjaer o Ruud Gullit. Pero su fútbol hablaba siempre más alto que sus condicionantes y ese era su tarjeta de visita. Hoy nos imaginamos a una lucha de titanes de números estratosféricos cuando pensamos en el Balón de Oro pero hubo un fútbol distinto, un fútbol donde contra todos los pronósticos hasta los olvidados Belanov de este mundo futbolero se llevaban a casa la chica guapa. 

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Autor de los libros Noches Europeas / Toni Kroos / Sonhos Dourados / Noites Europeias / CineGuia: Autor, Periodista e Historiador; Madrid-Porto 1984

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