Richard D. Mandell historia del deporteLa difusa historia del deporte ha dado cobijo a numerosos estudiosos para que lancen sus publicaciones. Richard D. Mandell es uno de ellos. Profesor de Historia de la Universidad de South Carolina, y autor de algunos libros como The Nazi Olympics o The First Modern Olympics, decidió emprender su viaje en la búsqueda del origen del deporte, ese ritual que congrega tantas personas hipnotizadas a su alrededor.

Descubrió esa naturaleza lúdica del ser humano. El ‘agon’ (impulso de competir) y ‘arete’ (apetencia de sobresalir) de los griegos. Un hacer colectivo con tintes dramáticos. Así es como surge Historia cultural del deporte, obra en la que brinda una panorámica de las distintas actividades deportivas que se han dado a lo largo de la historia en numerosas civilizaciones.

Sostiene en este análisis histórico-cultural que el deporte nunca dejó de ilustrar y reforzar el orden social y moral de los pueblos; muestra en este fragmento la semejanza de la danza y el teatro con el deporte y, en particular, con los juegos de pelota, donde “la personalidad de los participantes quedaba totalmente absorbida en una colectividad transitoriamente sagrada”.

 “Muchas veces contemplo con suspicacia las competiciones y pruebas deportivas montadas para un público de no practicantes y considero que el deporte de participación ofrece un atractivo muy especial, comparable a la sensación indescriptible e intransmisible que procura la práctica del baile y la interpretación musical entre amigos y miembros de la propia comunidad. (…) Sin olvidar que el deporte constituye el mejor sucedáneo de la innovación dramática de nuestra época.

(…) A partir de la información incuestionable a nuestra disposición, tan sólo podemos decir que determinados aspectos de la vida del hombre en la sociedad, parecidos a nuestros juegos y competiciones, han sido estrechamente relacionados con las áreas de lo mágico y lo sagrado. Las competiciones deportivas de casi todas las sociedades anteriores eran parte integral o anexos de las creencias religiosas. Los juegos y las competiciones formales eran asimiladas a la danza y al teatro. De hecho, una descripción histórica del deporte, que lo deslinde del ritual, de la danza y del teatro, en realidad está separando artificialmente unos componentes culturales de otros.

(…) Casi todas las pruebas de la existencia de estos antiguos juegos de pelota proceden de restos arqueológicos. Esas pruebas, puramente visuales, inducen al observador a establecer paralelismos con los distintos juegos de pelota y juegos de cancha modernos. Pero sería erróneo considerar que la participación se producía con la misma mentalidad con que nuestros jóvenes la abordan. Para las poblaciones no occidentales y para nuestros lejanos antepasados, la práctica de los deportes de juego con pelota podía ser alegre y desenfadada, pero los encuentros formales no lo eran nunca. La personalidad de los participantes quedaba totalmente absorbida en una colectividad transitoriamente sagrada. Los encuentros eran precedidos por una procesión de sacerdotes con acompañamiento de música y danzas. Participantes y espectadores quedaban envueltos en un ambiente semisacro, comparable en algunos aspectos al que se establece entre el público y los actores de teatro o las estrellas de ballet moderno.

En efecto, determinados aspectos de la danza del siglo XX –la ascética preparación de los artistas en las escuelas de danza, la disciplina impuesta por directores y coreógrafos, el uso de máscaras y disfraces por parte de determinados “actores” como medio de distanciarse de la vida cotidiana—concita paralelismos. Los partidos de pelota formales eran mucho más rituales que los actuales encuentros de fútbol. Numerosos informes etnológicos interpretan el comportamiento de los jugadores, artistas y espectadores durante el desarrollo de los juegos y las funciones teatrales como trance alienante inducido por el ritmo de los bailes, el control de la respiración, drogas o hipnotismo. Naturalmente, el desarrollo y el resultado de los partidos de pelota eran interpretados oracularmente. Los vencedores eran tratados con grandes muestras de consideración – los dioses estaban de su lado–; los perdedores eran castigados y, a veces, sacrificados a los dioses que les eran adversos.

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